Capítulo 13
Capítulo Trece
Nicholas
Dentro de la lista de actividades aprobadas en el itinerario de la gira, obsesionarme de forma ridícula con uno de mis oficiales de seguridad no figura entre ellas.
Desde luego, no es algo en lo que debería malgastar mi energía mental.
Debería enfocarla en ganarme a esos australianos que comienzan a ver a la monarquía como una antigualla prescindible, igual que los telegramas.
Pero, por algún motivo inexplicable, no puedo apartar de mi cabeza al oficial Eoin O’Connell.
Sigo cada uno de sus movimientos como uno de esos ornitólogos trasnochados. Casi puedo escuchar de fondo la voz de David Attenborough: «Aquí observamos al guardia de seguridad en su hábitat natural, con su gesto habitual de fruncir el ceño mientras busca posibles amenazas».
La intensidad con la que me observan sus ojos grises me deja más expuesto que cualquier artículo de la prensa amarilla. Es como si fuese capaz de penetrar todas las capas de refinada nobleza hasta llegar a la persona caótica e insegura que se halla debajo.
No sé si eso me entusiasma o me aterra.
Lo que sí tengo claro es que me gustaría hacer lo mismo con él. Que me hablara de su hermano solo ha acrecentado las ganas de saber más.
Me obligo a refrenarme para no hacerle preguntas en la entrada del hotel.
Las puertas del ascensor se abren en el piso más alto y me dirijo por el pasillo hacia mi suite con O’Connell persiguiéndome como una sombra silenciosa.
Otros dos guardias que flanquean la puerta de la habitación asienten educadamente en cuanto nos aproximamos.
—Todo correcto, señor —informa el oficial Singh apartándose para darme paso.
Me giro para echarle un vistazo a O’Connell, quien se coloca en la puerta.
Dios bendiga el aire acondicionado de la suite . Me aflojo la corbata de camino a la ventana panorámica con vistas a Alice Springs. La ciudad parece una colección de edificios de juguete desperdigados por el amplio paisaje carmesí.
Me vibra el teléfono con un mensaje de James.
Comuníquese con el príncipe Callum por la línea segura cuando sea posible. Gracias.
Esto me cae en el momento justo. Necesito distraerme de esta locura que se ha apoderado de mi cerebro.
Me desplomo en el sofá. La línea segura es una triste necesidad de la realeza, y desde que los periodistas sensacionalistas demostraran su capacidad para hackearlo todo, mensajes privados de la reina y sesiones de terapia de mi tío incluidos, palacio se toma la seguridad de las líneas de teléfono más en serio que las fuerzas militares.
Tras una serie de clics y pitidos electrónicos, el rostro de Callum aparece en pantalla.
—¡Nicholas! —A mi medio hermano se lo ve demasiado espabilado para ser las siete y media de la mañana en Londres—. ¿Cómo te tratan las antípodas?
—Ya sabes, lo típico de las giras reales: cortar cintas de inauguración, esquivar los objetos que te lanzan los manifestantes, fingir que te interesan los pormenores de la producción de la caña de azúcar.
—Me paso la mano por el pelo—. Y acabo de regresar de un concurso de camellos navideños, así que ya puedo añadir a mi currículum real un «experto en estética de dromedarios».
—Vi un vídeo de la Gran Barrera de Arrecifes. Lo estás haciendo genial. Gracias por sustituirme.
—Bueno, ser tu sustituto es literalmente mi trabajo. Además, se me está quedando un bronceado espectacular.
—Tienes suerte. Por aquí el clima es horroroso. La abuela insiste en llamarlo «vigorizante» en vez de «deprimente», pero yo no comparto su opinión.
Aún me estoy riendo cuando Callum se mueve para hacerle hueco en pantalla a su marido, el príncipe consorte Oliver Hartwell, vestido con un elegante traje gris oscuro.
—Nicholas —me saluda Oliver con un gesto de cabeza.
—Hola, Oliver.
—Me han contado que estás causando una gran impresión en Australia —comenta.
—Bueno, si por «impresión» te refieres a «sonreír y saludar sin provocar un incidente internacional», entonces, sí, todo va de maravilla. —Me muevo hasta encontrar una posición cómoda—. ¿Y por allí cómo están las cosas? ¿La gestante, bien?
—Muy bien, sí —contesta Callum—. Está de diez semanas. Según la ecografía, todo está perfecto.
—¿Ya sabemos si tendré un sobrino o una sobrina?
Oliver le echa a Callum una mirada significativa y este le sonríe.
—Preferimos no saberlo. Creo que eso lo hará más especial.
Como cuando de pequeño te levantas la mañana de Navidad sin saber qué regalos vas a encontrar debajo del árbol.
—Callum mira a su marido con afecto—. Oliver quería saberlo, pero me pasé tres semanas dándole sorpresas para convencerlo de la alegría que nos produce lo inesperado.
—También hizo hincapié en que los monarcas a lo largo de la historia se las han apañado sin tanta tecnología moderna, por lo que nosotros podemos sobrevivir a la incertidumbre durante unos meses —dice Oliver mientras le dedica una sonrisa a su esposo.
Ver a Oliver con Callum es como ver a un golden retriever conquistando a un oso pardo.
El espacio de debajo de mis costillas se ensancha con el eco de algo que me niego a nombrar.
Estos dos hombres desafiaron la tradición, la política y todo el puto sistema británico para estar juntos.
Por el contrario, mis relaciones han sido de lo más anodinas. Arreglos estratégicos con hijas de aristócratas casaderas, fiestas en yates con gente cuyos nombres se me mezclan, noches que, llegada la mañana, solo dejan un vacío.
La única relación significativa acabó con un acto de traición que podría salir en cualquier obra de Shakespeare.
—La incertidumbre hace bien al alma —dice Callum, y dejo atrás los recuerdos para centrarme en la conversación.
—Tu abuela insiste con vehemencia en que es un niño —añade Oliver.
—La reina Katharine es famosa por su intuición —digo—. Durante tres años seguidos adivinó el caballo que ganó el derbi. Aunque a mí nadie me quita la sospecha de que tenía información privilegiada proveniente de los establos.
Callum ríe.
—No lo descartaría —responde.
—¿Cómo está, por cierto?
—Ha mejorado muchísimo —interviene Oliver—. Pero se frustra cuando los doctores insisten en que aún no está como para atender compromisos.
Típico de nuestra abuela.
—Me dijo que está siguiendo la cobertura mediática de tu gira —añade Callum—. Está bastante contenta, la verdad. Comentó que estabas haciendo un buen trabajo.
—Menudo cumplido viniendo de su majestad. —El piropo me provoca un estallido de placer. El reconocimiento de la abuela siempre ha sido un bien escaso y codiciado en nuestra familia.
—Y hablando de hacer un buen trabajo, queríamos preguntarte algo. —Su voz se ha transformado para dar paso a esa franqueza tan norteamericana típica de él—. Oliver y yo hablamos sobre los padrinos, y queríamos preguntarte si te interesa el puesto.
Casi se me resbala el teléfono de la mano.
Siento algo cálido e incómodo que me hace picar los ojos, y me toma unos segundos responder.
—¿Yo? ¿Estáis seguros? Estoy lejos de ser un modelo de comportamiento responsable. Imagino que habrá mejores candidatos para el puesto de guía espiritual.
—Creemos que eres el candidato ideal —dice Oliver, serio.
Tengo que tragar para deshacer el nudo que se me ha hecho en la garganta.
—Bueno, si me lo ponéis así, ¿cómo podría negarme? Aunque debo advertiros que mi padrinazgo involucrará regalos de cumpleaños inapropiados y ofrecer al niño la coartada perfecta cuando se escabulla de las funciones de Estado.
—No esperábamos menos de ti —dice Callum con una amplia sonrisa.
Jugueteo con mi anillo de sello girándolo alrededor de mi dedo mientras intento recomponerme.
El hecho de que confíen en mí para algo tan importante me remueve emociones que de normal intento evitar a toda costa.
Porque el afecto va acompañado de vulnerabilidad, y en mi manual personal para príncipes, la vulnerabilidad se ubica en algún escalón de la jerarquía entre la traición y llevar traje azul con zapatos marrones en los eventos de la realeza.
Dirijo la conversación hacia otro puerto.
—Oye, Oliver, ¿no vas un poco formal a estas horas de la mañana?
—Tengo una reunión.
—¿Una reunión de qué? —pregunto.
—De un comité que quiere crear un marco de políticas relacionadas con la responsabilidad histórica y las compensaciones por la esclavitud en el Caribe.
—¿A qué te refieres con eso de las compensaciones? Creía que ya habíamos pagado por ello —digo.
—Bueno, compensamos a los esclavizadores —dice Oliver.
Ah, vale. Se compensó a los que se lucraron con el sufrimiento ajeno y no a los que lo padecieron.
—En 1833 el Gobierno dio veinte millones de libras a los británicos con plantaciones para compensar la pérdida de los esclavos, pero los esclavos no recibieron nada —explica Callum—.
Algunas naciones empiezan a cuestionarse si no ha llegado el momento de compensar a toda esa gente que con su trabajo ayudó a aumentar nuestra riqueza.
—Madre mía —mascullo mientras me paso una mano por el pelo—. ¿Hay alguien en este planeta a quien no hayamos jodido?
Los labios de Oliver se curvan en una media sonrisa.
—Ese no es el lenguaje diplomático que estamos utilizando en el informe.
—Perdón por no adherirme al vocabulario aprobado por palacio.
No sé dónde he dejado el manual de Cómo debatir las atrocidades coloniales sin hacer quedar mal a la Corona .
—Respiro profundo y continúo—: Es vergonzoso, la verdad.
Tantos años en Eton y en Oxford y nunca me detuve a analizar la frase de «en el Imperio británico el sol nunca se ponía».
Para luego aterrizar en Sídney y que me arrojen globos de pintura, alcen carteles de «DESCOLONICEMOS LA CORONA», y los aborígenes protesten por lo sucedido.
Es entonces cuando comprendo que las lecciones de historia puede que se saltaran alguna que otra verdad.
Oliver me contempla, pensativo.