Capítulo 17
Capítulo Diecisiete
Eoin
Esta mañana me encuentro en el perímetro oeste de un recinto ceremonial, en la base naval Royal Darwin.
Siento el sudor empapándome por debajo de la chaqueta mientras el príncipe Nicholas se pasea por el cuartel general naval del territorio norte de Australia.
El calor hace que el ambiente se torne pesado y hasta cuesta respirar.
Pero a Nicholas, con su traje de lino ligero y su inquebrantable sonrisa permanente, parece no afectarle, lo que resulta irritante.
La noche anterior no deja de reproducirse en mi mente.
Su aspecto delicado, con el pelo revuelto, sus dedos acariciando el dibujo de puntos como si ocultasen secretos que necesita saber y comprender.
El sonido de su risa genuina; la forma en que se le dilataron las pupilas; el roce de nuestras manos.
—Un despliegue de poderío militar impresionante, ¿verdad, oficial O’Connell? —Su voz interrumpe mis pensamientos. El corazón me late un poco más fuerte—. Con tanta seguridad tu trabajo es un poco innecesario, ¿no?
—La seguridad nunca es suficiente, señor —respondo—. Sobre todo cuando el objetivo se empeña en meterse en problemas.
El comandante de la Armada, al lado de Nicholas, nos observa algo alarmado, pero los ojos de Nicholas se entrecierran y noto un brillo en sus profundidades. Es ese azul de otro planeta que los fotógrafos nunca logran captar del todo.
—Soy afortunado de tenerte para que me salves de mí mismo. Aunque, todo hay que decirlo, tu definición de «problemas» me parece demasiado amplia. Anoche incluía instrumentos primigenios. ¿Hoy, qué? ¿Un apretón de manos demasiado entusiasta con algún almirante? —Su sonrisa se vuelve más mordaz.
Le sostengo la mirada; me niego a ser el primero en apartarla.
—Conozco de primera mano los tipos de «problemas» a los que me refiero.
Sus ojos se agrandan y su compostura comienza a flaquear.
Antes de que pueda responder, se nos acerca una oficial de la Armada, sujetapapeles en mano.
—Su discurso comienza en cinco minutos, Alteza —dice, ajena a la tensión entre nosotros o esforzándose por ignorarla.
—Gracias, teniente. —Nicholas me envía una última mirada cargada de intención antes de seguir a la teniente hacia el podio.
Me posiciono al lado del escenario mientras Nicholas sube los peldaños.
Blake, en el perímetro este, muestra un lenguaje corporal relajado, pero sus ojos están en continuo movimiento.
Singh se ha colocado en la plataforma elevada cerca de la cabina de sonido.
Contar con visibilidad despejada le permite ver por encima de las cabezas de los dignatarios sentados.
Entre tanto, Davis merodea alrededor del equipo de prensa.
El discurso comienza con las habituales frases manidas: aprecio por la contribución militar de Australia y reconocimiento de la importancia estratégica del puerto de Darwin.
Luego, una de sus típicas bromas autodespectivas, en este caso sobre las tradiciones de la marina real, que ocasiona risas de admiración entre la gente.
Ha activado el modo «príncipe que interpreta su papel a la perfección» y lo ejecuta de forma magistral. Realmente es muy bueno en su trabajo.
Si tan solo mis sospechas no fueran ciertas… Pero estoy casi seguro de que desempeñar este papel le cuesta la vida misma.
Escaneo la multitud de forma metódica, dividiéndola por sectores, catalogando caras y lenguaje corporal.
Los oficiales de la Armada congregados el día de hoy esperan atentos y respetuosos.
Los del Gobierno hacen piña mientras disfrutan de estar cerca de la realeza.
Como era de esperar, los civiles observan embelesados.
No veo nada fuera de lugar hasta que mis ojos se posan sobre un hombre un poco más alejado del grupo de oficiales.
Su uniforme naval en principio no tiene nada de especial, pero noto algo extraño en su postura.
Demasiado rígida, demasiado alerta. Todos los presentes miran a Nicholas con mayor o menor curiosidad menos este tío, que desvía la vista a cada rato hacia las posiciones de seguridad.
Un sudor frío me recorre la espalda.
Hablo por el micrófono colocado debajo del traje.
—Sujeto sospechoso, cuadrante noroeste, oficial de la Armada con franjas de teniente. A unos cuarenta metros del escenario.
La respuesta de Blake no se hace esperar.
—Confirmación visual. Voy a interceptar.
Sigo los movimientos de Blake de reojo, quien realiza un circuito que la va acercando al sospechoso sin alertarlo. Es buena. No hay nada en su lenguaje corporal que sugiera algo más allá de un ligero interés por la ceremonia.
Un movimiento en el lado opuesto capta mi atención. Una mujer vestida de civil se separa del grupo principal. Lleva la mano a su bolso con deliberada parsimonia, de una forma que no es la habitual de quien rebusca para encontrar algo.
Se me acelera el pulso. Dos posibles amenazas en sitios diametralmente opuestos. Una maniobra de pinza de manual.
—Otro posible sujeto sospechoso, cuadrante noreste —murmuro en el intercomunicador—. Civil, vestido verde, mano en el bolso.
Nicholas continúa con su discurso, ajeno a la posible amenaza que se cierne sobre él a ambos lados del público. Ahora habla sobre la colaboración ininterrumpida entre la marina británica y la australiana, y su voz resuena por la explanada militar con total claridad.
—Atentas todas las unidades —dice Cavendish, tenso—. Presencia potencial de más de un enemigo. Preparaos para posible orden de extracción.
Cambio el peso del cuerpo, cada uno de mis músculos se tensan, preparándose. Cada una de mis terminaciones nerviosas se agudizan, veo el mundo con total claridad a la par que calculo la distancia hasta Nicholas y planeo la vía más rápida para ponerlo a salvo.
Dirijo la mirada hacia el primer sospechoso justo a tiempo para verlo sacar algo de su chaqueta. No es un arma, es más pequeño. Mi cerebro procesa la forma del objeto, la manera en que lo sujeta.
Una lata. Gas o humo para sembrar el caos.
El corazón se me acelera.
El hombre levanta la lata por encima de su cabeza con un movimiento fluido. Lo que sea que está a punto de suceder va a suceder en este momento.
Llevo una mano al arma mientras me lanzo hacia delante.
Demasiado tarde.
Ya ha accionado la lata y el humo comienza a salir en oleadas de nubes densas.
La multitud sale disparada, chillando, tras activarse el instinto de manada. Los cuerpos chocan, se empujan, trastabillan. En escasos segundos, el orden de los congregados se transforma en caos.
En ese instante, la mujer de verde extrae un objeto cilíndrico de su bolso. Incluso desde esta distancia, su forma es perfectamente identificable.
Una granada de aturdimiento.
—¡Corre! —digo con un rugido, desenfundando el arma mientras salgo disparado en dirección a Nicholas.
Lo veo ponerse en marcha. Abandona su discurso a mitad de la oración y baja del podio de un salto. Por un instante, pienso que va a seguir el protocolo, que va a correr hacia mí o hacia otro miembro del equipo de seguridad.
Pero no.
En lugar de eso, se encamina hacia un grupo de colegiales que esperaban en primera fila la oportunidad de hacerse una foto con él.
Se han quedado todos paralizados, demasiado pequeños para procesar la situación, mientras los adultos van de un lado a otro, aterrados. El humo se desplaza en esa dirección.
Se me constriñe el pecho de tal manera que no puedo respirar. Nicholas se acaba de interponer entre los niños y el peligro para guiarlos hasta la entrada del edificio más cercano.
Lo que lo deja completamente expuesto. Un blanco fácil.
—¡Agáchate! —bramo en cuanto un estruendo retumba por la explanada. La granada de aturdimiento acaba de explotar.
El estallido es casi un golpe físico. Enseguida, los oídos comienzan a pitarme y me ciega una luz blanca. Me abro paso como puedo, confiando en la memoria muscular y el entrenamiento recibido.
A través del humo, vislumbro a Nicholas dirigiendo a los niños. Los guía para que entren al edificio y se pongan a resguardo mientras él continúa expuesto.
¡El muy imbécil! Valiente, temerario, un puto imbécil.
—¡Varios atacantes, un punto de convergencia! —grito al intercomunicador sin quitarle la vista a Nicholas—. Entrada del edificio noreste. Se necesitan refuerzos de inmediato.
El humo se ha hecho más denso y la visibilidad es de unos diez metros. Otra granada de aturdimiento denota por algún sitio a mi izquierda, cerca de la ubicación de Nicholas. Las ondas de sonido y presión se superponen, lo que me desorienta. Su propósito es el de confundir e incapacitar.
Nicholas ha metido al último niño dentro y está a punto de seguirlo cuando emergen dos figuras de entre la humareda.
Ambos visten el uniforme de la Armada, se mueven con decisión, en sintonía, y le hacen una encerrona al príncipe desde diferentes ángulos.
Nicholas reacciona más rápido de lo que hubiera imaginado: esquiva al primer atacante dando un paso al lado.
Pero el segundo agresor se apresura a agarrarlo del brazo e intenta conducirlo hacia un sitio donde, ahora que me percato, espera un vehículo al final de la explanada.
Motor en marcha. Puertas abiertas.
Joder.
No me lo pienso. Disparo al aire, por encima de sus cabezas adrede. La advertencia es lo bastante clara como para que el primer atacante retroceda y se agache. Nicholas utiliza el momento de distracción para asestarle un codazo en plena boca del estómago a su raptor.
El hombre afloja el puño y Nicholas se libera de su agarre.
Pero aparecen más individuos entre el humo, como fantasmas. Tres, quizás cuatro, que convergen en la ubicación de Nicholas. Ya no puede dirigirse hacia la entrada del edificio, han bloqueado esa vía de escape.
—¡Corre en dirección opuesta! —grito al tiempo que yo también cambio de trayectoria con la intención de interceptarlos—. ¡A las tres en punto, muévete!
Gracias a Dios me hace caso. Da un giro y sale disparado hacia la derecha, a una especie de caseta de mantenimiento.