Un Sustituto Improbable (Dilemas Improbables 3) Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

—Según me han dicho, la tradición manda que los invitados participen en los villancicos —continúa—, y, aunque de costumbre me acogería a la inmunidad diplomática para evitar cantar en público, no tengo corazón para decepcionar a toda esta maravillosa gente que ha venido aquí esta noche.

Solo espero que vuestro espíritu navideño sepa perdonar mis problemas de entonación.

Como es habitual, ya se ha ganado a la gente. Lo noto en los rostros de quienes me rodean.

La orquesta toca los acordes de Los tres reyes de Oriente y Nicholas comienza a entonar la canción.

Me cago en la leche. ¡Pero si sabe cantar!

No solo acompañar, sino cantar de verdad. Tiene una voz de tenor clara y potente. La multitud se queda en silencio, observándolo con auténtica sorpresa, incluidos varios de los miembros del equipo de seguridad.

«Oh, estrella de sublime ardor,

de noble y divino resplandor.

Hacia Oriente tus destellos

nos guiarán con tu fulgor».

Me fuerzo a apartar la mirada del hombre en el escenario para escanear el perímetro, es decir, para hacer el trabajo por el que me pagan.

Pero el escenario me llama. Es como si estuviese siguiendo mi propia maldita estrella de Belén, excepto que, en vez de guiarme hacia la salvación, me guía hacia el suicidio profesional.

Tampoco formarán parte de ninguna escritura sagrada los pensamientos impuros que me rondan.

El villancico acaba y el público estalla en aplausos entusiastas. Nicholas les dedica una pequeña reverencia.

En cuanto se mueve hacia la escalera del escenario, me posiciono a los pies de esta, con los cinco sentidos en alerta. Al descender, sus ojos se encuentran con los míos y un ligero rubor tinta sus mejillas.

—No tenía ni idea de que sabía cantar —comento en voz baja, sintiendo un aleteo extraño en el pecho.

—Me enseñó mi padre.

—¿De verdad?

—Sí. Le encantaba la música. Decía que cantar era lo más cercano a la magia para los humanos.

Su confesión me pilla por sorpresa.

—El mío decía que cantar es lo que uno hace después de doce pintas y de haber ganado una apuesta en el hipódromo. Diferentes tipos de magia, supongo.

Sus labios se curvan.

—Imagino que el resultado era igual de encantador.

—Depende de cómo se entienda esa palabra. En el caso de mi padre, no quedó ni un gato en todo el vecindario.

—Y yo que creía que Irlanda era conocida por su tradición musical.

—Irlanda, sí. Pero mi padre tenía prohibido participar de esas tradiciones.

Ahora Nicholas exhibe una sonrisa de las de verdad.

—Ya sé con qué amenazarte cuanto te portes mal: con hacer dúos a la fuerza.

Su sonrisa me deja con una ligera sensación de mareo.

Antes de que se me ocurra una respuesta, la radio en mi cadera produce un chirrido que da paso a la voz apremiante de Singh.

—Movimiento sospechoso al noreste; chaqueta negra, gorra de béisbol, se aproxima a la zona del escenario con un paquete.

Mi cuerpo reacciona antes de que mi mente haya procesado la advertencia. Agarro a Nicholas del brazo y lo llevo hacia la guarida más cercana, una fila de baños portátiles a un lado del escenario.

—¿Qué…? —comienza, pero lo interrumpo.

—Posible amenaza. Hay que ponerse a resguardo.

No opone resistencia mientras lo guío hacia la unidad más cercana, abro la puerta de un tirón y lo empujo para meterme detrás de él.

Una vez dentro, el pestillo de plástico de la puerta se cierra con un ruido extraño.

El espacio que nos rodea es minúsculo. Apenas si cabe una persona, mucho menos un príncipe y su guardaespaldas. El pecho de Nicholas se halla a milímetros del mío en la tenue luz azulina.

—El nivel de los alojamientos en esta gira va de mal en peor —susurra. Siento su cálido aliento contra mi oreja.

Ignoro su comentario y presiono el micrófono de mi muñeca para reportarme:

—El Cardo está a salvo en posición Juliet. Informe de la situación.

—Objetivo interceptado —responde Cavendish—. El paquete contenía una sustancia desconocida. La brigada de explosivos está en camino. Mantenga la posición hasta nuevo aviso.

—Recibido —contesto con el corazón aún a mil.

Nicholas se mueve ligeramente, lo que provoca que nuestros cuerpos se peguen aún más. Las paredes de plástico crujen de forma alarmante.

—Cuando dije que quería conocer la Australia profunda no me refería exactamente a esto.

Ay, Jesús y la Virgen.

Por algún motivo, lejos de estar asustado, se lo ve prácticamente… eufórico ante la situación. Sus ojos tienen ese brillo indómito que he visto con anterioridad en los adictos a la adrenalina y a las emociones fuertes. Esto me recuerda su comportamiento con la raya.

Este espacio tan reducido no me permite ignorar la perfección de su rostro. Esa boca, tan propensa al sarcasmo, a esta distancia se me hace más suave. Nunca me había fijado en esa pequita bajo el ojo derecho, casi invisible a no ser que se mire así de cerca.

Me toca permanecer aquí, sujetándolo entre mis brazos, mi cuerpo presionando contra el suyo, en un espacio minúsculo donde noto su respiración irregular.

De pronto, el sueño regresa a mi mente y evoco cada detalle: sus labios sobre mi cuello, el roce de sus dientes, el desafío en su voz al susurrar mi nombre. Su cuerpo arqueándose bajo el mío. Su sabor en mi boca, caro y adictivo.

Joder, joder, joder.

Mi polla traidora comienza a afirmarse. Su muslo roza contra el mío en cuanto se mueve y, ¡Jesús!, esto no puede estar pasando.

Nicholas no parece darse cuenta. Gracias al Señor por este pequeño favor. El muy tonto está intentando espiar por unas rendijas de la puerta. Y no tiene mejor idea que retorcerse como un contorsionista y apoyar una mano en la pared detrás de mi cabeza para acercarse un poco más a las rendijas.

—¿Crees que habrán atrapado al sospechoso? —murmura.

—No lo sé —alcanzo a decir con un gruñido.

Se mueve una vez más para conseguir un mejor ángulo de visión. Sus caderas se restriegan contra mi cuerpo. La fricción me está matando. Aunque las paredes de plástico continúan quejándose de nuestros movimientos, el ruido no es suficiente para disimular que me he quedado sin aliento.

Soy testigo del momento exacto en que nota mi polla dura.

Se queda paralizado y, luego, se gira de pronto y me mira a la cara con los ojos desorbitados y la boca entreabierta.

Por unos segundos nos quedamos observándonos el uno al otro.

Al poco, eleva el mentón lentamente. El príncipe playboy se esfuma para dar paso a alguien muy diferente, alguien con ojos de depredador, y a mí se me seca la boca.

Joder, hay pasión en su mirada.

No es repugnancia.

Ni diversión.

Es pasión.

Tan fuerte me martillea el corazón que cualquier transeúnte lo podría escuchar.

Seguimos con la mirada clavada el uno en el otro. Ya no hay frialdad ni burla en sus ojos azules. Ahora, esa inteligencia calculadora parece analizarme desde otra perspectiva.

—Eoin. —Susurra mi nombre como si fuese un secreto que oculta dentro de sí.

Hago acopio de todo el profesionalismo desapasionado del que soy capaz.

—Alteza Real…

No son las palabras adecuadas.

Porque noto el instante en que su expresión se transforma para volver a colocar en su lugar la máscara de sarcasmo.

—Pido disculpas… —continúo.

—Tampoco nos pongamos tan rígidos —interrumpe, y enseguida sonríe—. Quizás no he elegido las palabras adecuadas.

—¿Podemos centrarnos en la amenaza? —Mi voz es áspera.

—En estos momentos me está costando un mundo centrarme en otra cosa —responde al tiempo que baja la mirada—.

Me halaga tu… entusiasmo por el deber. Nunca hubiera pensado que este sitio podría instigar pensamientos de índole amoroso, pero ¿quién soy yo para cuestionar las rarezas del equipo de seguridad?

Puede que en el círculo de los guardaespaldas los baños portátiles sean afrodisíacos.

Me cago en la leche. Nada de lo que me ha tocado padecer en misiones anteriores puede compararse con esta agonía.

Cada pequeño movimiento crea otro punto de contacto entre ambos.

—No sabía que los agentes de seguridad eran tan dedicados. Pero ya veo que no esquivan el… bulto.

Mi auricular hace un ruidito, por lo que me salvo de tener que contestar.

—Vía libre —anuncia Cavendish—. Falsa alarma. El paquete contenía material de promoción. El sujeto es parte del personal, pero tenía la acreditación equivocada. Podemos continuar con el programa previsto.

Siento alivio y humillación a partes iguales.

—Ya tenemos el visto bueno para salir, señor —informo con rigidez.

Nicholas me mira durante varios segundos y una emoción que no logro descifrar atraviesa su rostro.

—Qué lástima —dice, bajito—. Justo cuando esto se ponía interesante.

Paso una mano por detrás de él para abrir el pestillo al tiempo que intento como un desesperado dejar espacio entre ambos. Fallo de manera estrepitosa cuando mi brazo roza contra su pecho y provoca una descarga en mi saturado sistema nervioso.

Al abrir la puerta, Nicholas se inclina y, con sus labios casi rozando mi oído, dice:

—No te preocupes, O’Connell. Tu secreto está a salvo conmigo.

Luego da un paso hacia el exterior y de inmediato su porte aristocrático vuelve a hacerse presente, como si nada excepcional hubiera sucedido. Como si no acabásemos de estar cuerpo con cuerpo durante cinco minutos dentro de una caja de plástico. Como si no hubiera sentido lo que provoca en mí.

Espléndido. El segundo en la línea de sucesión al trono ha prometido no delatar mis inoportunas erecciones.

Un gran aporte a mi evaluación de rendimiento: «El oficial O’Connell actúa con una rapidez encomiable ante las amenazas; si bien sufre ligeras dificultades para actuar de forma profesional en baños portátiles».

Lo sigo, no sin antes volver a colocarme la máscara profesional a pesar de mi caos interno.

Un pensamiento se hace fuerte en mi mente y destierra a todos los demás.

Estoy jodido, no, lo siguiente.