Capítulo 19 #2
Y eso solo hace que lo desee aún más. Puedo admitirlo ante mí mismo, reconocerlo por la amenaza que representa. Este deseo tiene garras que se aferran a mis costillas desde dentro.
Esto ya no es atracción. Es una puta catástrofe.
¿Qué pasará en Nueva Zelanda? ¿Qué pasará la próxima vez que estemos solos?
Las preguntas me persiguen como lobo que va detrás de su presa.
En cuanto la reunión acaba, Nicholas es el primero en levantarse. Los demás oficiales se ponen en pie de un salto, como gatos sorprendidos, pero Nicholas no espera a que le dediquen sus muestras de respeto. Asiente a sir Fergus en la pantalla y se dirige hacia la puerta.
A los pocos pasos, sus ojos se cruzan con los míos durante un segundo. Su mirada azul es pura electricidad, y mis dedos tiemblan ante el recuerdo de su piel.
Al instante siguiente, ha desaparecido.
Me espero unos muy respetables cinco minutos antes de emprender la retirada.
Mi habitación se me hace un santuario cuando por fin cierro la puerta detrás de mí. Me recuesto sobre ella, como si así pudiese mantener el mundo exterior bajo control.
Como si así pudiera hacer que se evaporen las decisiones que he tomado hoy y sus impredecibles consecuencias.
Me vibra el móvil y el rostro de Malachy aparece en pantalla.
Me aferro a la llamada. A la oportunidad de sentir un mínimo de normalidad, de recordarme quién soy.
—¿Ah, que estás vivo? —pregunta mi hermano en cuanto atiendo, ahorrándose el saludo.
—Eso parece.
—Pues gracias por decírmelo. Me tuve que enterar del puto atentado terrorista a través de las noticias. Como si fuera un desconocido cualquiera y no tu único hermano. —Noto la preocupación bajo esa capa de malhumor.
—Ha sido todo muy rápido. —Me froto la sien ante la amenaza de un dolor de cabeza—. Estoy bien. Todos están bien.
—Eso no es lo que dice la BBC. Han hablado de un ataque coordinado por terroristas profesionales. ¿Y tu príncipe le dio un cabezazo a uno? ¿Qué tipo de operativo de seguridad tenéis ahí montado?
«Tu príncipe». Esa frase tan casual es una patada en el estómago. Trago saliva.
—Todo está bajo control —miento. Nada está bajo control, mucho menos la tormenta de emociones que estoy viviendo—. A ver, Mal, no puedo dar detalles. Ya lo sabes.
Gruñe, aceptando a regañadientes.
—Pero… llámame más seguido, ¿vale? Casi me da un puto infarto al ver que tu trabajo salía en las noticias con el titular de «ataque terrorista» debajo.
Siento un nudo en la garganta ante la preocupación en su voz.
—Vale. En fin, ¿tú cómo estás? ¿Qué novedades hay en la liga de baloncesto?
—No me cambies de tema —dice, pero enseguida se lanza a contarme los detalles sobre el último partido.
Lo escucho a medias, agradecido de poder fingir durante cinco minutos que soy el tonto de su hermano mayor y no lo que sea en que me he convertido.
Apenas he colgado, el móvil me vuelve a vibrar, esta vez la llamada es de Scotland Yard. Era de esperar.
La línea segura conecta tras ese sonido estático tan característico del cifrado. Antes de que pueda sentarme, escucho el acento tosco de Yorkshire del comisario detective Martin Thornton.
—Dígame que hay avances en relación al infiltrado, O’Connell.
Me aferro un poco más al teléfono.
—El ataque de hoy tuvo que haber involucrado al menos cinco operativos con conocimiento profundo de nuestros protocolos de seguridad. Sabían con certeza cuándo y cómo atacar. Pero nadie de nuestro equipo cooperó con los agresores.
—Lo que significa que siguen manteniendo la tapadera. —Su voz es pura frustración—. ¿Algún sospechoso?
Se me viene a la mente la energía nerviosa de Davis, la dedicación exhaustiva de Malcolm para con los protocolos de seguridad, la inexpresividad que demuestra Singh en ocasiones.
—Nada en firme. Todos actúan con normalidad.
—Eso no es suficiente —gruñe Thornton—. Acabo de leer el informe de la investigación que se le hizo a la jeringa. Contenía un sedante potente, pero no letal.
Se me va el alma a los pies.
—Lo querían vivo —razono.
—Exacto. Igual que con Matheson y Webley. No ha sido un intento de asesinato. El objetivo de la operación era secuestrarlo.
—¿Y cuál es la conexión? —pregunto—. El líder del Partido Conservador, un político laborista, ahora el príncipe Nicholas…
—Los sujetos aprehendidos son de Malasia, Canadá, Bangladesh y Sudáfrica —interviene Pierce, quien por lo visto también participa en la llamada—. Cuatro países diferentes, cuatro contextos distintos. Lo único que tienen en común es el entrenamiento militar y la formación en seguridad.
—Es decir, no está ligado a los manifestantes aborígenes de Australia.
—No, es una red internacional, profesional. Como el caso de Matheson y Webley —confirma Thornton—. No existe ninguna conexión con extremistas religiosos ni con el gobierno ruso. Tampoco hay una ideología política clara.
Me pongo de pie y camino arriba y abajo en la pequeña habitación de hotel.
—Alguien está reclutando a agentes altamente cualificados de diferentes partes del mundo. Ese tipo de esfuerzo coordinado requiere de recursos muy potentes.
—Y de un gran sistema de planificación —concuerda Pierce.
—¿Cuál es su objetivo final? ¿Aprovecharse de las influencias políticas? ¿Pedir rescate? ¿Por qué lo quieren a él?
—Lo desconocemos. Pero el príncipe Nicholas sigue siendo un objetivo, y alguien de su entorno está pasando información —comenta Thornton con rostro sombrío—.
Tiene que encontrar la manera de detenerlos antes de que cometan otro atentado.
En este fracasaron, pero puede que en el siguiente tengan éxito.
La línea de seguridad se desconecta y me quedo mirando mi reflejo en la ventana.
Joder, joder, joder.
Cinco agentes especializados intentaron llevárselo. La próxima podrían ser diez. O veinte.
Y entre toda la gente que ha jurado protegerlo es posible que exista un traidor.
Me han enviado aquí para encontrar una solución. Pierce me eligió a dedo porque puedo oler a un mentiroso a distancia.
Sin embargo, el deseo que siento por Nicholas podría convertirme en la persona más peligrosa de su equipo de seguridad.