Un Sustituto Improbable (Dilemas Improbables 3) Capítulo 19
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Capítulo 19

Capítulo Diecinueve

Eoin

Nunca en mi vida la he cagado tanto como hoy.

El príncipe Nicholas está sentado a la mesa con una pierna cruzada sobre la otra y su habitual distinción.

La tirita en forma de mariposa que lleva en la frente despierta algo primitivo en mi interior, siento la necesidad de arrastrarlo a un rincón y revisar cada centímetro de su cuerpo para asegurarme de que no tiene más heridas.

En el periodo posterior al brutal ataque contra un miembro de la familia real, en una sala llena de personal de seguridad y oficiales de palacio que analizan al detalle en qué fallamos, solo puedo pensar en el sabor de su boca cuando lo besé como si el mundo se fuese a acabar.

Mi carrera, la misión, mi integridad profesional…, todo al garete porque me descontrolé ante el miedo atroz de perderlo.

Un miedo que continúa dentro de mí, que me retuerce el corazón y me hace sudar a pesar del aire acondicionado de la sala. Mi cuerpo recuerda el momento en que se lanzó hacia el atacante, cómo se me heló hasta la última gota de sangre.

Cada vez que parpadeo lo veo sangrando, en el suelo, veo las infinitas maneras en que le podrían haber hecho daño.

¿Esto es normal? Es un pavor que parece brotar de lo más profundo de mi interior.

Es el pánico que sobreviene cuando te das cuenta de que algo te importa en el instante en que estás a punto de perderlo.

Malcolm nos enseña los vídeos de seguridad de la base naval.

Las pantallas en la pared se iluminan con distintos ángulos del ataque.

Me obligo a ver el caos que se desata en los monitores con distancia profesional.

La granada de aturdimiento. El humo. Nicholas que corre hacia los niños en vez de ponerse a resguardo.

Se me corta la respiración al verlo desplazarse por la pantalla con esos movimientos elegantes que se han convertido en mi obsesión.

Casi puedo sentir sus labios sobre los míos, mientras la ira y el miedo desatan una guerra en mi interior.

—Ha sido un ataque coordinado —informa Cavendish, tenso—. Cinco agentes, precisión militar, conocimiento profundo de nuestros protocolos de seguridad.

Los rostros del equipo de Londres van apareciendo en la pantalla de la pared como una versión interactiva del tres en raya.

El primero en conectarse es Pierce, con sus gafas de montura metálica algo torcidas, como si se hubiese frotado las sienes.

Debe de estar preocupado por mi nulo progreso en este caso, lo que pudo haber traído aparejado los acontecimientos de hoy.

A continuación, es el turno de lord chambelán. De alguna manera, tiene aspecto de estar muy preocupado y un poco asqueado al mismo tiempo. Lady Powell, de Asuntos Exteriores, completa el jurado digital.

Sus rostros expresan una emoción similar, la decepción de un padre tras una reunión de mierda en el colegio de sus hijos.

—Su majestad ya está al tanto de la situación —anuncia lord chambelán, sir Fergus—. Como cabe esperar, está preocupada y desea que se la mantenga al tanto de cualquier novedad.

—La situación está bajo control —responde Cavendish—. Los sospechosos se hallan bajo custodia y el príncipe Nicholas solo ha sufrido heridas leves.

—Tendremos que decidir qué hacer con el resto de la gira. La cobertura mediática ya es amplia. —James enseña varios sitios web en su tablet y los proyecta a un lado de la videoconferencia—. Pintan al príncipe Nicholas como un héroe más que como un temerario.

Aparecen una serie de titulares en pantalla:

Una reyerta “real”: el príncipe propina un osado cabezazo a su agresor y huye escopetado

El príncipe guerrero: Nicholas invoca el espíritu combatiente de sus antepasados medievales

La gira real bajo asedio

Sir Fergus, ceño fruncido y labios que forman una delgada línea, dice:

—Lo tomen como un acto heroico o no, la mayor preocupación de palacio es la viabilidad de esta visita. Si el príncipe corre peligro real en el tramo de Nueva Zelanda, quizás lo más prudente sea posponer la gira.

Nicholas se pone tenso al otro lado de la mesa. Está claro que lo de «posponer» no entra en sus planes.

—Los sospechosos se niegan a hablar, pero la evidencia sugiere que ha sido una operación vernácula —informa Cavendish—.

Si bien tienen información detallada de la base naval Darwin y de los protocolos de seguridad australianos, no existe evidencia alguna que indique algún tipo de vinculación con Nueva Zelanda.

—Inteligencia tampoco ha encontrado un aumento sospechoso de actividad en ese país —añade Pierce.

—Es probable que la célula de Nueva Zelanda no se haya activado aún —señalo.

—A nivel diplomático, cancelar la visita a Nueva Zelanda tendría consecuencias significativas —opina lady Powell—. La Commonwealth depende de estos emblemas que representan continuidad, más aún con el espíritu de republicanismo en alza.

No puedo contenerme.

—Con todo el respeto, lady Powell, las consecuencias a nivel diplomático deberían pasar a segundo plano cuando se trata de mantener con vida al príncipe.

Nicholas me lanza una mirada que congelaría hasta el propio infierno. El contacto visual envía una descarga que recorre todo mi cuerpo.

Los miembros del equipo de seguridad también se giran para observarme. Singh me mira como si me hubieran crecido cuernos, y Malcolm ha dejado de deslizar los dedos sobre su tablet. Hasta Blake se muestra sorprendida.

Mierda. No he interpretado bien mi papel. No es así como reaccionaría O’Connell, oficial de seguridad. El que habla en este momento es el detective sargento, el hombre acostumbrado a opinar en las reuniones importantes.

—Es un punto a tener en cuenta, pero hemos de buscar el equilibrio entre velar por la seguridad y cumplir con los compromisos. La monarquía ya se ha enfrentado en el pasado a amenazas y no por ello se ha escondido —responde sir Fergus.

—Hay que tener en cuenta que, según parece, están al tanto de ciertos aspectos de nuestro sistema de seguridad —dice Cavendish con voz tensa—.

Si a eso le sumamos el incidente de la araña, está claro que existe una brecha de seguridad importante.

Alguien que conoce al detalle nuestros movimientos, protocolos…

Deja la frase a medias, y la temperatura de la estancia baja unos diez grados.

Casi de forma inconsciente, Blake lleva la mano hacia el arma que lleva oculta.

Singh muestra desconcierto. El rostro juvenil de Davis empalidece al darse cuenta de lo que implican las palabras que Cavendish no ha pronunciado.

—Entonces, modificamos los protocolos —dice Nicholas de repente.

Todos lo miran.

—Creamos nuevos, sobre la marcha si es necesario. Cambiamos rutas, tiempos, ajustamos la agenda sin avisar con antelación —continúa.

La sugerencia parece causarle a Cavendish un dolor casi físico.

—Señor, la planificación de la seguridad no debe improvisarse —responde.

—Pero tampoco debe ser predecible para nuestros adversarios —contraataca Nicholas—. Si alguien está filtrando información, vamos a ofrecerle la información incorrecta.

Aunque no me gusta admitirlo, su planteamiento táctico me deja impresionado.

Aun así, me gustaría estrangularlo por comportarse como un cabezota y no elegir regresar a Londres, la opción más segura.

—También debemos considerar la imagen de cara al público —comenta lady Powell—. Acortar la gira tras un ataque nos deja en una posición vulnerable. Si continuamos, estaremos dando un mensaje claro de fortaleza y resolución.

—Pero también expondremos al príncipe Nicholas a un peligro mayor —contesto con voz áspera.

Joder, mi identidad falsa como guardaespaldas normal y corriente se va a pique más rápido que un barquito de papel.

Pero cada vez que alguien sugiere poner en peligro a Nicholas, un instinto primitivo anula mis años de adiestramiento.

A este paso ya me podría tatuar en la frente «emocionalmente tocado».

Nicholas se gira hacia mí y, con una ceja levantada, pregunta:

—¿Cree que el equipo de seguridad no es capaz de llevar a cabo su trabajo, oficial O’Connell?

—Lo que creo es que los riesgos innecesarios siguen siendo innecesarios, señor. —Lo miro sin pestañear.

—La propia naturaleza de mi posición entraña riesgos —responde Nicholas—. Siempre ha sido así y siempre lo será. La cuestión es si permitiremos que el riesgo determine nuestras acciones.

—Tengo el beneplácito de la reina para tomar la decisión final basándome en lo que se habla en esta reunión —indica lord chambelán—. Necesito consenso por parte del equipo de seguridad. ¿Podemos garantizar de forma razonable la seguridad del príncipe Nicholas en Nueva Zelanda?

Cavendish nos observa a todos antes de contestar.

—Con modificaciones considerables en nuestros protocolos y la total cooperación de las autoridades neozelandesas…, sí. Es un riesgo calculado, pero gestionable.

Sir Fergus asiente con lentitud.

—¿Y el equipo médico le ha dado el visto bueno al príncipe para que viaje? —pregunta.

—Contusiones y rozaduras leves —confirma James.

Nicholas se recuesta contra la silla con una ligera sonrisa de triunfo asomándose en las comisuras de su boca.

La misma boca de la que me apropié por completo hace apenas unas horas. Su sabor perdura en mis labios como un demonio que no logro exorcizar.

Joder, joder, joder.

—Excelente —dice sir Fergus—. La gira continuará con una mejora en las medidas de seguridad. Se lo haremos saber a su majestad.

Tras esto último, la reunión deriva en cuestiones logísticas: preparativos para el viaje, detalles relacionados con la seguridad, comunicados de prensa.

Durante todo ese tiempo, soy plenamente consciente de cada cambio en la postura de Nicholas, de cada golpecito que da en la mesa con los dedos. Cuando aporta algo a la discusión, lo hace con voz clara y firme, no con el típico tono de príncipe playboy tras el que suele ocultarse.

Es como si viese a alguien jugar con toda la baraja después de fingir que solo tenía la mitad de cartas.