Un Sustituto Improbable (Dilemas Improbables 3) Capítulo 12
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Capítulo 12

Capítulo Doce

Eoin

El corazón de Australia es de color carmesí.

Bajo un cielo tan virulento que con solo mirarlo se llenan los ojos de lágrimas, el desierto rojo se extiende en todas las direcciones.

Y el calor es un puñetazo en toda la cara.

No es de extrañar que los primeros exploradores europeos que intentaron atravesarlo cayeran como moscas.

Anoche volamos hacia Alice Springs, un pueblo en medio de la nada que ni siquiera debería existir. Cuarenta grados a la sombra y los lugareños van por ahí como si nada.

—¿Cuándo se les habrá ocurrido a los consejeros reales la feliz idea de hacer una parada en la zona más calurosa de Australia en pleno verano? —dice Singh alargando las palabras.

—Nunca me había planteado la posibilidad de morir por combustión espontánea como una amenaza para la seguridad —comenta Malcolm, muy serio—. Según mis cálculos, la probabilidad de que un agente de protección sufra un golpe de calor es del treinta y cuatro con dos por ciento.

Nos hallamos reunidos en la sala de conferencias del hotel. El aire acondicionado tiene todos mis respetos por batirse en duelo, gallardo, con el horno del exterior.

A través de la ventana veo a los manifestantes que se han congregado en la puerta del hotel.

Hay más cantidad que por la mañana, unos cincuenta, con pancartas caseras que mueven de arriba abajo.

Incluso a cierta distancia distingo las inscripciones: «NO ES MI REINA» y «FUERA CORONAS DE TIERRAS USURPADAS».

Si bien la Policía local los mantiene detrás de la barrera, los cánticos se escuchan desde aquí.

¿Qué pensará Nicholas al ver los carteles? Se me viene a la mente lo que me dijo en el coche tras el ataque: «¿La formación como agente de seguridad incluye consejos prácticos sobre qué hacer con gente que está en todo su derecho a odiarte porque tus antepasados usurparon sus tierras?».

Su voz evidenciaba su habitual deje socarrón, pero sin duda contenía algo más.

¿Será que, dentro de su egoísmo, de vez en cuando tiene algún arranque de empatía, como con el koala lastimado? También tiene una vena temeraria, y el incidente con la raya es ejemplo de ello. Y su arrogancia…

—¿Sigues aquí, O’Connell? —pregunta Cavendish.

Joder.

Los ojos de todos mis compañeros se posan sobre mí.

—Sí, aquí estoy —contesto con voz ronca.

¡Jesús! Ya estoy de nuevo analizando los estados de ánimo del príncipe Nicholas como si fueran de mi incumbencia.

Como si me importara que su egoísmo tenga capas, que su arrogancia esté encubriendo algo más. Mi trabajo es que siga respirando, descubrir quién supone una amenaza para él, no intentar comprenderlo.

Cavendish despliega un mapa sobre la mesa.

—Comprobemos la disposición del festival Villancicos a la Luz de las Velas. Davis, ¿qué novedades hay sobre el perímetro de seguridad?

Davis hojea sus apuntes.

—Las autoridades locales han confirmado que habrá patrullas adicionales en el exterior. Todos los puntos de acceso estarán monitorizados.

—También se necesitan observadores en los tejados —añade Cavendish.

Estudio la distribución. Nos enfrentamos a una doble amenaza: un grupo en la sombra que tiene como objetivo a ciertos británicos, y los lugareños que preferirían que nos fuéramos con nuestra música de vuelta a Inglaterra.

Y eso solo son las amenazas perceptibles.

Si añadimos a un príncipe que trata su propia seguridad como algo opcional, y a un posible traidor entre nosotros…, sí, es normal que esté más tenso que un resorte.

La charla con Pierce de esta mañana no fue bien. Noté su frustración en cuanto admití que seguía sin tener pistas claras sobre los espías.

—Esta gente está cada vez más cerca, O’Connell —dijo—.

Según Inteligencia, la actividad ha aumentado, se han encontrado las mismas frases en código en los mensajes interceptados y movimientos inusuales de dinero.

Tiene que encontrar al posible espía antes de que el príncipe pague el precio de nuestro fracaso.

Observo los rostros de mis compañeros en busca de señales: un tic nervioso, un bulto que pueda llegar a ser un teléfono secundario, alguien que pregunte con demasiado interés sobre los cambios de la agenda.

En Cairns me dediqué a registrar las habitaciones de hotel de cada uno de ellos cuando estaban de guardia.

No encontré nada incriminatorio más allá de la alarmante colección de proteínas en polvo de Davis, la de crucigramas de Cavendish y una botella de aceite para masajes en la habitación de Singh con la etiqueta «para uso profesional» en la que preferí no centrarme demasiado.

Si alguno de ellos es el infiltrado, lo saben esconder muy bien.

—Esta tarde tenemos el evento Flying Doctors para recaudar fondos. —Blake da un golpecito con su boli sobre el plano—. Hay cinco posibles puntos de acceso. ¿Cómo nos organizamos, Rick?

Cavendish se rasca la barbilla y responde:

—Habrá que bloquear las entradas secundarias. Serían demasiadas variables.

—El equipo médico necesitará acceder —señala Malcolm sin quitar la vista del ordenador—. Y habrá una demostración de un helicóptero aterrizando.

—Hablaré con el piloto sobre los vectores de aproximación —dice Davis.

Cavendish le echa un vistazo a su reloj.

—Su alteza debe marchar al desayuno con el alcalde en cinco minutos. Singh, MacLeod, el primer turno es vuestro. Quiero que los demás planifiquéis puntos de extracción alternativos para el evento de mañana por la noche. Necesito más opciones en caso de que algo salga mal.

Regreso a mi habitación en cuanto acaba la reunión.

Libro hasta la tarde, por lo que debería aprovechar para recuperar el sueño perdido o para comprobar los protocolos de seguridad.

En cambio, me paseo de arriba abajo en el limitado espacio de la habitación catalogando cada interacción que he tenido con mis compañeros e intentando dilucidar si me he dejado algo importante.

Al rato, mi mente se dispersa hacia la imagen del príncipe Nicholas al quitarse el traje de neopreno, con su cuerpo esbelto y musculoso, y su piel tersa. Esas gotas de agua que le caían por el pecho, y la forma en que el neopreno iba bajando hasta revelar…

Joder. Necesito desterrar ese pensamiento de mi mente.

Concentrarme en pensar quién querría verlo muerto.

Sacudo la cabeza con violencia, por ver si de ese modo se me acomodan los tornillos sueltos.

Decido llamar a Malachy para ver qué tal está.

Al menos ya no tengo que esconder el nombre de mi protegido. Después del incidente en el aeropuerto de Sídney, me envió un mensaje con un vídeo donde escoltaba al príncipe junto con las siguientes líneas:

¡No jodas! Mi hermano de niñero de la aristocracia. ¿También te toca hacerle la reverencia?

En un principio me alarmé porque estoy acostumbrado a trabajar de incógnito. Pero está claro que cuando proteges a una figura pública es imposible evitar que descubran a qué te dedicas.

Apoyo mi móvil personal en el escritorio para llamar por FaceTime. Mientras espero que entre la llamada, me paso la mano por el pelo de forma distraída.

—Mira a quién tenemos, a mi hermanito desde las antípodas —dice Malachy en cuanto su rostro llena la pantalla—. ¿Cómo llevas lo de salvarle el culo a la realeza?

¿Cómo le contesto a eso?

—Está siendo… interesante. Todo un desafío.

—¿Para cuándo la camiseta de «Mi hermano protege a ricachones engreídos»? La quiero en verde.

—Me parto.

—¿Dónde estás?

—En Alice Springs, un sitio en la mitad de Australia. —Giro el teléfono y lo apunto hacia la ventana para que vea la cantidad de tierra roja que se extiende hasta el horizonte.

—¡Jesús! —dice Malachy con la respiración entrecortada—. Es impresionante.

—¿A que sí? —Vuelvo a girar la cámara hacia mí—. ¿Qué tal todo por casa?

—Igual que siempre. Trabajo, fisio, intentar batir mi marca personal al subir por la puta rampa del centro comunitario. —Se encoge de hombros—. Nada tan emocionante como tus hoteles de cinco estrellas y tus jets privados.

La culpa que siempre me acompaña es una piedra en el estómago. «Debí haber sido yo». Es un pensamiento que me persigue desde hace doce años, desde el día en que el edificio se derrumbó. Si yo hubiera estado en casa, si yo me hubiera quedado atrapado entre los escombros…

Pero no fui yo, sino mi hermano pequeño.

—¿Estás ahí? ¿O es que el calor te dejó frito el cerebro? —Su voz me devuelve a la realidad.

—Ni que hubiera tanto para freír —contesto—. ¿Qué tal la nueva liga de baloncesto?

Su rostro se ilumina.

—Fenomenal. El finde pasado hicimos papilla al Belfast Tigers. ¡Si me hubieras visto! Marqué más tantos que todo el equipo junto.

—Siempre alardeando —digo sin poder evitar sonreír.

—Alguien tiene que compensar tu falta de personalidad. —Su sonrisilla se transforma en un gesto más serio—. Te veo cansado, Eoin. ¿Va todo bien en el trabajo?

Dudo.

—Sí, bien. Es complicado. —Inclino levemente el teléfono para que pueda observar a los manifestantes en la distancia—. Tenemos que lidiar con protestas antimonárquicas en la gira, y eso complica la seguridad.

Malachy entrecierra los ojos.

—Los apoyo. La gente estará harta de ver a nobles sonrientes cuando sus comunidades se mueren de hambre. —Su voz adquiere ese tono que utiliza en las discusiones sobre política.

—Bueno, en todo caso es complicado —repito, con cero ganas de profundizar en el asunto. Malachy está en todo su derecho de tener opiniones antisistema. Después de todo, el sistema nos falló de la peor manera—. ¿Y el trabajo cómo va?

Pone los ojos en blanco.

—Menuda sutileza la tuya, Eoin.

No volvemos a tocar cuestiones espinosas.

Me cuenta que la tía Siobhan ha vuelto a querer emparejarlo con su amiga del club de lectura y que la enemistad con el vecino de arriba, al que le da por practicar bailes irlandeses a medianoche, continúa.

Para cuando colgamos, el nudo que tengo en el pecho se ha aflojado un poco.

Me quedo contemplando la pantalla en blanco. Malachy nunca se queja. Ni del dolor que aún padece ni de los sueños que hubo de abandonar. De alguna manera, eso me hace sentir aún más culpable.