Capítulo 17 #2
Detengo al agresor más cercano con un placaje que llenaría de orgullo a mi entrenador de fútbol gaélico. Caemos al suelo con violencia y el impacto me sacude hasta el último hueso.
Bajo su falso uniforme, el hombre es puro músculo, pero la ira y la desesperación juegan a mi favor. Tras un golpe certero en la sien, yace inerte debajo de mí.
Me pongo en pie de inmediato y hago un barrido de la escena. Blake tiene inmovilizada a la mujer de las granadas con una rodilla en su espalda. Singh, cerca del podio, se ha enfrascado en un combate cuerpo a cuerpo con otro de los agresores.
El humo comienza a despejarse, no obstante, el caos continúa: los civiles siguen corriendo, las fuerzas de seguridad se movilizan y las sirenas suenan en la distancia.
Lo único que me interesa es Nicholas.
Está a punto de llegar a la caseta de mantenimiento cuando el primer atacante, aquel al que esquivó, se recupera lo suficiente como para lanzarse tras él. Veinte metros. Demasiado lejos para que pueda bloquearlo.
Vuelvo a disparar, esta vez apuntando hacia abajo. La bala de nueve milímetros le da en el muslo y retorciéndose de dolor, cae de bruces al suelo mientras se agarra la pierna. Si bien la herida no es mortal, me he asegurado de que no pueda perseguir a nadie.
Nicholas ni siquiera mira hacia atrás, sigue corriendo en dirección a la caseta. Menos mal.
Pero el alivio me dura un suspiro.
Porque en cuanto está a punto de coger el picaporte, aparece un quinto agresor por detrás de unas cajas de suministros. Debe de haber estado apostado allí, esperando órdenes.
Veo el brillo de un metal en su mano.
No es un arma. Es algo peor.
Una jeringa que sujeta a modo de navaja, lista para clavársela a Nicholas en el cuello.
El tiempo se ralentiza y cada segundo se estira hasta el infinito. Quince metros. Demasiado lejos. Tengo mi arma, pero Nicholas está justo en la línea de fuego. Como yerre el tiro por un milímetro…
—¡Agáchate! —Es un grito en carne viva, desesperado.
Nicholas se gira al escuchar mi voz. Ve la amenaza. Procesa la situación.
Y toma una decisión que me hiela la sangre.
En vez de tirarse al suelo o esquivar, da un paso hacia el atacante y se mete entre sus brazos, como si estuviera abrazando a un amante.
Me quedo sin respiración.
¡Nicholas no!
¡Él no!
Este pensamiento no deja de darme vueltas en la cabeza mientras observo todo con impotencia, a quince metros de distancia, con un arma inútil en la mano.
Nicholas arremete contra el hombre con un cabezazo.
El golpe produce un ruido que llega a mis oídos a pesar del caos que nos rodea.
El atacante se tambalea hacia atrás, la sangre brota a chorros de su nariz, y la jeringa cae al suelo sin haber cumplido con su cometido.
Llego hasta su ubicación en unas zancadas. Cojo por el cuello al agresor aturdido y le asesto un puñetazo en la sien con la suficiente fuerza para que caiga al instante.
Se desploma, inconsciente, antes de dar contra el suelo.
—¡Métete! —digo entre dientes al tiempo que aferro a Nicholas del brazo.
Prácticamente acabo arrojándolo dentro del edificio, lo sigo y cierro la puerta de inmediato.
La cerradura me regala un clic que es música para mis oídos.
Hago una rápida evaluación táctica de nuestro refugio. Estancia pequeña, de unos cuatro metros por tres, material de limpieza colocado en estantes de metal, escobas y baldes en un rincón. Una sola ventana, alta, estrecha, podemos defenderla, pero no es una vía de escape. No hay más puertas.
Estamos atrapados, pero a salvo.
—Situación —exige Cavendish a través de mi auricular.
—El Cardo está a salvo en una caseta de mantenimiento al este de la explanada militar —informo con la voz agitada tras la adrenalina—. Varios enemigos neutralizados. Se necesita asegurar el perímetro y llevar a cabo extracción de inmediato.
—Entendido. Equipo de camino. Dos minutos. No os mováis.
Cuando me doy la vuelta y lo veo…, casi caigo al suelo de rodillas.
Está apoyado contra un estante, con el pecho agitado.
Lleva una mancha de sangre en la frente por culpa del cabezazo, no tengo claro si es suya o del atacante.
Sin embargo, sus ojos se mantienen alerta.
Su pelo, siempre impecable, ahora es una maraña, y el traje de lino se ha desgarrado a la altura del hombro.
Está vivo. Maltrecho, ensangrentado, pero vivo.
El alivio que me recorre el cuerpo pronto se transforma en una ira que me consume por dentro.
—¿Pero qué cojones? —No puedo contener el exabrupto producto de la rabia y el miedo, tan unidos que no soy capaz de separarlos—. ¿Un cabezazo? ¿Intentas que te maten?
Nicholas se endereza, se limpia la sangre de la frente con el dorso de la mano, y la analiza con cierto interés antes de centrar su mirada en mí.
Aun desaliñado y ensangrentado, conserva esos aires aristocráticos que tanto me desquician.
—Funcionó, ¿sí o no? —Su voz es firme, si bien algo entrecortada.
—¡De puro milagro! —Me muevo hacia él, incapaz de contener las emociones que me atraviesan—. ¡Tenía una jeringa, por el amor de Dios! Si no hubieras atacado en el segundo exacto…
—Pero lo hice —interrumpe. Y su expresión vibra de intensidad, salvaje, llena de vida—. Sabía lo que hacía.
—¿En serio? —Ahora estoy casi gritando. La profesionalidad a tomar por culo—. ¿Sabes que tu equipo de seguridad tiene ciertos protocolos? ¿Que yo tenía un tiro limpio si te hubieras agachado como te pedí? ¿Que ir hacia un atacante armado es literalmente todo lo contrario de lo que te han enseñado?
Sus ojos tienen un brillo especial. El azul imposible centellea.
—Dejé que mi instinto…
—¡Por culpa de tus instintos vas a terminar bajo tierra!
—El miedo que me atenazó al ver la jeringa, cuando pensé que no podría llegar a él a tiempo, regresa con toda su fuerza.
Es un momento que llevaré por siempre guardado en mi memoria: Nicholas al girarse, la violencia de la amenaza y la decisión de enfrentarla.
Pienso en lo que podría haber sucedido y me tiemblan las manos.
Ese momento en el que creí que fracasaría en la misión más importante de mi vida.
No porque sea un príncipe. No porque sea parte de mi trabajo.
Sino porque se trata de él.
El corazón me va a mil por hora, la adrenalina que aún corre por mis venas hace que sienta las emociones más vivas, con más intensidad.
Estoy tan cabreado que lo mataría con mis propias manos y les ahorraría el trabajo a los terroristas.
—¡No puedes hacer esas cosas! —Estoy fuera de control—. ¡No puedes ponerte en peligro de esa manera!
Mi campo de visión se reduce, todo se va desvaneciendo hasta que solo puedo verlo a él, de pie, sangrando, con una nota de triunfo en su mirada, un puto imprudente, y guapísimo, y…
apenas puedo respirar. Siento como si alguien me hubiese abierto el pecho con un cuchillo, dejado al descubierto las costillas, y ahora todo estuviese expuesto.
Hago lo único que puedo hacer en este momento. Lo único que podría calmar al monstruo embravecido que llevo dentro y silenciar la voz en mi cabeza que repite una y otra vez esos segundos en los que pensé que lo perdía.
Lo cojo de la camiseta, retuerzo la tela elegante con los puños y lo acerco hacia mí de forma tan abrupta que se tambalea y choca contra mi pecho.
Entonces lo beso.