Un Sustituto Improbable (Dilemas Improbables 3) Capítulo 18
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Capítulo 18

Capítulo Dieciocho

Nicholas

—¡No puedes hacer esas cosas! —grita Eoin, temblando de ira—. ¡No puedes ponerte en peligro de esa manera!

Y luego me atrae hacia sí, y sus labios se posan sobre los míos, decididos e implacables.

No me está besando. Me está marcando. Es una emoción en carne viva, sin filtros, la que emana de él para adentrarse en mí.

Es el choque del enfado, del miedo y de un deseo tan potente que tengo la sensación de que me han arrojado al mar en plena tormenta después de años de navegar con cautela.

Son dedos que se clavan en mis brazos con la necesidad de poseerme, como si tuviese pánico de soltarme por un instante y que desaparezca.

Pasados unos segundos me recupero de la sorpresa lo suficiente como para devolverle el beso con la misma intensidad, con la misma pasión, con la misma crudeza.

Emite un gruñido bajo en cuanto rozo con los dientes su labio inferior, y me trago el sonido con avidez. Quiero más. Lo quiero todo. Al subir una mano hasta mi cuello para cogerme de la mandíbula, sus caricias se suavizan, pero el beso sigue siendo frenético.

Ese contraste desata algo en mí, y me arqueo en busca de fricción, de calor, necesito más de esto, del fuego que arde y se esparce entre nosotros.

Me ahogo en sensaciones. Su áspera barba incipiente que roza contra mi barbilla, la presión de su cuerpo al acorralarme contra el estante, ese aroma que me invade los sentidos.

Me han besado por mi título, por mi estatus, por la historia que se puede llegar a vender.

Pero O’Connell me besa como si quisiera consumirme, como si fuera el agua al final del desierto, como si no existiese nada más que esta habitación.

Mueve la mano para enredarla en mi pelo, y tira de él lo suficiente como para que todo mi cuerpo se electrifique, lo que hace que gima contra su boca.

Esto es. Esto es lo que estaba latente en cada toma y daca cargados de sarcasmo. Es como una nueva fuente de energía que acaba de ser descubierta.

El intercomunicador de O’Connell cobra vida, y se escucha la voz de Singh a kilómetros de distancia y terriblemente cerca a la vez.

—Perímetro seguro. Entrada del equipo de extracción en treinta segundos.

O’Connell aparta su boca de la mía con brusquedad y se tambalea hacia atrás, mientras el deseo y el horror desatan una guerra en su rostro.

Con el pecho aún agitado, nos quedamos mirándonos el uno al otro. Parecemos dos boxeadores que han luchado hasta la extenuación y que no acaban de creerse los golpes que han dado.

Aún siento su sabor en mi boca.

Fuera, se escucha el retumbar de unos pasos y órdenes a viva voz. O’Connell va hacia la puerta en dos largas zancadas, con la respiración aún entrecortada. Desliza los dedos por la sencilla cerradura y la puerta se abre por completo.

Blake irrumpe en la habitación con el arma desenfundada. Tras barrer la escena de un vistazo, su análisis profesional muta en una expresión de confusión al procesar el estado de desaliño en que nos hallamos.

—Señor. —Se dirige a mí mientras sus ojos se posan por un momento en O’Connell—. ¿Se ha hecho daño?

Definamos «daño». Si la pregunta es: «¿Has cambiado por completo la visión que tenías del mundo por culpa de los labios de un irlandés embravecido?», entonces, sí, he sufrido daños críticos.

Pero estoy seguro de que no es el tipo de lesión que aparecerá en los informes médicos.

—Nada grave. —Lo digo con una firmeza perturbadora teniendo en cuenta cómo me siento por dentro—. Un raspón por un cabezazo.

Detrás de Blake se asoman otros tres oficiales de seguridad. O’Connell vuelve a ser el profesional imperturbable de siempre.

Si no fuera por el ligero temblor en su mano al arreglarse la chaqueta, pondría en duda que los últimos minutos hubieran sido reales.

—La ruta de extracción ha sido despejada —anuncia Singh—. Tenemos que movernos, señor.

O’Connell asiente, serio.

—El Cardo de camino a una ubicación segura. A sus puestos —dice.

Blake se posiciona a mi izquierda en tanto que Singh va por delante. O’Connell se queda a mi derecha. Ahora mismo, su rostro es igual de inexpresivo que una pared.

—¿Preparado, señor? —pregunta.

Me encantaría soltarle un comentario cortante, altanero y desdeñoso que estuviera a la par de su repentina frialdad.

Pero no puedo.

Por lo que me limito a asentir, y dejo que los oficiales me arropen en su seno protector mientras nos movemos hacia la entrada.

El resplandor del sol australiano tras la penumbra de la caseta es cegador.

Entorno los ojos al tiempo que asimilo el caos de la explanada, donde varios hombres con uniforme de la Marina se hallan bocabajo en el suelo, manos en la espalda atadas con bridas, y rodeados de oficiales de la Policía Federal de Australia.

Un todoterreno con cristales tintados y las puertas abiertas está aparcado a poca distancia. O’Connell me guía hacia el coche, pero su mano no llega a tocar la parte baja de mi espalda.

Esa falta de contacto se me hace deliberada, significativa.

—El equipo médico espera en el punto de extracción, señor —dice al tiempo que sus ojos lo escanean todo menos mi cara—. Puede que el cabezazo haya hecho más daño del que cree.

—Estoy bien —insisto, aunque las punzadas en la frente indican lo contrario.

—Con todo respeto, eso es algo que deben determinar los médicos. —Su voz es fría, profesional, como si no me hubiera metido la lengua hasta la garganta hace un momento.

El todoterreno nos engulle; Blake y Singh se sientan a mi lado mientras O’Connell discurre brevemente con Cavendish antes de subirse al asiento del copiloto. El vehículo arranca y escapamos del caos de la base naval.

Pero no hay forma de escapar del caos de mi mente.

—¿Qué pasó con los niños? —Acabo de recordar el motivo por el que no seguí el protocolo.

—Todos a salvo, señor —informa Singh—. Unos oficiales de la Armada los acompañaron hasta una zona segura.

Siento un enorme alivio. Al menos la decisión tan temeraria que tomé tuvo un resultado positivo.

¿Podríamos considerar el beso de O’Connell como otro resultado positivo?

Me acaricio los labios, y los noto hinchados. Joder. Creo que estoy en shock . No por el intento de asesinato, sino por lo que sucedió a continuación.

Me entra un escalofrío, y Blake me mira, preocupada.

No es miedo. En absoluto.

El punto de extracción es un perímetro de seguridad creado sobre la marcha en un recinto militar cercano. El todoterreno atraviesa con diligencia varios puntos de control antes de dejarnos en un edificio anodino donde, en efecto, espera el equipo médico.

—Debo dar parte de lo sucedido a Cavendish —anuncia O’Connell en cuanto nos apeamos del vehículo. Por fin sus ojos hacen contacto con los míos, solo por un instante, y al percibir la guerra que se libra en ellos, se me oprime el corazón—. La oficial Blake lo acompañará a la revisión médica.

Y sin más, se da media vuelta y se aleja.

La revisión es corta pero exhaustiva. Mi frente ostenta indicios de lo que será un morado de campeonato, y tengo pequeños raspones en las manos y unas marcas en el brazo que me dejó uno de los atacantes al agarrarme.

Nada grave, nada permanente. Las evidencias físicas de lo sucedido habrán desaparecido en unos días.

No así el recuerdo de las manos de O’Connell en mi cara y en mi pelo, su cuerpo presionando contra el mío, y el gemido que emitió cuando le mordí el labio.

—Ha tenido mucha suerte, Alteza —dice el doctor al tiempo que me coloca en la frente una tirita en forma de mariposa—. Dar un cabezazo, si no se domina la técnica, puede llevar a una conmoción cerebral para ambas partes implicadas.

—Lo tendré en cuenta para la siguiente ocasión —respondo.

El doctor empieza a recoger, así que miro de reojo a Blake.

—¿Dónde me llevan ahora? —pregunto.

—A un hotel seguro, señor. En cuanto lleguemos habrá una reunión para hablar sobre la seguridad.

—¿Y los agresores?

—Se está encargando la Policía Federal de Australia. —Su expresión no me dice nada—. Cuatro bajo custodia, uno en el hospital.

Otro todoterreno, otra alineación de seguridad a mi alrededor, esta vez sin O’Connell. Miro cómo pasa por la ventanilla el paisaje difuminado de Darwin.

¿Qué estará pensando ahora mismo? Hace una semana, de saber que algo así sucedería, creo que me habría sentido triunfante al comprobar que el irlandés estoico me desea.

Pero ahora mismo no me siento así en absoluto.

Al contrario, ese beso no ha hecho más que acrecentar mi ansia. Es una necesidad acuciante. Ese beso que nunca debió suceder ha encendido un fuego en mi interior.

Blake me explica que hemos cambiado de hotel por precaución.

Al llegar, Cavendish nos recibe en el vestíbulo con el rostro tenso.

—Reunión de emergencia en la sala de conferencias. Nos congregaremos allí en cuanto todo el personal haya llegado —informa.

—¿Todo el personal? —Intento mantener un tono casual.

—Todo —confirma.

Asiento con fingida indiferencia mientras inspecciono el vestíbulo en busca de cierto irlandés alto y de hombros anchos.

A estas alturas en palacio han de estar redactando comunicados y mi familia ya habrá recibido la noticia. Sin duda, la prensa aprovechará y sacará titulares sobre el príncipe valiente que sobrevivió a un intento de asesinato.

Nadie se enterará de lo sucedido en esa caseta. Nadie sabrá que, durante unos minutos de gloria, no fui el príncipe sustituto ni un riesgo de seguridad.

Fui solo un hombre al que le dieron un beso de película, un beso soberbio.

Las puertas del ascensor se abren, y mi corazón indigno hace un triple mortal en cuanto ve a O’Connell apostado en el pasillo.

Enfrascado en una conversación con Singh, levanta la vista en cuanto nos ve venir.

Por su rostro pasan demasiadas emociones imposibles de procesar hasta que gana la neutralidad comedida.

—Alteza Real. —No le tiembla la voz, pero noto la tormenta en sus ojos.

—Oficial O’Connell. —Me pongo a su altura a nivel de formalidades—. Espero que haya podido dar el parte.

Un músculo de su mandíbula se tensa.

—Sí, señor.

Nos quedamos sin movernos por un momento. Su mirada baja a mi boca un instante, pero vuelve a toda prisa a mis ojos. El deseo abrasador que percibo antes de que pueda camuflarlo hace que el calor se concentre en la zona baja de mi estómago.

—¿Proseguimos? —Cavendish señala con un gesto la sala de conferencias.

O’Connell se hace a un lado para dejarme pasar, aunque acabamos acercándonos obligados por la estrechez del pasillo. Cuando nuestros brazos se rozan, el breve contacto envía una ráfaga de electricidad por toda mi piel.

Dios santo. ¿Cuándo me he convertido en una persona que pierde el control por un mero contacto de brazos?

Presiento que será la reunión de seguridad más larga de la historia. Sé que debería estar reflexionando sobre lo que sucedió. En concreto, sobre la jeringa que querían clavarme en la garganta. ¿Para matarme o para incapacitarme? ¿Quién está detrás del ataque y qué quieren de mí?

Pero, a pesar de todas las preguntas que dan vueltas en mi cabeza, cuando paso al lado de Eoin para entrar a la sala de conferencias, me permito echarle un último vistazo.

Me está observando, aunque su expresión es indescifrable.

Está claro que lo que ocurrió en el cuarto de mantenimiento cambió algo esencial entre él y yo.

La pregunta es: ¿y ahora qué?