Capítulo 16 #2
La gente se queda maravillada. Es otro de esos momentos perfectos del príncipe Nicholas. Agradece a William con las palabras adecuadas que habrá memorizado del documento, y los fotógrafos toman instantáneas de este instante de conexión intercultural.
Ofrece a todos su sonrisa ensayada, la que no llega a sus ojos.
Estoy hasta los cojones de verlo actuar.
Esta revelación me golpea con una fuerza inesperada. Estoy harto de su máscara, de sus encantos calculados. Me hastía saber que detrás de todo ese adiestramiento aristocrático hay una persona auténtica que solo emerge en muy contadas ocasiones, cuando baja la guardia.
William se pone de pie, se dirige hacia una mesa con varios didyeridús y escoge uno con un dibujo de cocodrilos con intensos tonos de rojos y dorados.
—Para usted. —Se lo entrega a Nicholas—. Para que pueda practicar. Como dice mi tía, «la perseverancia todo lo alcanza».
—Es un gesto muy generoso. Para mí es todo un honor —responde Nicholas.
La multitud aplaude. Más fotos. Nicholas sujeta el instrumento como si dedicara su vida a manipular objetos de valor. Bueno, supongo que en parte así es.
Aunque no suelen ser regalos, sino más bien objetos que sus antepasados robaron de otros países.
Es el turno de noche y estoy apostado en la puerta de la suite de Nicholas. En el centro de operaciones de la primera planta, Malcolm supervisa los canales de seguridad. Lo imagino recitando estadísticas sobre posibles fallos nocturnos del sistema como si fuese una especie de mantra protectora.
Hay silencio en el pasillo excepto por el zumbido del aire acondicionado que batalla contra la humedad de Darwin.
Suele ser un turno tranquilo porque Nicholas duerme arropado en la seguridad de su cama.
Aprovecho el tiempo para catalogar los posibles comportamientos sospechosos que he notado entre mis compañeros.
Tras volver a rebuscar en las habitaciones de cada uno de ellos en este nuevo hotel, lo más perturbador que he encontrado ha sido que a la botella de aceite para masajes de Singh solo le queda un cuarto.
He rastreado los datos de sus dispositivos digitales y he vigilado su lenguaje corporal cuando nos daban actualizaciones sobre el incidente de la araña, por si veía alguna pista.
Solo ha habido unas pocas conductas ligeramente sospechosas que tendré que investigar más a fondo.
Por ejemplo, Malcolm le hizo fotos a las puertas de entrada de cada uno de los eventos a los que asistimos esta semana, no solo a las principales, sino también a las de servicio que no hemos usado.
Cuando se lo pregunté, me soltó una perorata de quince minutos sobre «documentación de protocolos» que sonaba un poco ensayada.
Y hace dos noches pillé a MacLeod en el centro de negocios del hotel a las tres de la mañana. Estaba en una videoconferencia con su sobrino por su cumpleaños y, al comprobarlo, era verdad, pero no me dejó del todo tranquilo.
Al dirigirme hacia la suite de Nicholas para cumplir con mi turno de trabajo, me crucé con Singh en el pasillo.
Si bien me saludó como de costumbre, noté cierta rigidez en su postura.
No fue hasta el momento en que relevé a Blake que caí en la cuenta de que la habitación de Singh se halla en una planta diferente.
Sé que durante su tiempo libre puede hacer lo quiera, pero resulta un poco sospechoso.
Justo cuando estoy clasificando mentalmente la información que tengo del oficial Singh, lo escucho.
Es un sonido extraño, una mezcla entre ballena moribunda y el ruido de la sirena de un barco.
Llevo la mano al arma un segundo antes de que mi cerebro procese lo que sucede. No es una amenaza. Es…
Otro estrépito. ¡Jesús, María y José! El príncipe Nicholas intenta tocar el instrumento que le han regalado.
Debería permanecer en mi sitio. No es de mi incumbencia que el príncipe haya decidido contribuir a la contaminación acústica a las dos de la madrugada.
Pero tras el tercer intento, uno que suena a elefante estreñido, mis pies me llevan hasta su puerta. Llamo.
—¿Alteza Real?
El ruido se detiene. Tras una pausa, oigo su voz:
—Adelante.
Joder. ¿Estoy haciendo esto por los motivos correctos? ¿De verdad la seguridad del príncipe se ve amenazada por unos ruidos de alce moribundo o es que estoy buscando una excusa para verlo?
Demasiado tarde.
Abro la puerta y me lo encuentro sentado en el sofá con las piernas cruzadas y el didyeridú sobre su regazo.
Viste un pantalón de pijama de seda azul marino con la cinturilla ajustada a la altura de las caderas, y una camiseta blanca que se le ha subido ligeramente, lo que deja al descubierto una franja de piel pálida.
Su pelo, siempre perfecto, ahora apunta en todas direcciones, como si se lo hubiera despeinado con la mano varias veces, y hay rubor en sus mejillas.
¡Jesús!
Al verlo con ese aspecto vulnerable y desaliñado que pide caricias a gritos, se me seca la boca.
Nicholas levanta la vista y me mira con una expresión a caballo entre desafiante y cohibida.
—Buenas noches, oficial O’Connell. ¿Te preocupaba que sufriera un empalamiento?
He de tragar saliva con fuerza antes de poder responder.
—Bueno, sí. Aunque lo que más me preocupa es la cantidad de papeleo que algo así generaría.
Suelta una carcajada, una de esas auténticas que siempre me pillan por sorpresa. ¡Cómo me jode la forma en que mi cuerpo reacciona ante su risa!
—Imagínate morir por un instrumento primigenio. La prensa amarilla se lo pasaría en grande.
—«Un didyeridú asesina al príncipe» suena bastante peculiar —digo al adentrarme en la habitación a pesar de que todos mis instintos profesionales me gritan que retroceda—. Aunque preferiría evitar explicaciones sobre cómo dejé al príncipe morir por su propia incompetencia musical.
¿Qué cojones estoy haciendo?
—Qué cruel, O’Connell. —Pero sonríe y se recuesta contra los almohadones del sofá—. Ahora ya sabemos por qué el puesto de concertista de didyeridú real ha permanecido vacante durante todos estos siglos.
—No lo tengo tan claro. Esa interpretación de ballena en apuros que nos has ofrecido indica un gran talento artístico.