Un Sustituto Improbable (Dilemas Improbables 3) Capítulo 12 #2
29%

Capítulo 12 #2

Encauzo ese sentimiento de culpa de manera que me ayude a ser el mejor de los policías, a llevarle justicia a otras personas, a que la gente se responsabilice de sus malas acciones.

Es lo único que puedo hacer.

Por la tarde temprano, el sol abrasa de tal manera que me planteo si Australia tiene la intención oculta de cocinarnos para la cena de Navidad.

Hasta los lugareños están incómodos mientras se mueven por el improvisado espacio al aire libre donde se celebra el Flying Doctors, un evento para recaudar fondos.

Estamos a punto de presenciar la principal atracción de la tarde: una tradición anual llamada Desfile de los Camellos de Navidad donde los animales presentan sus adornos ante un juez famoso, en este caso el príncipe Nicholas.

—La multitud va en aumento —observa Blake a mi lado mientras escaneamos el perímetro—. Según la Policía local, hay al menos trescientas personas más de lo esperado.

—Eso nos complica la existencia —respondo sin quitar la vista de las personas y de cada movimiento.

Nicholas se encuentra en la zona de los jueces, con su camisa impecable y más fresco que una lechuga, como si los cuarenta grados a la sombra fueran solo una ligera molestia.

El primer camello ataviado entra en la pista con cierta tosquedad de la mano de una adolescente que exuda entusiasmo. Lleva guirnaldas, lucecitas de colores y lo que parece ser un minitrineo sobre la joroba.

Nicholas lo rodea con expresión contemplativa.

—Una labor magnífica con las guirnaldas —declara—. La proporción de luces y bolas de Navidad demuestra un poder de contención admirable. Se nota el buen gusto.

Continúo vigilando a la muchedumbre, catalogando cada salida y cada posible punto débil. Los manifestantes del hotel no parecen estar presentes.

Pero hace falta un solo loco para que un evento festivo se torne en algo mucho más siniestro.

El desfile continúa con cuatro camellos con decoraciones elaboradas, y Nicholas cumple con su papel a la perfección.

Cuando uno de los animales se pone potroso y se niega a quedarse quieto ante el juez, Nicholas suelta: «Lo comprendo perfectamente. Yo también me pongo de malhumor si me obligan a llevar decoraciones antes del mediodía».

—Potencial amenaza a las dos en punto —murmura Blake—. Un hombre con una funda para cámaras.

Sigo su mirada hasta dar con el sujeto. Tras unos segundos, relajo la tensión.

—Es de la prensa. Lo recuerdo de la reunión de ayer.

Asiente, pero ni ella ni yo bajamos la guardia.

Cuando el concurso acaba, Nicholas anuncia al ganador, una bestia enorme llamada Priscilla, la Reina del Desierto, ataviada con boas de plumas rosas, estrellas plateadas y una bola de discoteca en miniatura que le cuelga de la joroba.

Al animal no se lo ve demasiado entusiasmado con sus cinco minutos de fama mientras un tío desgarbado lo guía hacia delante para que le coloquen un lazo descomunal.

—Si lo que se premia es la dignidad, acaban de timar al pobre camello —susurra Blake.

Río por la nariz, bajito, y continúo escaneando la multitud.

No hay nada fuera de lugar, solo familias pasándoselo bien.

Tras la exhibición, llevan a Nicholas a una pequeña carpa que han montado para él y sus acompañantes.

Me toca ejercer de guardaespaldas personal, por lo que lo sigo dentro, encantado de escapar del maldito calor que le hace la competencia al infierno de Satanás.

La carpa está casi vacía excepto por algunos organizadores que se retiran en el instante en que James anuncia que el príncipe necesita un descanso.

Me posiciono cerca de la entrada, con la espalda en la lona para mantener tanto a Nicholas como a la entrada de la carpa en mi campo de visión. El príncipe se sirve un vaso de agua y se afloja la corbata al tiempo que echa un vistazo a la estancia.

—Diría que ha sido una de las tareas reales más peculiares que he llevado a cabo —dice—. No todos los días tiene uno el placer de evaluar con ojo crítico a unos camellos navideños.

—Supongo que no —respondo.

Ladea la cabeza apenas y, con ojos refulgiendo peligrosamente, dice:

—¿Sabes, O’Connell? El tercero me recordó a alguien.

La adrenalina se me dispara. Saber que estoy a punto de ser el foco de atención del príncipe Nicholas y su ingenio me tiene hecho un manojo de nervios, no sé si porque me hace ilusión o por instinto de supervivencia.

Puede que ambos.

—¿Ah, sí? —contesto con tono neutral.

—Mmm. —Bebe un sorbo de agua con gesto casual, pero continúa observándome—. Había algo en su mirada. Una forma particular de mirar a las personas, como si fuesen una decepción absoluta para la camellidad .

¡Por el amor de Dios!

Si mal no recuerdo, el animal al que se refiere es un espécimen al que se lo veía descontento, con una expresión de completo desdén.

—No he apreciado ningún parecido con nadie, señor. —Mantengo la voz serena.

Nicholas curva los labios.

—¿No? Las semejanzas son notables. La forma en que lanzaba miradas asesinas…, esos aires de reprobación constante…

Cambio el peso del cuerpo sin quitar la vista de la entrada a la carpa.

—Puede que el camello y la persona a la que le recuerda tengan un problema similar.

—¿Ah, sí? ¿Cuál?

—Les toca trabajar con gente insoportable por una mierda de salario.

Nicholas alza las cejas con suma rapidez y, por un instante, su rostro refleja sorpresa que enseguida metamorfosea en deleite.

—Bien jugado, O’Connell. Aunque, todo hay que decirlo, el camello supo manejar la situación con más gracia que la que suele mostrar esa otra persona.

—El animal tiene la ventaja de poder escupir a todo aquello que lo irrita, señor. —Lo digo con retintín gracioso, adrede.

Nicholas echa la cabeza hacia atrás y ríe. Es una risa franca, espontánea, que transforma su rostro por completo.

¡Jesús! Su risa despierta algo en mí que prefiero mantener dormido.

—Ahí le has dado, O’Connell.

Aunque mi adiestramiento aborda diferentes situaciones, en ningún manual de Scotland Yard se indica cómo gestionar la falta de respiración cuando el príncipe Nicholas me mira así, con la risa ya desvaneciéndose, pero con sus ojos azules y brillantes aún puestos en mí.

El ruido de la multitud exterior enmudece y es reemplazado por el intenso latido en mis sienes. Hay un cambio en el ambiente, tan sutil como cuando se desactiva el seguro de un arma, e igual de peligroso.

Debería desviar la mirada.

Necesito desviarla.

Pero el cuerpo me traiciona, y mis ojos siguen clavados en los de Nicholas.

Un ruido estático penetra el ambiente. La asistente del director entra en la carpa con una tabla sujetapapeles contra su pecho.

—Perdón por la interrupción. La exhibición comenzará en dos minutos, Alteza.

Nicholas parpadea.

—De acuerdo. No hagamos esperar al helicóptero. —Me echa un vistazo, esta vez profesional—. ¿Nos ponemos en marcha, oficial O’Connell?

Asiento a la par que trago en un intento por devolverle algo de humedad a mi boca.

Nos movemos entre la muchedumbre, Nicholas saluda y sonríe mientras yo trato de recomponerme.

Me cago en la leche.

Suelto el aire, tembloroso, al tiempo que evalúo la multitud. Por el mismísimo Cristo, ¿qué estoy haciendo? ¿Qué cojones tengo en la cabeza?

La siguiente hora transcurre sin incidentes.

Nicholas charla con el personal médico y de enfermería, ríe en los momentos adecuados de cada discurso, y les hace creer a todos que la explicación detallada sobre cómo se adapta el equipamiento médico para utilizarlo en vuelo le parece interesantísima. Interpreta su papel habitual.

Hasta que lo veo escabullirse del grupo principal.

Le hago una señal a Blake y lo sigo. Mis pies desaceleran en cuanto Nicholas se acerca a un niño ubicado a un costado de la carpa. El toldo deja en sombras parte de su cuerpo. El niño debe de tener unos siete u ocho años y está en silla de ruedas.

Nicholas se agacha a su nivel y espera pacientemente con la mano extendida hasta que el niño le ofrece la suya. Entonces se dan un apretón ceremonioso. El rostro del príncipe no muestra rastros de lástima o de incomodidad, sino el mismo encanto que le ofrece a las demás personas.

—Soy Nick —dice, como si fuera un turista más y no el segundo en la línea de sucesión al trono—. La exhibición del helicóptero ha sido espectacular, ¿no? ¿Alguna vez te has montado en uno?

El niño asiente, tímido.

—Cuando me lastimé. Pero no me acuerdo casi.

—Bueno, mejor. Hacen un ruido horroroso.

—Se inclina hacia el niño con complicidad—.

Una vez me subí a uno con mi abuela. Es la reina, ¿sabes?

Por culpa del ruido, cuando me preguntó si quería una revista, entendí si quería una «pista», y me pasé todo el vuelo pensando si era algún tipo de mensaje secreto.

El niño suelta una risilla.

—Qué tonto.

—No te imaginas. Me preocupé un montón. Los mensajes secretos en la realeza no son moco de pavo.

—Yo soy Archie —se presenta el niño—. De mayor quiero ser doctor de los que van en los aviones.

—El doctor Archie —contesta Nicholas, con total seriedad—. Me gusta cómo suena. Seguro que lo haces de maravilla.

La conversación continúa. El príncipe le pregunta a Archie cuáles son sus asignaturas favoritas y le cuenta la anécdota del día en que se quedó atrapado en un árbol al intentar rescatar el sombrero de su prima.

En cuanto comienza a realizar lo que parece ser un truco de magia bastante malo con su anillo grabado, alza la vista y me pilla observándolo. Su expresión se transforma de inmediato y sus hombros se tensan. Tras acabar el truco, se endereza.

—Oficial O’Connell —dice con tono casual—. Me estaba asegurando de que este joven doctor reciba la atención de la realeza como se merece.

Asiento.

—Lo esperan en cinco minutos para la entrega de certificados, señor.

Nicholas se gira hacia Archie.

—Ha sido un placer conocerte, doctor Archie. Espero que me envíes la invitación a la fiesta de graduación cuando acabes la carrera.

La cara del niño se ilumina.

—¿En serio?

—Por supuesto. Promesa real. —Nicholas cruza los dedos sobre su corazón, lo que provoca otra risita en Archie, y se encamina con renuencia hacia el evento principal.