Un Sustituto Improbable (Dilemas Improbables 3) Capítulo 11 #3
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Capítulo 11 #3

—Bueno, entonces he de considerarme un afortunado. —Le ofrezco mi sonrisa aristocrática más encantadora—. Una experiencia verdaderamente única.

El guía asiente y señala el interior del barco.

—Tiene el vestidor bajo cubierta, Alteza. Zarparemos hacia la costa en unos veinte minutos.

—Entonces, me cambio y vuelvo enseguida —contesto.

Por desgracia, O’Connell me sigue hacia el vestuario, lo que significa que nos quedaremos a solas.

No augura nada bueno.

Cierra la puerta con fuerza.

—¿Tiene idea…? —gruñe en voz baja.

—¿De lo afortunado que soy por haber visto a una criatura magnífica tan de cerca? —acabo por él al tiempo que llevo la mano a la espalda para bajarme la cremallera del traje—. Sí, lo sé. Me aseguraré de mencionarlo ante la prensa.

—Se ha expuesto al peligro de forma deliberada. —Tanto aprieta la mandíbula que hasta veo cómo le tiembla un músculo bajo la barba incipiente.

Bien. Era justo lo que quería antes, poder vislumbrar su verdadero yo debajo de toda esa capa de profesionalidad. Que me mostrara que las provocaciones eran capaces de generar una emoción en él.

Aun si la emoción que le provoco es el deseo de estrangularme.

—Era un riesgo calculado. —Me paso la toalla por el pelo, lo que sin duda me despeina por completo. No es la imagen de príncipe azul que se espera de mí, pero a la prensa amarilla también le interesan esos momentos en que «el príncipe Nicholas es como cualquiera de nosotros».

Lo miro con la misma intensidad, sin dejarme amedrentar por su presencia física, que es la personificación de la censura.

—No corría un verdadero peligro.

—No le corresponde a usted decidirlo. —Ahora percibo lo mucho que le está costando contenerse, refrenar la rabia—. Mi trabajo es protegerlo, lo que me resulta complicado cuando se empeña en ir en mi contra.

—Tómalo como una prueba de tus reflejos. —Le ofrezco una sonrisa que está a medio camino entre encantadora y exasperante—. Te funcionan de maravilla, por cierto. Una respuesta más que rápida.

Se le oscurece el rostro aún más.

—Esto no es ninguna broma.

—¿No lo es? —Bajo la voz para que esté al mismo nivel de intensidad—. Toda mi existencia se orquesta de manera que sea apta para el consumo público. Cada riesgo se analiza, cada variable se controla. Jamás podrías entender lo que es eso.

Una emoción le atraviesa el rostro, y no se trata de empatía precisamente.

—Tiene razón. No puedo entender que elija arriesgar su vida por un momento de adrenalina sabiendo que hay gente que… —Se interrumpe a sí mismo con una sonora exhalación antes de continuar—. Cuando su seguridad afecta a tantas personas.

Siento una momentánea punzada de culpabilidad, pero me la trago.

—Por favor, ahórrame el sermón sobre la Corona y el pueblo. —Me giro para ocuparme de liberar los brazos del traje de neopreno—. Sé cuál es mi posición. Lo sé perfectamente. Aunque supongo que debería tomar como un cumplido que te dediques con tanto esmero a preservar mi existencia.

En cuanto vuelvo a mirarlo, me observa como si valorara si vale la pena las úlceras que este trabajo le ocasionarán.

—Mi trabajo es mantenerlo a salvo —dice, por fin.

—Y el mío que me exhiban como una marioneta sonriente que saluda cuando se lo ordenan. —Logro quitarme el traje hasta la altura de la cadera—. De vez en cuando me gusta recordarme a mí mismo que aún puedo tomar mis propias decisiones.

—Hay una diferencia entre ser independiente y ser temerario.

—Vicisitudes de ser el heredero de repuesto. —Me encojo de hombros antes de anudarme la toalla alrededor de la cintura—. Se espera de nosotros que seamos lo bastante imprudentes como para ser interesantes, pero no tanto como para correr verdaderos riesgos.

Su expresión se mantiene rígida.

—La próxima vez, aténgase al protocolo de seguridad. —Me perfora con la mirada—. Señor —añade en el último momento.

O’Connell ha logrado dominar el arte de hacer que «señor» suene a palabrota encubierta. Es fascinante.

Debería recomendarlo para diplomático. No me quiero ni imaginar qué magia podría obrar con frases como «su excelencia».

—Por supuesto, oficial O’Connell —respondo con una sonrisa—. Ahora, si me permites, tengo que terminar de cambiarme. A no ser que te interese echarle un vistazo a las joyas de la Corona, ¿te parece si continuamos esta conversación tan fascinante cuando me haya vestido?

Mientras O’Connell se lleva su altanería a otra parte, vuelvo a la tarea que tenía entre manos, que consiste en bajarme el traje un poco más.

El sonido de sus movimientos se interrumpe, y al alzar la vista veo a lo paralizado en la puerta, con la boca semiabierta, como si quisiera soltar una última regañina.

Sus ojos descienden hasta mi torso desnudo por un brevísimo instante antes de volver a recalar en mi rostro. Luego, los desvía de inmediato al tiempo que un rubor asciende por su cuello. El golpe con el que cierra la puerta reverbera en todo el vestidor.

Permanezco inmóvil durante unos cuantos segundos, con la piel enviándome señales, como si el camino por el que transitaron sus ojos hubiera dejado una huella a su paso.

Esto se pone interesante.