Capítulo 16 #3
Se endereza y entorna los ojos fingiendo haberse ofendido.
—Pues que sepas que las ballenas son criaturas de una inteligencia excepcional y tienen patrones de comunicación muy complejos.
—En todo caso, Greenpeace ya debe de haber puesto en marcha una misión de rescate.
—¿Para rescatarme a mí o a las ballenas?
—A ambos. Sálvese quien pueda.
Nicholas parpadea.
—¿Perdón? ¿Qué quieres decir?
—El mal ya está hecho. No tiene solución. Como tampoco la tiene tu relación con los instrumentos musicales, por lo que veo.
Ríe por la nariz, pero luego sus dedos se posan de nuevo sobre el didyeridú y comienzan a trazar los dibujos sobre la madera con una inesperada devoción.
Su expresión pasa del humor a la reflexión.
—Ha sido un gesto noble, ¿verdad? Me dan regalos a pesar de lo que mis antepasados hicieron con los suyos: invadir su país, robar a sus niños, destrozar sitios sagrados. Y aquí están, pacientes, enseñándome a tocar su música.
Jesús. Cuando se quita la máscara y deja salir sus verdaderos pensamientos, siento algo en el pecho que prefiero no analizar.
Ver a Nicholas confundido, auténtico, en pijama de seda, sentado sobre el sofá, apesadumbrado ante el peso de la historia, es más de lo que puedo soportar.
—Quizás de eso se trata —digo sin pensar—. Ellos son los que eligen qué compartir. Eso de por sí ya tiene su propia fuerza.
Nicholas me observa con sus ojos azules bien abiertos. El ambiente entre nosotros se vuelve denso, se carga. Pero enseguida aparece la mueca burlona que usa como coraza.
—Míralo, le ha salido la vena filosófica. ¿Aprendes teoría poscolonial en la escuela de guardaespaldas o es sabiduría adquirida entre placajes a príncipes inocentes y críticas a su estilo de vida?
El cambio abrupto del Nicholas genuino al intérprete me deja aturdido. En un momento dado lo ves reflexionando y luchando contra el sentimiento de culpa colonial, y al siguiente vuelve a ser el príncipe gilipollas que empuña el sarcasmo como si fuese una puta espada.
Y aun así, prefiero esto, sus palabras cortantes y su mordacidad defensiva, a la cortesía sofocante a la que me ha estado sometiendo desde Uluṟu.
Por fin comprendo por qué me molestaba tanto que me hubiera ignorado estos últimos días. Al parecer, hay una parte de mí a la que le gusta ser su centro de atención, que se tome la molestia de dedicarme su agudo ingenio como si el esfuerzo por exasperarme valiera la pena.
Jesús. ¿Qué dice de mí que prefiera ser objeto de sus pullas verbales a que me trate como un miembro más de su equipo?
Mientras yo divago, él ha vuelto a dirigir su atención al instrumento.
—William dijo que había que soltar aire todo el tiempo —comenta tras llevárselo a los labios—. Por la nariz mientras la boca…
El sonido que genera es similar al de secar una armónica debajo del agua. De hecho, retrocedo, espantado.
—Me cago en la leche.
—Prueba tú —me desafía—, ya que eres un experto.
—Yo nunca he dicho…
—¿Eres un gallina, O’Connell?
Mierda. No debo morder el anzuelo. Lo que tengo que hacer es irme de aquí. Sin embargo, acabo de cuclillas al lado del sofá.
Una pésima idea.
Porque ahora estamos cerca. Hasta puedo ver cómo se dilatan sus pupilas. El corazón empieza a hacerme cosas raras en el pecho.
—Enséñame, a ver —dice bajando la voz.
Debería irme. Debería recordar que estoy trabajando. Que es un príncipe y mi función es protegerlo, no percibir la manera en que se mueve su nuez cuando traga.
—Esto…
Su mano roza la mía cuando la mueve para sujetar con más firmeza el didyeridú. El contacto me quema como un rayo.
Me echo hacia atrás y me pongo de pie con brusquedad.
—Seguro que lo sacas. Intenta no pensarlo demasiado.
—Pensar demasiado. —Alza la vista, pero soy incapaz de descifrar su expresión—. Sí, ese es mi problema sin duda.
El momento entre él y yo se prolonga. Luego, su ensayada sonrisa aristocrática vuelve a hacer su aparición.
—No te entretengo más. Ya puedes regresar a la importantísima tarea de vigilar la puerta de entrada —dice exudando fingido entusiasmo—. A estas horas de la noche el pasillo debe de ser un sitio fascinante.
Y ahí está. El permiso para retirarme. El recordatorio de cuáles son nuestras posiciones.
—Bien —devuelvo con la mandíbula apretada—. Intenta no invocar a ningún espíritu maligno con esa cosa.
—Si eso sucede, ya te lo dejo a ti para que me protejas con tu personalidad dicharachera.
—No soy yo quien necesita trabajar en su personalidad.
—No, solo en tu deferencia.
Esa palabra es un balde de agua fría. Volvemos a un terreno familiar. Él es el príncipe arrogante y yo un subordinado.
Seguridad. Distancia.
—Estaré fuera —respondo, apático—. Trata de no provocar un incidente internacional desde tu sala de estar.
—¿Y en dónde estaría la gracia? —Vuelve a levantar el instrumento—. Quizás me dedique a perfeccionar la técnica para darte una serenata desde aquí.
—Como te atrevas, no cuentes conmigo para que te salve de la próxima araña.
Cierro la puerta con las manos algo temblorosas mientras él me observa, perplejo.
Joder.
¿Pero qué cojones estoy haciendo?