Un Sustituto Improbable (Dilemas Improbables 3) Capítulo 14
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Capítulo 14

Capítulo Catorce

Eoin

Calor. Ojos aristocráticos desafiantes. El aroma de perfume caro mezclado con sudor.

Nicholas me empuja contra la pared con una fuerza sorprendente. Sus labios se curvan formando esa mueca burlona que tanto me exaspera, pero, por una vez, no siento la necesidad de fruncir el ceño.

Siento la necesidad de degustarla.

—Oficial O’Connell —ronronea, y su voz destila sarcasmo—, ¿todavía se empeña en mantener la distancia profesional?

Lo agarro de la cintura. Hay una voz en mi cabeza lanzándome advertencias, pero me limito a escuchar los fuertes latidos de mi pulso.

—No veo que haya mucha distancia que digamos en este momento —gruño.

—¿Eso ha sido un chiste? —Arquea una ceja—. ¿El parco oficial de seguridad sabe hacer chistes? Alertad a la prensa. Esto es digno de un comunicado real.

—Cállate, Nicholas —le digo al tiempo que lo acerco más a mí.

—Oblígame. —Sus ojos centellean, desafiantes—. Es una orden real.

Nunca he sido de los que trabaja siguiendo órdenes. Sin embargo, esta la obedezco. Cubro esa boca de listillo con la mía.

No es un beso tierno. Hay frustración acumulada y deseo reprimido. Seguro que la formación noble no lo ha preparado para esta ansia en estado puro, sin filtros.

—Lo sabía —murmura contra mis labios—. Bajo toda esa capa de miraditas criticonas en realidad era esto lo que estabas deseando.

Debería negarlo. Mantener al menos la apariencia de ser un profesional. Pero sus dedos ya han encontrado mis botones y no sé de qué serviría mentir.

—Me has estado volviendo loco —confieso al tiempo que lo voy llevando hacia la cama—. Adrede.

Ríe, ríe de verdad.

—Por supuesto que ha sido adrede. ¿Creías que todas esas provocaciones eran producto del hastío de un príncipe? Hace semanas que intento doblegarte.

Cuando sus piernas topan con la cama, no se deja caer como esperaba, sino que, de alguna manera, revierte nuestras posiciones y acabo sentado en el borde de esta, levantando la vista hacia él.

Lleva su elegante camisa a medio desabrochar, lo que me permite apreciar la masa muscular que hay debajo. Acaricio ambos costados y noto que se estremece a pesar de su postura indolente.

—Está perdiendo todo su autocontrol, Alteza —susurro contra su garganta.

—Igual que usted, oficial O’Connell. —Sus dedos se enredan en mi pelo aferrándolo con más fuerza de la necesaria—. Tengo una pregunta. ¿Sueñas con placarme haciendo a un lado todos los protocolos de seguridad?

No existe una respuesta adecuada para esa pregunta, por lo que decido demostrárselo. En un solo movimiento maniobro para aprisionarlo contra la cama, debajo de mí. Sus ojos se agrandan; luego, se oscurecen.

—Me lo tomaré como un sí —dice, con la respiración entrecortada, pero con una sonrisa.

Mi boca vuelve a cubrir la suya interrumpiendo cualquier réplica ingeniosa que estuviese a punto de soltar, y Nicholas me rodea la cintura con las piernas para atraerme más a él.

—¿Los irlandeses son todos tan mandones —gime en cuanto cogemos aire— o solo tú?

—¿Los miembros de la realeza son todos tan bocazas —contraataco— o solo tú?

Sonríe.

—Te vas a quedar con la intriga.

El mundo se reduce a esto: su respiración agitada, el latido de su pulso bajo mis labios, el toma y daca verbal que, de alguna manera, hemos convertido en «preliminares». Cuando echa la cabeza hacia atrás deja expuesta la elegante línea de su cuello, y…

Me despierto sobresaltado y enredado en unas sábanas bañadas en sudor; me cuesta respirar.

—Joder —murmuro en la oscuridad de mi habitación de hotel—. Joder, joder, joder.

El reloj digital en la mesita de noche marca las tres y doce minutos de la madrugada en tono rojo acusador.

Deslizo la mano por mi cara en un intento por calmarme, por olvidar el sueño que aún siento muy dentro de mí.

Esto es todo lo que no necesito. Que me traicione el subconsciente recreando imágenes de Nicholas, del príncipe Nicholas, y en una situación en la que, si alguien se enterara, no solo me despedirían, sino que hasta me terminarían deportando.

Solo Dios sabe por qué mi subconsciente ha decidido recrear una novela romántica de amores prohibidos.

Me deshago de las sábanas y me dirijo hacia el baño a paso lento para echarme un poco de agua fría en la cara. El hombre que me mira desde el espejo parece alterado, y tiene ojeras alrededor de los ojos.

Es normal que sueñe con él. Es decir, paso cada minuto de mi vida centrado en él, intentando mantenerlo a salvo y descubrir las amenazas ocultas que se ciernen sobre él.

Es normal que mi subconsciente piense en el príncipe.

De eso se trata. La proximidad. La intensidad del trabajo. Nada más.

Me apoyo contra la pila mientras las gotas se deslizan por mi mentón.

¿A quién intento convencer?

No puedo dejar de reproducir en mi mente el incidente de la araña. El pánico en sus ojos al verme entrar. Lo absurdo de encontrármelo en el borde de la bañera aferrado a una toalla. La forma en que una gota solitaria descendió por su pecho sirviéndose de los huecos entre músculo y músculo.

El momento en que fui consciente de que el peligro era real. Una araña embudo a más de mil quinientos kilómetros de su hábitat natural. De pronto, uno de los arácnidos más letales del mundo aparece en el baño de un príncipe.

Alguien tuvo que colocarla allí. Alguien que tenía acceso. Alguien cercano.

Me seco la cara con una toalla y regreso a la habitación. Pero ya no puedo conciliar el sueño, así que me dedico a pasear arriba y abajo.

Lo que esto implica es evidente. El causante no puede ser un manifestante casual o alguien que opera en solitario y que se infiltró en el hotel. Los protocolos de seguridad son muy estrictos. Y el acceso a las habitaciones está restringido.

Tuvo que haber sido alguien de dentro: un trabajador del hotel a quien se le aprobó la entrada o, incluso peor, un miembro de nuestro equipo. Una de las personas con quien trabajo codo con codo, que conoce nuestros movimientos, que puede penetrar nuestras defensas porque ha ayudado a crearlas.

Se me hiela la sangre ante la posibilidad.

Si el traidor forma parte del equipo de seguridad, Nicholas corre peligro en todo momento.

La persona que debería recibir un balazo por él es la misma que planea asesinarlo.

Necesito identificar al enemigo antes de que dé el próximo golpe.

Me paso la mano por el pelo y me obligo a pensar con frialdad.

Singh, con su facilidad para los idiomas y para adaptarse.

Davis, con su actitud servicial y la forma en que mira al príncipe, encandilado.

Malcolm y su meticuloso análisis estadístico.

Blake y su inteligencia callejera. MacLeod y su manera de afrontar todo con practicidad.

Incluso Cavendish, con sus años de experiencia y su incuestionable autoridad.

Cualquiera de ellos podría estar trabajando a largo plazo. Como lo estuvo Paul Hargrove antes del secuestro de Matheson y Webley.

Joder. He lidiado con casos peores. Me he infiltrado en redes de tráfico de drogas y desmantelado otras tantas de contrabando. He pasado meses de incógnito con gente que, de haber averiguado mi identidad, me hubiera matado al instante.

Este es un trabajo más. Uno donde nos jugamos mucho, desde luego, pero donde se aplican los mismos principios.

Observar; analizar; descubrir la verdad.

Que mi cuerpo reaccione ante un Nicholas semidesnudo no tiene relevancia.

Que sus pullas sarcásticas a veces me inciten a sonreír a pesar de mí mismo no es importante.

Que en ocasiones me quede observándolo cuando debería estar buscando posibles amenazas, ese sí es un problema que debo solventar de inmediato.

Soy un profesional. Siempre he sido capaz de compartimentar, de mantener lo personal al margen de mi trabajo.

Esta misión debería ser igual.

Me recuesto en la cama y contemplo el techo.

Mañana, o más bien hoy, asistiremos al evento de los villancicos navideños en la plaza principal.

Habrá cientos de civiles, una multitud de puntos de acceso y poco control sobre el entorno.

En las mejores circunstancias, una pesadilla para el equipo de seguridad.

En las peores, un parque de atracciones para asesinos.

Necesito dormir. Necesito estar centrado, mentalmente ágil. Cierro los ojos y me obligo a respirar con lentitud, a relajar cada uno de mis músculos.

Y ni una sola vez me vienen a la cabeza unos ojos azules o la sensación de un hombro desnudo bajo mi mano.

Soy todo un profesional.

Puedo gestionarlo.

Ocho horas después, escaneo la multitud del evento de Navidad por enésima vez en veinte minutos.

Blake, en la esquina noreste, casi no aparta la mano del arma que lleva oculta.

Singh parece que se pasea tranquilamente por el extremo occidental, pero está atento a todo.

Malcolm permanece pegado a su tablet al lado de la cabina de sonido.

Puede que calculando la probabilidad de que algún canguro saltarín arruine el espectáculo.

Davis me mira desde el escenario y levanta el pulgar como si estuviésemos en un puto partido de fútbol. Este chico es demasiado inexperto para ser un corrupto o puede que esta sea la actuación de su vida.

La voz de Cavendish me llega desde el auricular:

—Entrada en el escenario en dos minutos. Todas las unidades confirmen posición.

Cada miembro del equipo se reporta siguiendo un orden. Todas sus voces suenan tal como se espera.

En cuanto Nicholas se asoma, la muchedumbre enloquece. Lleva una camisa celeste que hace que sus ojos, de un azul imposible, resalten aún más bajo las luces del escenario. Saluda a la multitud mientras esboza su sonrisa aristocrática.

Antes de que Nicholas tome la palabra, el alcalde local se vanagloria del honor que supone contar con la presencia de un miembro de la realeza.

—Muchas gracias, Alice Springs, por esta calurosa bienvenida —dice—. Sobre todo, calurosa, permitidme que os lo diga. Creo que nunca en mi vida he celebrado la Navidad a cuarenta grados.

La gente ríe a carcajadas.