Un Sustituto Improbable (Dilemas Improbables 3) Capítulo 16
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Capítulo 16

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Eoin

El calor de Darwin es un monstruo diferente, uno que te envuelve como una manta de lana húmeda de la que es imposible zafarse.

Hace tres días que estamos en Darwin, la última parada del tour por Australia antes de seguir camino hacia Nueva Zelanda.

Esta etapa de la gira ha estado repleta de eventos.

Nicholas participó en la ceremonia de apertura de un nuevo refugio anticiclones. Durante la demostración del sistema de alerta de emergencias, acabaron activándose por accidente las alarmas de todos los coches del estacionamiento.

En la inauguración de un programa en pos de la reproducción del pez barramundi , se metió en unas piscinas de lodo con botas de pescador tres tallas más grandes que la suya.

Cada vez que chapoteaba, el ruido era tal que los niños del colegio se partían de risa.

Bautizó un pez con el nombre de Gerald y, mientras daba un solemne discurso sobre la contribución de Gerald al futuro de la acuicultura australiana, el pez salió escopetado para esconderse debajo de una roca.

También fue partícipe de una nueva iniciativa para limpiar las playas y hasta demostró la forma correcta de utilizar los palos esos con pinza para recoger basura.

Y en cada uno de esos eventos, no me ha mirado a los ojos ni una sola vez.

Después de lo sucedido en Uluṟu, es decir, después de decirle a un miembro de la realeza que me dejara en paz, esperaba tener que enfrentarme a las consecuencias: comentarios mordaces, más antagonismo, ojos azules inquietantes intentando analizar cada uno de mis defectos con precisión quirúrgica.

Sin embargo…, nada. Se ha mostrado educado, sin excepción. Profesional. Distante.

Joder, es perturbador.

Esperaba que contraatacara con más ahínco, que encontrara la forma de ponerme en mi sitio.

En vez de eso, lo único que ha hecho es evitarme con tanta cortesía que hasta da la sensación de que lo hubieran reemplazado con un doble.

Y si bien todo lo que le dije iba muy en serio, algo se remueve en mi interior más allá del alivio.

Algo que me corroe, un extraño vacío allí donde deberían ir a parar sus bromas.

Me he acostumbrado a ser el blanco de sus pullas. Sin ese rifirrafe tan familiar es como si de repente me pusiera a dar golpes al aire.

Por si fuera poco, en los últimos días he vislumbrado pequeños gestos significativos en Nicholas, lo que aumenta mi confusión.

Por ejemplo, esa vez que hizo de juez en una carrera de coches solares y a uno de los equipos se le murió el coche a mitad de carrera.

En vez de ir hacia los ganadores, se recorrió toda la pista para darles un apretón de manos a los pobres adolescentes destrozados, y los ayudó a empujar el vehículo para que atravesara la meta.

Ayer, en el hospital de veteranos, cuando ya no había cámaras, entabló conversación con un excombatiente en silla de ruedas que había llegado demasiado tarde para los saludos oficiales.

El señor divagó sobre Vietnam y contó las mismas historias una y otra vez, repitiendo los detalles de la lluvia, el barro y los melocotones en lata.

Nicholas se quedó sentado junto a él bajo el calor sofocante, y escuchó por tercera vez la historia de la batalla de Long Tan asintiendo como si fuese la primera.

Y no olvidemos lo del colegio. Después de que la prensa hiciera fotos y se fuera, Nicholas se dejó arrastrar durante media hora por un niño llamado Jarra que le presentó a cada puto pollo en el jardín: «Te presento a Bertha. Es una diva. Este es Kevin, un poco tontito, pero sin malas intenciones».

Lo vi agacharse en la tierra con su ropa elegante y debatir sobre los pollos con un niño de diez años con la seriedad que merece la cumbre de las Naciones Unidas.

Todos estos acontecimientos muestran un mismo patrón imposible de seguir ignorando, algo que ya sospechaba al verlo interactuar con el koala en Sídney y con Archie en Alice Springs.

En el fondo, Nicholas tiene buen corazón.

Y por algún motivo, oculta esa parte de sí mismo recubriéndola de arrogancia, encanto ensayado y comentarios mordaces, como si le avergonzara. Solo sale a la superficie cuando se permite bajar la guardia; en esos momentos, la luz se cuela por las grietas de su fachada.

Es otra de sus capas, otro lado de este hombre. Es como una figura geométrica con tantas aristas que es imposible contarlas.

Y sigo sin comprender por qué me importa tanto.

Hoy nos hallamos en un centro cultural abarrotado de gente que alza el cuello para ver al príncipe experimentar la cultura de los pueblos originarios.

William, un larrakia de cierta edad, se sube a una plataforma elevada y abraza un didyeridú como si fuera una pluma a pesar de su considerable longitud. Los dibujos pintados sobre el instrumento parecen cambiar bajo la luz de la tarde, con el ocre y el blanco contando un sinfín de historias.

Las cámaras no se encienden hasta que William acaba la Bienvenida al País, una ceremonia irrenunciable para los anfitriones larrakia a la que, por increíble que parezca, palacio dio el visto bueno.

Me posiciono lo bastante cerca de Nicholas como para intervenir de ser necesario. Todos mis instintos se centran en buscar amenazas, identificar riesgos y mantener la seguridad.

Excepto cuando mis ojos vuelven a él, una y otra vez.

Lleva una camisa verde remangada hasta el codo, y sus antebrazos se ven más definidos de lo que cabría esperar para quien no ha hecho labores manuales en su vida.

Joder, ya estamos de nuevo.

Catalogar de forma obsesiva cada gesto, cada expresión, cada movimiento se está convirtiendo en un problema.

Uno demasiado serio. Debería vigilar a la multitud, no percibir la forma en que los rayos de sol resaltan el azul de sus ojos o cómo se riza ligeramente su pelo oscuro en la nuca a causa de la humedad.

Me obligo a apartar la mirada y concentrarme en hacer un barrido del perímetro.

Ayer recibimos el informe forense de la araña embudo.

Hay pruebas irrefutables de que el vídeo de seguridad fue alterado.

Se han insertado unos tres minutos que deben de coincidir con el momento en que aprovecharon para entrar en la suite a colocar la araña.

Lo que significa que está implicado alguien que tiene acceso a nuestro sistema de seguridad. Alguien de nuestro equipo.

La sospecha me sienta como veneno en el estómago. Son gente con la que llevo semanas trabajando. Les han confiado la vida de Nicholas.

¡Y otra vez! En mi cabeza debería ser «el príncipe» o «su alteza», no Nicholas.

Ese desliz mental es una señal de advertencia que no puedo darme el lujo de ignorar.

Los primeros acordes del didyeridú comienzan a llenar el espacio como si fuesen truenos creando una melodía: un sonido bajo que más bien parece salir de las profundidades de la tierra antes que del propio instrumento, y que me recorre los huesos.

Mis ojos traidores no pueden evitar regresar a Nicholas para ver su reacción.

En cuanto el sonido lo envuelve, sus labios se entreabren y sus ojos de un azul imposible aumentan de tamaño. La luz dorada de la tarde se refleja en su pelo y, por un momento, se asemeja menos a un príncipe y más a alguien que acaba de descubrir la magia.

Sus ojos se encuentran con los míos por accidente. Se apresura a apartar la mirada.

Joder. Me paso la mano por el pelo.

William da por finalizada la demostración con una última nota que se queda flotando en el aire como el humo.

El silencio se prolonga unos segundos antes de que estallen los aplausos. William los recibe con orgullo comedido y luego sus ojos buscan a Nicholas.

—Alteza Real, ¿nos honraría con unas notas? Le aseguro que los ancestros son muy benevolentes con los novatos.

—Es todo un placer —responde Nicholas con diplomacia—.

Aunque permitidme una advertencia: la última vez que toqué un instrumento de viento fue la flauta en Primaria y en cuanto me escucharon me pidieron que me dedicara a hacer mímica.

Recuerdo vagamente algo sobre perros aullando a cinco kilómetros a la redonda.

La gente ríe con su respuesta ingeniosa. Y a mí también me remueve algo por dentro.

Algo a lo que intento no ponerle nombre con todas mis fuerzas.

—Cuando abrimos este centro se apuntaron veinte niños. El trimestre que viene serán cincuenta, así que no desaprovecho ninguna oportunidad de que las visitas se ganen sus cinco segundos de fama —dice William con un deje pícaro en sus ojos.

—No dudo de que mi talento para la música se haga viral —contesta Nicholas tras acercarse a William y sentarse a su lado con elegancia.

—El aire que le infundimos es circular. —William hace una demostración y sus mejillas se hinchan ligeramente—. No se detiene, como el tiempo mismo. Así —acomoda el didyeridú—, labios flojos, dejamos que el aire vaya saliendo.

Nicholas escucha con atención e imita los movimientos con su boca.

Su primer intento no genera ningún sonido.

—Hay que sentir la vibración —lo anima William, ajustando el agarre—. Cuando aprendemos a escucharlo, el didyeridú nos enseña cómo tocarlo.

Su segundo intento produce un sonido corto, áspero, al menos es una nota musical. Nicholas arquea las cejas en un gesto de auténtica sorpresa. Por un segundo, su cara se ilumina de placer. Luego, como si recordarse quién lo observa, muda la expresión a una más acorde con los medios de comunicación.

—Una vez más —dice William—. No se lo piense tanto. Coja más aire.

El tercer intento casi suena a música, se escuchan unas notas temblorosas que parecen ir bien encaminadas. Cuando acaba, Nicholas se echa hacia atrás riendo. Pero es la risa que usa de cara al público, la que invita a todos a reír con él.

—Creo que las relaciones diplomáticas acaban de retroceder unas cuantas décadas por mi culpa —dice al tiempo que devuelve el instrumento con ambas manos, una muestra de respeto de la que le habrán informado con anterioridad.