Capítulo 15 #2
Cuando por fin el ministro decide conversar con otro dignatario, cojo una copa de champán de un camarero que pasa por mi lado. En cuanto me la llevo a los labios, pillo a O’Connell observándome.
Le sostengo la mirada adrede, y luego le doy un sorbo antes de pasarme la lengua por el labio inferior con parsimonia, como queriendo atrapar una gota solitaria.
Sus ojos se agrandan un poco, pero enseguida endurece la expresión y se gira de forma abrupta para tocar su auricular y hacer como que ha recibido un mensaje urgente.
No puedo evitar sonreír para mis adentros.
El chef que preparó la comida nos presenta la gastronomía aborigen de Australia con fervor pero con diplomacia.
Nos sirven un lomo de wallaby en su punto acompañado de piñones tostados de bunya , la araucaria australiana, que producen un sonido crocante al masticarlos.
Mi atención se divide entre saborear la cena y vigilar de soslayo los movimientos de O’Connell.
El ministro se inclina hacia mí y dice:
—Espero que tenga la oportunidad de pasear por la exhibición de luces, Alteza. Vista de cerca es espectacular.
—Eso mismo estaba pensando —respondo al tiempo que apoyo el tenedor de postre—. De hecho, creo que aprovecharé a hacer la visita ahora antes de que se haga tarde.
Me levanto de la mesa tras disculparme con los invitados. Luego, me encamino hacia la salida del pabellón con la certeza de que O’Connell me seguirá.
Me detengo un momento en el umbral fingiendo interés en las vistas iluminadas mientras me preparo para lo inevitable.
No tengo que esperar mucho.
—Lo acompaño, Alteza Real. —Escucho su voz justo detrás de mí, con esa inflexión irlandesa más pronunciada que de costumbre.
El corazón me late fuerte.
Me giro para ofrecerle una sonrisa calculada, a medio camino entre la inocencia y la insinuación.
—Fabuloso. Estaba deseando que alguien me… protegiera.
Entrecierra los ojos ligeramente.
—Solo hago mi trabajo, señor.
—Y además con una determinación increíble. —Dejo que mis ojos bajen por su cuerpo con toda obviedad y vuelvo a subirlos—. La atención al detalle es… encomiable.
Un músculo de su mandíbula se mueve con violencia.
—El camino es por aquí —indica.
Lo sigo hacia la entrada de la exhibición.
En cuanto llegamos al sendero, el mundo se transforma.
Las luces crean la ilusión de estar dentro de un cuadro impresionista, con sus trazos difuminados y tonalidades vibrantes.
El ruido de la gala se acalla para ser reemplazado por el suave soplido del viento del desierto.
—Es precioso, ¿verdad? —comento—. Parece que caminemos en un cuadro viviente.
Contesta con un sonido impreciso.
—Apreciar los alrededores es parte de tu trabajo. —Gesticulo señalando la extensión de terreno—. Dime qué ves.
O’Connell duda un momento, pero, para mí sorpresa, responde.
—Veo una visibilidad reducida, una multitud de vectores de acercamiento, vías de escape deficientes y al menos diecisiete sitios donde cualquiera podría esconderse y tener una línea de visión despejada.
Río, francamente divertido.
—Menuda visión paranoico-encantadora. Y yo que pensaba que solo eran luces bonitas.
La comisura de su boca registra un movimiento. No llega a ser una sonrisa, pero se aproxima lo suficiente como para cantar una pequeña victoria.
—Para eso están los oficiales de seguridad, señor.
—Así es. —Me acerco a él—. Y vaya trabajazo tan exhaustivo que realizan.
Las luces cambian de azul a violeta, y las sombras que se reflejan en su rostro hacen que sus ojos parezcan más oscuros. Se pone rígido en cuanto nota que me acerco.
—¿He mencionado lo mucho que aprecio tu entrega, O’Connell? —Bajo la voz a un tono más íntimo—. La manera en que expones tu… físico para cumplir con tus tareas.
Su respiración cambia. La transformación es tan sutil que, de no estar siguiendo de cerca sus reacciones, no me hubiera percatado.
—Solo hago mi trabajo, señor.
—Tu trabajo conlleva un esfuerzo físico descomunal. —Me llevo la mano a la pajarita medio suelta para reajustarla y mis dedos se detienen en mi garganta—. Todos esos placajes y movimientos inmovilizadores… Deben de requerir una resistencia… considerable.
Baja la vista un instante a la zona de mi garganta que ha quedado expuesta antes de subirla con rapidez hasta mis ojos.
Su entrecejo se arruga un poco más.
—Nos entrenan para ello, señor.
Dios bendito, nunca en la vida la palabra «señor» ha sonado más desdeñosa que en este momento, pronunciada con acento irlandés.
El sendero se va estrechando a medida que avanzamos, lo que nos obliga a caminar más cerca el uno del otro. A cada paso, mi hombro roza su brazo. El contacto es ligero pero deliberado, y cada vez que sucede, noto que su tensión aumenta.
—Dime, ¿es difícil mantener ese control tan férreo en todo momento? ¿No te gustaría de vez en cuando… dejarte llevar?
No responde de inmediato. Cuando lo hace, su voz denota cierta tirantez, lo que me produce un cosquilleo electrizante.
—En mi profesión el control es necesario.
—Puede que sea necesario —concedo—, pero debe de ser agotador. Siempre vigilante, siempre conteniéndote, sin permitirte liberar… tensiones.
Hemos llegado a una zona donde las luces forman círculos concéntricos para crear la ilusión de estar caminando en un remolino de colores. Es un efecto que desorienta, casi hipnótico.
Aprovecho para acercarme aún más.
—¿Sabes qué sucede con el control? —Esta vez es apenas un susurro—. Que cuando por fin lo cedes no hay nada más gratificante.
Me mira fijamente a los ojos y de ellos emana un fuego que me deja sin aliento. Detrás de esos iris grisáceos acaba de desatarse una guerra.
—Señor —dice, dos sílabas cargadas de advertencia.
—¿Sí, oficial O’Connell? —pregunto, inocente, ladeando la cabeza—. ¿Te gustaría aportar algo?
Respira profundo.
—Deberíamos continuar. Si se detiene, se convierte en un objetivo fácil.
—Por supuesto. —Le hago un gesto para que guíe—. Aunque, todo sea dicho, ser tu objetivo tiene su encanto.
Da un traspié, lo que tomo como otra pequeña victoria.
Pero enseguida un chispazo de irritación le atraviesa el rostro.
—Esto es indecente —dice.
—No lo dudes —coincido, animado—. Como la mayoría de los placeres de esta vida.
El sendero se bifurca y, por supuesto, tomo el camino más angosto que se desvía de la ruta principal.
—Esa zona no forma parte del perímetro de seguridad —advierte O’Connell con tono severo.
Me doy la vuelta para mirarlo.
—Entonces, más te vale no perderme de vista.
Sin esperar a que me responda, doy unos cuantos pasos por el camino estrecho. En esta zona las luces están más pegadas las unas a las otras. El ruido de la gala se ha esfumado por completo dando paso al rumor de nuestras pisadas sobre el suelo arenoso.
O’Connell me persigue de inmediato, dando zancadas para llegar hasta mí. En cuanto me alcanza, me agarra del brazo para detenerme.
—No puede desviarse del perímetro de seguridad solo porque le da la gana. —Hay rabia contenida en su voz.
Una sensación placentera y sosegada se asienta en mi estómago. La calidez de sus dedos traspasa la tela de mi chaqueta, y la presión que ejercen está a nada de ser incómoda. En vez de apartarme, me muevo para quedar de frente.
—Y mira por dónde, aquí estamos. Solos y por un camino alternativo.
Cierra los dedos un poco más sobre mi brazo antes de soltarme y dar un paso hacia atrás.
—Tenemos que volver al sendero principal.
—¿Por qué? ¿Te preocupa lo que podría suceder si no regresamos? —Me aproximo para volver a cerrar la distancia que acaba de crear.