Un Sustituto Improbable (Dilemas Improbables 3) Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

Mientras hacemos el trayecto de regreso, me mira de reojo.

—¿Qué? —dice, poniéndose a la defensiva.

—Nada.

—Me observabas con una expresión un poco menos criticona que la de costumbre. Es perturbador.

Dudo, pero al final le digo la verdad.

—Mi hermano va en silla de ruedas.

Nicholas trastabilla, aunque se recupera con rapidez.

—Vale —responde.

—La gente se dirige a él como si fuera un bebé o directamente evitan mirarlo a los ojos —continúo—. Aprecio que no haya hecho lo mismo con el niño.

La sorpresa le atraviesa el rostro. Parece desconcertado, como si no supiese reaccionar ante un cumplido genuino.

—Es lo mínimo que se debería hacer —dice, al fin—. Aunque lo siento por tu hermano. ¿Fue un accidente?

El recuerdo reaparece antes de que pueda detenerlo: el polvo, los gritos, mi incapacidad para llegar hasta Malachy. La rabia al descubrir que el casero hizo caso omiso durante años de las advertencias de daños estructurales, todo por ahorrar dinero.

—El edificio se derrumbó —digo escuetamente—. Falta de mantenimiento.

Nicholas absorbe la información, y sus ojos escrutan mi rostro.

—Tuvo que haber sido duro.

—Más para él que para mí —contesto, con esa culpa que me es tan familiar constriñéndome el pecho.

—¿Por eso te hiciste guardia de seguridad? ¿Para proteger a las personas? —pregunta, bajito.

Ahora soy yo quien trastabilla. Por un segundo, me olvido de la tapadera, de esa historia inventada del oficial O’Connell.

—Algo así —respondo.

Me observa por unos instantes más, con esos ojos azules que ven más allá de lo que a mí me gustaría.

—¿Sabes qué, O’Connell? Cuando pienso que te tengo calado, me sorprendes.

Es como si me hubiera leído el pensamiento y lo hubiese manifestado en voz alta. Porque ¿no paso gran parte de mi tiempo haciendo eso? ¿Intentando resolver el puzle que es este hombre? Su amabilidad con Archie me ha ofrecido una nueva pieza contradictoria.

Soy consciente de que mis intentos por descubrir al verdadero príncipe Nicholas rozan la obsesión.

Pero saber que él también pasa tiempo intentando descifrarme me descoloca aún más.

—Lo mismo podría decir yo —contesto—. Siempre logra sorprenderme.

—¿Yo? Pero si está más claro que el agua. Soy un príncipe mimado con un historial de escándalos en su haber y con un talento increíble para sulfurar a su equipo de seguridad.

Me encrespa que vuelva a utilizar su humor sarcástico como escudo.

—Eso es solo un papel.

Nicholas frena en seco.

—Bueno, no todos tenemos el lujo de ser oficiales de seguridad que pueden decir lo que piensan. A algunos nos crían para seguir sonriendo mientras se hunde el barco.

—Quizás la gente que ha sido criada así debería pasar menos tiempo sonriendo y preocuparse más por salvar el barco.

—¿Ves? Por eso eres mi guardaespaldas favorito. Los otros me juzgan en silencio, tú lo haces con elocuencia.

Retoma el paso, y al rato nos hallamos entre la multitud una vez más. Nicholas vuelve a colocarse la máscara exterior para dar un discurso sobre la importancia del servicio de los doctores en el aire, desplegando toda su elegancia real.

Por mi parte, vuelvo a la posición de vigilar el perímetro y estudiar las caras de todos los que se le aproximan.

Pero una parte de mí sigue dándole vueltas a lo sucedido.

A esta extraña… tensión entre nosotros. La encuentro peligrosa, tanto en el campo profesional como en el personal.

La presentación llega a su fin y Nicholas posa para las fotos oficiales. Sus ojos se encuentran con los míos al mirar por encima del hombro del director. Alza ligeramente una ceja y vuelve su atención a la ceremonia.

A pesar del calor, me recorre un escalofrío.

Esta misión se está complicando, y no por los motivos esperados.

Puede que la realeza sea una institución arcaica y absurda que se basa en siglos de desigualdad y explotación.

Sin embargo, por mucho que la deteste, cuando veo a Nicholas caminar entre el gentío, cuando veo la sonrisa auténtica que les dedica a Archie y su madre, cómo escucha con atención a una enfermera ya mayor que relata su primer vuelo en urgencias, no puedo negar que para estas personas él es importante.

Quizás sienten una conexión con algo que es más grande que ellos mismos.

Y Nicholas, cuando no se oculta tras la ironía y el encanto ensayados, parece comprender la responsabilidad que sus privilegios traen aparejados.

Todo era más fácil cuando lo consideraba un mero símbolo de todo aquello a lo que me opongo.

El evento finaliza y nos preparamos para escoltarlo hasta el hotel, así que me obligo a aparcar estos pensamientos.

Tengo un trabajo que realizar. Encontrar al traidor entre nosotros y mantener al príncipe con vida.

Todo lo demás, incluida esta tensión entre nosotros que no sé explicar, carece de importancia.

Al dirigirnos hacia el coche, Nicholas se detiene a mi lado lo bastante cerca como para oler su perfume caro y murmura un «gracias por contarme lo de tu hermano». Hago acopio de todo mi adiestramiento profesional para evitar reaccionar.

—Solo hago mi trabajo, señor —digo.

Sus labios se curvan en una sonrisa burlona.

—Y yo que creía que las confesiones a título personal no formaban parte de tu trabajo.

Me es imposible apartar la mirada. La forma en que se dilatan sus pupilas ligeramente, ese reborde negro que va cubriendo al azul, los rayos de sol que resaltan su perfil, la manera en que su garganta se mueve al tragar.

Jesús y la Virgen. He presenciado tiroteos menos peligrosos que esta conversación.

Al instante siguiente sube al coche junto con Singh, por lo que yo monto en el siguiente junto con MacLeod y Davis.

El motor cobra vida. Davis charla con algarabía sobre algo en lo que no soy capaz de concentrarme mientras MacLeod utiliza su tablet .

Mi mente vuelve a recrear el momento con Nicholas.

Me han adiestrado para identificar amenazas, para neutralizar el peligro antes de que se materialice.

Aun así, no he sido capaz de prever esta falla en el sistema: que mis defensas se derrumben ante un príncipe que se niega a ser aquel personaje frívolo de clase alta que esperaba que fuera.

Tengo la sensación de que los límites entre nosotros se están difuminando.

Y en mi área de trabajo, cuando los límites se difuminan alguien podría acabar muerto.