Un Sustituto Improbable (Dilemas Improbables 3) Capítulo 15
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Capítulo 15

Capítulo Quince

Nicholas

El amanecer en Uluṟu me deja la sensación de ver al mundo despertar por primera vez.

El silencio nos envuelve. Incluso desde esta plataforma a un kilómetro de distancia se vislumbra el monolito de arenisca que absorbe los primeros rayos de luz, con esos tonos carmesí y ocre que brillan cada vez con más intensidad a medida que pasan los minutos.

He visto incontables amaneceres alrededor del mundo. En un yate en Mónaco con una copa de champán, a través de ojos vidriosos en las discotecas de las playas de Ibiza, desde el balcón de un palacio. Pero esto es diferente.

Ancestral.

No puedo evitar mirar de reojo a O’Connell para ver su reacción.

Pero su rostro parece haberse tallado en la misma piedra antigua que estamos observando: mandíbula apretada, ojos que escanean el horizonte en vez de disfrutar de la experiencia. El sol naciente se refleja en su cabello caoba dándole un tono cobrizo, y siento la inexplicable necesidad de tocarlo.

Cuando nuestras miradas se cruzan, desvía la suya tan rápido que resulta cómico.

Así estamos desde ayer.

No me ha vuelto a mirar a los ojos desde el incidente del baño portátil. Al menos no como yo quisiera. Cada vez que nuestros ojos entran en contacto, los suyos me rehúyen como agua al papel vegetal.

Solo ha pasado medio día desde que sentí la inconfundible prueba de su atracción ejerciendo presión contra mi cuerpo en aquel espacio reducido.

Medio día fingiendo que aquí no ha pasado nada mientras, por desgracia, yo me obsesiono más y más con el recuerdo.

Medio día en el que mi mente repite lo sucedido como si fuese una especie de peli porno de la realeza titulada Espacios apretados: el príncipe y el guardián .

¿Por qué siento tanta euforia ante la idea de que me desee?

Hay muchos hombres y mujeres que me encuentran atractivo.

Por lo general el entusiasmo es pasajero, una reacción previsible ante un título nobiliario y los encantos que haya decidido desplegar ese día.

Que a la gente le atraiga lo que represento, la fantasía del «príncipe», es tan habitual como el champán en las recepciones de palacio.

Entonces, ¿por qué el hecho de que este hombre en concreto se sienta atraído por mí me importa tanto?

Nuestro pequeño grupo se halla en un semicírculo de cara a la piedra, siempre respetando el límite establecido por el tío Darren Minyintiri, un anciano perteneciente a los aṉangus que oficia la ceremonia del amanecer.

Su rostro lleva la impronta de miles de historias.

Al hablar sobre la conexión con la tierra, su voz resuena con una profundidad que hasta mi cinismo aristocrático no puede evitar conmoverse.

—Estas tierras recuerdan a todos los que han caminado sobre ella —dice señalando a Uluṟu.

Recuerdo este dato del vídeo que vi en el avión: en Australia ya había seres humanos desde hace al menos sesenta mil años. Eso deja a la monarquía al nivel de las típicas visitas de fin de semana que han decidido importunar al anfitrión prolongando su estancia.

Tras mi conversación con Callum y Oliver, he seguido investigando acerca de la historia del colonialismo. Aquello fue como leer la antología de crímenes reales más espantosa del planeta donde tu familia es el villano en cada uno de los capítulos.

Teniendo en cuenta lo que mis antepasados le hicieron a la gente de los pueblos originarios de Australia, que me hayan invitado se me hace un acto de increíble generosidad.

Intento concentrarme en la ceremonia tradicional del humo en la que el tío Darren quema hojas de té de árboles del desierto y tronco de mulga para limpiar el alma.

A continuación, cuenta una historia tjukurpa sobre la aurora en pitjantjatjara y en inglés.

Pero no puedo evitar llevar la vista a Eoin, que escucha con atención, su cuerpo rígido y su perfil más marcado de lo habitual contra la alborada.

Me gustaría saltar esa barrera de profesionalidad que interpone entre nosotros. Quisiera agrietar su fachada hasta llegar al hombre que reaccionó de forma visceral ante mi cercanía.

Lo que he podido vislumbrar de su verdadero yo, la forma en que ha respondido con consideración cuando le he pedido su opinión, hace que quiera más.

Soy como un niño que acaba de probar el chocolate por primera vez y que de repente cae en la cuenta de que existe un mundo de cosas dulces del que le habían privado.

En cuanto acaba la parte formal de la ceremonia y el grupo comienza a moverse, miro a O’Connell. El frío gris de sus ojos no transmite nada, pero lo veo contraer el músculo de la mandíbula, la señal que estaba buscando.

No le soy tan indiferente como quiere hacer creer.

—Alteza Real, espero que la ceremonia le haya parecido significativa —dice Nala, una de las representantes de la Agrupación por las Tierras, tras acercarse con una sonrisa en el rostro.

—Me ha parecido extraordinaria —contesto—. Aquí la conexión entre la gente y la tierra es tan… tangible, nunca había experimentado algo igual.

Nala da más detalles sobre la posesión de la tierra a nivel histórico. La escucho con interés mientras soy plenamente consciente de que O’Connell ha cambiado de posición para tener mejor vista panorámica.

El sol se va elevando en el horizonte y, junto con él, la temperatura. Para cuando nos dirigimos a los vehículos, mis sienes se han perlado de sudor.

Desacelero el paso adrede hasta quedar rezagado del grupo principal, por lo que a O’Connell no le queda otra alternativa que acercarse.

—Una ceremonia fascinante, ¿verdad? —pregunto.

—Sí, señor. —Mantiene la vista fija hacia delante.

—Sesenta mil años de cultura ininterrumpida. A su lado, nuestra monarquía de apenas mil años está en pañales.

—Supongo, señor.

¡Joder! Parece que ha regresado el equivalente humano a la señal «No traspasar».

—Venga, O’Connell. Hasta tú debes de tener alguna opinión sobre ciertas perspectivas históricas. ¿O las opiniones no vienen dentro del paquete estándar de oficiales de seguridad?

Tensa la mandíbula.

—Mi trabajo es velar por su seguridad, no hacer comentarios sobre la longevidad de las instituciones culturales.

Mi irritación llega a su máximo nivel.

—Y desempeñas tu trabajo con una dedicación… admirable. —Rozo adrede su brazo con mi hombro mientras caminamos —. Dime, ¿en el manual de los oficiales de seguridad hay algún capítulo sobre cómo mantener la profesionalidad cuando el cuerpo pide otra cosa? Puede que necesites darle un repaso.

Se detiene en seco y se gira para quedar cara a cara. Sus ojos grises entran en contacto con los míos por primera vez en todo el día.

—No sé a qué viene esta fijación con una reacción física momentánea. —Su tono es parco—. Le recomiendo no darle tantas vueltas.

Su displicencia es un balde de agua fría.

Mantengo la sonrisa.

Por supuesto. ¿Qué esperaba? ¿Que el impasible oficial O’Connell reconociera que fue algo más que una respuesta biológica? ¿Que confesara que, en la cama por las noches, piensa en mí de la misma manera que yo pienso en él?

—Una reacción física momentánea —repito con una voz que derrocha condescendencia—.

Me deja más tranquilo que haya sido un fallo del sistema biológico, y no que tu cuerpo te haya traicionado por algún motivo más significativo.

Voy a dejar constancia en el informe de rendimiento: «El oficial O’Connell se desempeña a las mil maravillas a la hora de placar aristócratas, pero lo de controlar reacciones fisiológicas básicas lo lleva bastante peor».

Me fulmina con la mirada una última vez, y trago con dificultad ante la repentina opresión que siento en la garganta. Luego, acelera el ritmo para caminar por delante de mí.

Joder. No ha ido como yo esperaba.

Así que para el oficial O’Connell solo fue una reacción física.

Acepto el desafío. No pararé hasta que este irlandés exasperante deje de negar lo que su cuerpo clama a gritos.

Ya veremos cuánto resiste su querido autocontrol bajo mis constantes atenciones.

Esto requiere del coqueteo de toda la vida.

Por suerte, coquetear se me da de maravilla.

Por la tarde, durante el descanso del oficial O’Connell, asisto a un bush tucker , un taller culinario de comida aborigen que imparten mujeres mutijula .

Hago alarde de mis talentos para moler wattleseed , las semillas que produce la acacia australiana, y para cocinar cola de canguro a las brasas.

O’Connell vuelve a su puesto de trabajo por la noche, para la gala de la exhibición Campo de Luces.

El aire del desierto se vuelve frío en cuanto baja el sol, pero la temperatura en el pabellón de la gala es agradable, y en el ambiente flotan el runrún de las conversaciones y el ocasional sonido del choque de las copas.

La estructura con los laterales abiertos me permite disfrutar del espectáculo de luces que se extiende como un océano resplandeciente.

Es una exhibición maravillosa, con miles de luces brillantes en forma de esfera que van cambiando de violeta profundo a carmesí, y luego a azul cerúleo con el cielo estrellado de telón de fondo.

Me he vestido con precisión estratégica para el evento de esta noche, con una chaqueta color azul de medianoche perfectamente entallada, y la seda de la pajarita del tono de mis ojos. Mi peinado descuidado sugiere que podría dejarme persuadir para abandonar los protocolos.

El ministro de Turismo de Australia suelta una perorata sobre los cambios demográficos del turismo pospandémico en el Territorio Norte.

Mientras, me dedico a asentir cuando toca y a desviar la mirada hacia O’Connell, quien destaca del resto de guardaespaldas por tener aspecto de estar completamente en alerta y completamente aburrido al mismo tiempo.

—¿No le parece, Alteza? —La pregunta del ministro me devuelve a la conversación presente.

—Por supuesto —respondo sin que se note mi falta de atención—. No puedo estar más de acuerdo.