Capítulo 13 #3
—No es cualquier araña —respondo—. Es australiana, o sea, debe de tener suficiente veneno como para matar a un pueblo pequeño.
O’Connell observa el bicho, luego a mí, con la ceja arqueada. El estómago me da un vuelco extraño.
—¿Una araña del tamaño de una moneda de cincuenta peniques tiene de rehén al segundo en la línea de sucesión al trono?
—Es más grande, te lo aseguro —contesto con toda la dignidad aristocrática de la que soy capaz en el borde de una bañera mientras aferro la toalla que llevo alrededor de la cintura.
Admitamos que no es mucha, vale.
—¿Debo recordarte que tu trabajo es neutralizar amenazas contra mi persona? Ese monstruo es sin duda una amenaza.
Sacude la cabeza, pero se mueve en dirección a la araña. De repente, noto cómo sus hombros amplios y su alta estatura dominan el espacio, y el baño se me antoja demasiado pequeño. En ese momento tomo conciencia de que estoy semidesnudo.
O’Connell coge un vaso de la pila y luego una de las elaboradas tarjetas de bienvenida del hotel.
—¿Qué haces? —pregunto.
—Seguir el protocolo estándar de extracción de arañas, señor —responde, parco—. Aunque es la primera vez que realizo esta tarea ante un público tan distinguido.
Con un movimiento rápido, captura la araña dentro del vaso, desliza la tarjeta por debajo, y le da la vuelta al conjunto. Ahora la araña permanece atrapada dentro del cristal y la tarjeta funciona como tapa.
Eleva la cárcel improvisada a la altura de los ojos y observa a la prisionera con el ceño fruncido. Desciendo de la bañera con cuidado.
—¿Sabes? —digo, ajustándome la toalla—. Las personas que me ven con tan poca ropa suelen invitarme a cenar primero.
Las palabras se me escapan antes de poder detenerme. O’Connell levanta la vista con rapidez y la intensidad de sus ojos grises hace que me entre un subidón de calor.
Por un brevísimo momento su mirada baja hasta mi pecho desnudo antes de regresar a mi cara. Un ligero rubor asciende por su cuello.
Joder. La piel me cosquillea ante esta toma de conciencia repentina, y cada una de mis terminaciones nerviosas se despiertan a la vez. Me encuentro atrapado entre dos impulsos en conflicto, el que me insta a taparme más y el que quiere que enderece los hombros ante su escrutinio.
—¡Jesús! —suelta O’Connell volviendo su atención a la araña prisionera. Luego, su expresión se tensa—. Creo que podría ser una araña embudo.
—¿Y eso es… algo malo? —pregunto, aunque por su expresión la respuesta está clara.
—Puede llegar a ser letal —explica, sombrío—. La picadura es capaz de ocasionar la pérdida de consciencia en minutos. Incluso la muerte en pocas horas si no se trata.
Todo indica que no estaba siendo tan melodramático como él creía.
—Hay que salir del baño. —Su tono vuelve a ser eficiente—. Ahora mismo.
Apoya el vaso en el mármol con cuidado manteniéndolo bien alejado de ambos.
Luego, lleva la mano a mi hombro desnudo. Su palma se siente cálida contra mi piel y, por desgracia, noto que me inclino buscando su contacto.
Mientras habla por el micrófono de su muñeca no quita la mano de mi hombro.
—Tenemos un posible código siete en la suite del príncipe. Se necesita contención inmediata y personal médico.
—Yo lo que necesito es vestirme —logro decir.
—Estaré al otro lado de la puerta —responde con voz más áspera que de costumbre.
—Bien —contesto al tiempo que trato de que no se note que estoy huyendo de él.
Me cambio a toda prisa, muy consciente de la persona que se halla tras la puerta. Aún me cosquillea la piel allí donde su mano hizo contacto con mi hombro.
Al abrir la puerta, Malcolm y Cavendish también se hallan en la sala de estar de la suite . O’Connell sigue sujetando la araña con una mano. Mientras tanto, Malcolm no deja de buscar fotos en su tablet para compararlas con el ejemplar real, con el empeño de quien ha de defender una tesis doctoral.
—¡Positivo, positivo! —suelta—. Mirad la forma del cefalotórax y del hilador. Araña embudo de manual.
Cavendish levanta la mirada en cuanto me ve entrar.
—Alteza, menudo contratiempo con el intruso de ocho patas.
—Eso parece. ¿De verdad es tan peligrosa?
—Una de las más letales de Australia —confirma Cavendish—. Y según las investigaciones del oficial Malcolm, no son nada comunes en esta zona.
Esa información me deja atónito.
—Perdón, ¿cómo es eso?
Malcolm me enseña un mapa con zonas pintadas de rojo en la tablet y comenta:
—He clasificado todas las especies venenosas a quinientos kilómetros a la redonda de cada una de las paradas de la gira.
El mapa es una prueba contundente de que Australia es una broma macabra de la naturaleza titulada Coloquemos todo aquello que sea mortífero en una sola isla y comprobemos si los humanos son tan imbéciles como para vivir allí .
Spoiler : ¡lo son!
—Las arañas embudo son originarias del este del país, señor. Se encuentran en New South Wales y en algunas zonas de Queensland. Pero no en Alice Springs ni en el Territorio Norte —continúa Malcolm.
—Entonces, ¿esta amiga está de vacaciones igual que yo? —intento bromear.
Nadie ríe.
—Creemos que la araña no llegó al baño por accidente —sugiere Cavendish con cautela.
La conclusión se asienta en mi estómago como una piedra.
—¿Creéis que alguien la colocó de forma deliberada?
—No podemos descartar la posibilidad. —Los ojos de O’Connell se encuentran con los míos y percibo la tensión en su mandíbula.
—Bueno —digo, tratando de fingir indiferencia, sin lograrlo—, supongo que debemos apreciar la creatividad. Menudos titulares más originales se escribirían si me asesinara una araña.
—Esto no es broma. —Su voz rezuma tensión.
—No, supongo que no. —Me desplomo sobre la silla más cercana—. ¿Quién se tomaría semejantes molestias?
—Es lo que intentaremos determinar —contesta Cavendish—. Estamos inspeccionando la suite y hablaremos con el personal del hotel que tiene acceso.
—Mientras tanto, lo trasladaremos a otra habitación. De inmediato —añade O’Connell.
Asiento, demasiado agotado para discutir o quitarle hierro al asunto. Tan solo de pensar que alguien colocó una araña letal adrede se me ponen los pelos de punta. Incluso más que si la propia criatura me caminara por el cuerpo.
Mientras el equipo se mueve con afán a mi alrededor preparándose para la mudanza, mis ojos dan con los de O’Connell, al otro lado de la suite .
¿Hay algo en su mirada que va más allá de una preocupación profesional? ¿O soy yo proyectando mis propios deseos?
A mi corazón parece no preocuparle cuál de las dos opciones es la correcta, porque decide empezar a galopar desbocado de todos modos.
Alguien quiere verme muerto, de eso no hay dudas. Y uno de los hombres encargados de velar por mi seguridad cada día me distrae más por razones que no quiero contemplar.
Esto es un puto desastre.