Capítulo 15 #3
Las luces a nuestro alrededor nos van bañando alternativamente con tonos carmesí, violeta y azul. Cada tonalidad revela un nuevo matiz en su expresión. Veo frustración, deseo y algo más profundo que me hace subir las pulsaciones.
—¿Qué cojones estás haciendo? —dice con un rugido gutural, habiendo abandonado cualquier atisbo de profesionalidad.
—¿A qué te refieres? —Intento que el triunfo que siento no se aprecie en mi voz, pero estoy seguro de que fracaso estrepitosamente.
Su rostro se endurece y la rabia toma la delantera en la guerra de emociones que atraviesan sus ojos.
—¿Esto es un juego para ti? —protesta—. Porque para mí no lo es. Intento mantenerte con vida.
La intensidad en su voz me pilla por sorpresa. Algo incómodo, demasiado cercano a una emoción real para mi gusto, me recorre el pecho.
—Pues estás haciendo un trabajo espectacular —digo, reponiéndome con rapidez—. Nunca me he sentido más vivo que en este momento.
—¿Ves? A eso me refiero. A ese coqueteo descarado al que me has sometido durante toda la tarde.
—Se pasa la mano por el pelo y deja escapar un suspiro de frustración antes de continuar—.
¿Qué quieres que te diga? Sí, mi cuerpo reaccionó porque soy un hombre al que le gustan los hombres, y no soy de piedra.
Es normal que si alguien atractivo se restriega contra mi cuerpo por un determinado periodo de tiempo haya una reacción, pero eso no te da derecho a jugar conmigo.
No todos podemos darnos el lujo de hacer de nuestras vidas un juego eterno sin consecuencias.
Siento los latidos de mi corazón repicar en mis sienes y una oleada de calor me recorre el cuerpo ante la aspereza de su voz.
Esto no está yendo como se suponía. Su frustración debía de hacer que me sintiera victorioso y, sin embargo, lo único que ha hecho es remover una emoción real e inesperada en mi pecho.
—¿Qué te hace pensar que el coqueteo es un juego para mí? —contraataco—. ¿Cómo sabes que no me lo tomo en serio?
Joder.
En cuanto suelto esas palabras, me doy cuenta de la verdad que se esconde tras ellas.
Lo deseo. Deseo a este irlandés hosco. Y no quiero que él sienta lo mismo por una cuestión de ego. Que me desee con la misma intensidad que yo lo deseo a él es una necesidad.
El oficial O’Connell hace una breve pausa. Por su rostro se pasean una miríada de emociones, hasta que gana el reproche.
—No creo que ni a ti, con lo privilegiado que eres, se te pudiera pasar por la cabeza que entre nosotros pudiese haber algo.
Sus palabras me sacuden.
—Intento ser profesional —continúa— y hacer mi trabajo. Te agradecería que pusieras de tu parte.
Es la forma en que lo suelta, con resignación bajo toda esa frustración. Como si gracias a mí acabase de confirmar cada una de sus cínicas sospechas sobre la gente con mis orígenes y mi posición.
Soy ese aristócrata que se cree con derechos, tal como él esperaba.
La vergüenza crece dentro de mí.
Me toma cada ápice de adiestramiento noble para no amedrentarme ante la intensidad de su mirada.
Tiene razón, por supuesto. He estado tratando este asunto como un juego.
Una forma de paliar el aburrimiento, de satisfacer mi curiosidad por saber si era capaz de atravesar su fachada profesional.
Si bien deseo conocerlo más, no me he detenido a considerar a la persona debajo del uniforme cuya carrera y reputación están en juego.
Doy un paso hacia atrás.
Me siento… reprendido.
No es algo a lo que esté acostumbrado.
Trago saliva, con la mirada aún clavada en sus ojos grises.
—Me disculpo si te he incomodado al intentar mantener una conversación —digo—. Creo que tienes razón, deberíamos volver al sendero principal que es más seguro.
Giro sobre mis talones y me alejo. Espalda recta, mentón elevado, emociones bien enterradas, tanto que bien podrían hallarse en otro huso horario.
La exhibición Campo de Luces se extiende a nuestro alrededor como una galaxia de estrellas artificiales, pero me centro en el camino que tengo delante, y me niego a mirar hacia atrás para comprobar si me sigue.
Por supuesto que me sigue.
Es su trabajo.
Agradezco la luz tenue, porque siento las mejillas ruborizadas.
En cuanto volvemos a la recepción, activo el modo «Príncipe Nicholas» con una facilidad pasmosa: sonrisa, apretón de manos, comentario sobre la belleza de Australia, repetir.
Nadie nota nada extraño. ¿Por qué habrían de notarlo? He pasado toda mi vida perfeccionando mis dotes interpretativas.
No vuelvo a mirar a O’Connell.
Pero en el coche, una vez ha acabado la velada, mientras nos alejamos de Uluṟu, cuyo rostro ancestral se va desvaneciendo bajo la noche estrellada, no puedo quitarme la sensación de que O’Connell traspasó mi fachada aristocrática, que vio algo descarnado e incómodo que yace debajo.
A pesar de tener privilegios y poder, fue él quien salió de ese encuentro con la dignidad intacta. Mientras que yo, el segundo en la línea de sucesión a un trono milenario, intento comprender por qué me duele tanto el rechazo de un plebeyo al que conozco desde hace unas pocas semanas.
Por qué tengo la sensación de haber perdido algo valioso que no sabía que quería hasta que se esfumó.