Un Sustituto Improbable (Dilemas Improbables 3) Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

—Como la mayoría de los ingleses, crecí con la idea de que Gran Bretaña había llevado la civilización a las colonias. Fue al codearme con otros líderes de la Commonwealth como primer ministro cuando comencé a replantearme lo que nos enseñan.

—Creo que las pruebas son concluyentes —interviene Callum—.

Aunque es verdad que los británicos construyeron infraestructuras importantes como las vías ferroviarias e instauraron sistemas gubernamentales en las colonias, más que para beneficio de la población local, lo hicieron con el objetivo de extraer recursos de forma más eficiente.

—Básicamente, instalamos tuberías en las mismas casas en las que robamos —añade Oliver.

—Dios santo —digo, algo asqueado—. La próxima vez que asista a un banquete de la Commonwealth en vez de saludar iré directo al grano: «Oye, hablemos del saqueo sistemático de tus recursos naturales…».

Callum aún no ha acabado.

—¿Sabes que la economía de la India antes de la intervención de Gran Bretaña —añade— constituía el veintitrés por ciento del PBI mundial?

Para cuando los liberamos, representaba menos del cuatro por ciento.

Y en los años treinta, en Nigeria, la gente se moría de hambre, pero los obligaban a cosechar algodón para las fábricas británicas.

Cientos de miles de personas murieron, y las fábricas textiles tuvieron récord de beneficios gracias a esa materia prima barata.

Callum siempre brinda disertaciones detalladas de los temas que le apasionan.

—Y lo que es peor, se destruyeron muchísimas pruebas —continúa, con semblante serio y sin pizca de su habitual buen humor—. Los documentos sobre las torturas en Kenia, las masacres en Malasia, los campos de concentración en Chipre, todo eso se destruyó o se ocultó adrede.

—¿Se destruyeron documentos gubernamentales? —pregunto, aunque no sé por qué me sorprendo.

—De forma sistemática. A los oficiales británicos se les dio la orden de deshacerse de documentos coloniales que pudieran, cito textualmente, «avergonzar el reinado de su majestad».

Jodeeer.

He pasado toda mi vida en una cómoda burbuja, creyendo en la fantasía de nuestro noble legado.

¿A cuántos banquetes de Estado he asistido donde se ha brindado por nuestra «relación especial» con las antiguas colonias?

¿Cuántos discursos donde se hablaba con orgullo de nuestra historia he aplaudido con educación mientras la verdad se escondía bajo las alfombras?

—Hay algo más que suele pasarse por alto —dice Oliver—. Además de robar los recursos, los británicos exportamos nuestra ética victoriana, lo que incluye la criminalización de la homosexualidad.

Noto que la habitación se tambalea un poco a mi alrededor.

—¿Cómo? —logro decir.

—Los británicos impusieron leyes contra la sodomía en todas las colonias —explica Callum—.

Leyes que la mayoría de países aún mantienen.

Y lo más triste es que muchas de las sociedades precoloniales entendían el género y la sexualidad de una forma muy distinta.

Algunas reconocían terceros géneros, otras tenían tradición de incluir relaciones con gente del mismo sexo. Lo destruimos todo.

Joder, joder. Me pongo enfermo.

—¿Cómo lo soportas? —pregunto—. ¿Saber todo esto y seguir siendo quienes somos? Visitar las antiguas colonias en representación de la Corona, con las barbaridades que se cometieron en su nombre…

Oliver y Callum intercambian una de esas miradas típicas de las personas casadas en la que transcurre toda una conversación.

—Intento mejorar las cosas —dice Callum simplemente—. Usar nuestra posición para reparar los daños en caso de ser posible.

Oliver observa a Callum con un inmenso cariño y se inclina para darle un breve beso en la sien. Están tan enamorados que dan asco. Es como si representaran una tarjeta de felicitación en directo. Dan ganas de soltarles un «oooh, qué bonito» y, al mismo tiempo, arrojarles tomates.

No puedo seguir mirando la pantalla.

—Bueno, me tengo que ir —digo, animado—. Imagino que tenéis que practicar vuestras caras de «estamos esperando a un principito o princesita». Oliver, tú practica más, no sea que te salga la de «negociando con poderes extranjeros hostiles» antes que la de «padre que espera su bebé con alegría».

Sus labios se curvan y contesta con un «lo intentaré».

—No tardes en volver a llamar —dice Callum—. En serio, Nicholas. Si necesitas hablar, aquí estamos.

—Claro. Hablamos pronto.

La pantalla se apaga y me quedo observando mi propio reflejo.

El atardecer del desierto a través de la ventana es espectacular, pero mis pensamientos giran en torno a las atrocidades cometidas en las colonias y a la familiaridad entre él y Oliver.

Han encontrado un propósito en sus vidas: el uno en el otro, y ambos en el hijo que esperan, y en sus respectivos papeles. En cambio, yo…

Cumplo con el papel que se me ha asignado.

Despliego mis encantos, desvío la atención, sonrío hasta que me duele la cara.

Y entre bromitas y comentarios manidos sobre el «patrimonio cultural común», sin querer contribuyo a restarle importancia a siglos de robos y la acumulación de riqueza a base de sangre.

Para luego regresar a casa solo.

Me despatarro en el sofá y me aflojo la corbata.

Mierda.

¿Por qué rayos siento la necesidad imperiosa de hablar de todo esto con el oficial O’Connell?

Eoin.

¿Porque sé que me dará una opinión auténtica sin embellecerla? Es irlandés, por lo que habrá memorizado el manual de Ochocientos años de opresión inglesa: un estudio detallado antes que las tablas de multiplicar.

Pienso en sus palabras en el arrecife de coral cuando le confesé el agobio que sentía ante tantos problemas: «Hay que empezar con lo que hay. Con lo que le echen delante. Es imposible solucionarlo todo, pero eso no significa que no soluciona nada».

Aun así, se me hace complicado ver cómo podría solucionar nada una gira como esta, con discursos y eventos aprobados por palacio.

Ahora que le he dado vía libre a mi mente, los pensamientos sobre O’Connell fluyen a raudales y hacen a un lado a todo lo demás.

Recuerdo su casi sonrisa de esta tarde, tan inusual en él, al compararlo con el camello malhumorado. La confesión inesperada sobre su hermano. La manera en que sus ojos se quedaron mirándome unos segundos más de lo necesario antes de subirme al coche.

Siempre he sido de los que mantienen el control en cualquier situación, pero ese irlandés cabezota y escrupuloso tiene algo que logra desestabilizarme.

Este absurdo… lo que sea que es… tiene que acabar. O’Connell es mi guardaespaldas, nada más. Incluso si le atraen los hombres, y eso ya es mucho suponer si nos basamos en esa breve mirada mientras llevaba el traje de neopreno, está claro que yo en particular no le caigo demasiado bien.

E intentar algo con un miembro del equipo de seguridad sería terriblemente estúpido hasta para mí, que soy de los que en ocasiones toman decisiones cuestionables.

Me pongo de pie. Voy a ducharme para dejar este día atrás y tratar de distraerme.

El tamaño gigantesco del baño de mármol se me hace innecesario. Tras poner el agua a una temperatura altísima, dejo que el chorro me masajee los hombros.

Intento concentrarme en la agenda de mañana, pero mi mente traicionera enseguida invoca la imagen de los antebrazos de O’Connell cuando se arremangó por el calor: sus músculos flexionándose bajo esa piel bronceada, la pequeña aglomeración de vello castaño rojizo, la forma en que la camisa ajustada le aprieta a la altura de los hombros…

—¡Dios! —gruño al tiempo que bajo la temperatura con agresividad. Frío. Necesito frío.

No sirve de nada.

Solo he logrado que me entren escalofríos mientras continúo evocando su voz, más profunda de lo normal, al contarme lo de su hermano. Por un instante, bajó la guardia y sus ojos grises me miraron con una emoción distinta a la reprobación.

¿Pero qué es esto? Me estoy comportando como el típico adolescente al que le gusta el capitán del equipo de rugby .

Y una parte de mi anatomía se muestra especialmente interesada.

Cierro el grifo y salgo de la ducha salpicando las baldosas. Ya no puedo fiarme ni siquiera de la ducha.

Ni de mí mismo, al parecer.

Tras secarme, me envuelvo la toalla alrededor de la cintura. En cuanto me pongo a limpiar el vaho del espejo, noto algo oscuro que se mueve por el mármol blanco.

Me quedo paralizado.

Es una araña.

Y no una de esas pequeñitas que se encuentran en las casas de campo inglesas de las que es fácil deshacerse con un pañuelito desechable.

No, esto es una pesadilla australiana. Una bestia negra y gorda con garfios en forma de arco como patas. El monstruo se mueve deprisa por el suelo con alarmante determinación.

Las arañas no suelen asustarme. Pero he estado en Australia lo bastante como para saber que en este país lo que no es venenoso tiene colmillos o es una creación de la naturaleza para proporcionar a la humanidad el mayor malestar posible.

Y este espécimen en concreto viene directo a mis pies descalzos.

—¡Joder! —Doy un gritito y salto hacia una nueva superficie, en este caso el borde de la bañera. No es el momento más distinguido de mi existencia.

La araña hace una pausa, como si mi reacción fuera una afrenta, y continúa aproximándose con energía.

La puerta del baño se abre con tanta fuerza que rebota contra la pared. O’Connell, arma en mano y ojos desorbitados, ocupa todo el marco. Escanea la habitación, cada sombra y cada rincón, antes de acercarse a mí.

—¿Señor? —dice con voz tensa—. ¿Cuál es la amenaza?

Imagino mi aspecto con una claridad bochornosa: el heredero sustituto aferrándose a su toalla mientras intenta mantener el equilibrio en el borde de la bañera.

No es la imagen pública del príncipe que aparece en los souvenirs para turistas.

—¡Araña! —logro balbucir al tiempo que señalo al animal—. ¡Enorme!

El rostro de O’Connell pasa de la alerta máxima a expresar algo muy distinto. Guarda el arma en la funda y sus labios se curvan.

—¿El grito era por una araña?