Capítulo 11 #2
Debajo, el arrecife de coral es un tapete viviente, con pececillos nadando por alrededor que parecen joyas desperdigadas.
Es como entrar en una realidad paralela. En este reino, soy una criatura más que flota sobre una ciudad submarina milenaria. Una que existe desde mucho antes de que mis antecesores decidieran lucir coronas y proclamar que reinaban por mandato divino.
Al impulsarme hacia delante, peces morados y amarillos se esparcen como confeti. Una estrella de mar de color azul vibrante me tiene tan fascinado que casi me olvido de la existencia de O’Connell. Hasta que me toca el brazo con la mano, un gesto silencioso sinónimo de «mira eso».
Una tortuga marina de rostro imperturbable se abre paso en el agua con sus aletas. Nos acercamos, pero la tortuga continúa su expedición como si fuésemos igual de insignificantes que un alga.
En cuanto desaparece en la lejanía azul, mis ojos se desvían hacia la derecha y el pecho se me oprime al ver lo que se encuentra debajo.
Cuerpo en forma de rombo. Gigante. Deja remolinos de arena allí donde sus aletas alteran el fondo marino.
Una raya.
Se me corta la respiración, lo que provoca que una serie de burbujas se escapen por mi máscara.
La raya se mueve con tanta elegancia que me hace sentir como un títere patoso.
Antes de tomar conciencia de lo que estoy a punto de hacer, respiro profundo y me sumerjo aún más. Mis tímpanos se quejan por la presión, pero me da igual, solo quiero acercarme a esa criatura tan magnífica.
El pulso me martillea a un ritmo que nada tiene que ver con el miedo y sí con sentir, por fin, ¡por fin!, un atisbo de una emoción real.
Sé que las rayas son peligrosas y, sin embargo, eso convierte este encuentro en algo aún más mágico. La cola se arquea en un movimiento grácil, y el veneno de su aguijón se hace patente.
A esta criatura le da igual mi linaje o el orden de sucesión. Soy otra sombra más que le fastidia la mañana.
La raya se curva hacia la izquierda levantando nubes de arena. Las partículas brillan ante los rayos de sol que se filtran y a mí me arden los pulmones de contener el aliento, pero también de algo que puede que se asemeje a la alegría.
La sombra de O’Connell pasa ante mis ojos. Al levantar la vista veo al guía en la superficie, dando golpes al agua, frenético, un gesto universal que indica «¡volved de inmediato!».
La raya cambia de dirección como si presintiese mi presencia.
Estoy a unos tres metros.
Dos y medio. Sus movimientos parecen volverse más deliberados. La criatura es espléndida y atemorizante a la vez.
Una mano fuerte me agarra del tobillo. O’Connell.
Me deshago de su agarre de una patada y avanzo, pero mis pulmones comienzan a enviarme notorias señales de protesta.
Solo cuando la raya se eleva ligeramente y arquea la cola en lo que parece una postura defensiva, permito que O’Connell me arrastre con él. Su agarre alrededor de mi muñeca es como el acero mientras patalea con energía para impulsarnos hacia la superficie.
Asomamos la cabeza al mismo tiempo y, jadeando, intento coger aire antes de quitarme la máscara. O’Connell también se deshace de la suya y, a pesar de que el agua me cubre la visión, noto que respira con dificultad.
—¿En qué demonios estaba pensando? —dice el guía tras aparecer de pronto a nuestro lado—. ¡Eso es una raya toro adulta! Un solo ataque de su cola podría causar un desastre.
O’Connell permanece en silencio, pero cuando lo miro, sus ojos no muestran solo enfado. Están llenos de ira.
Debería sentirme avergonzado. En cambio, me siento vivo.
Continúo alimentando a mis pulmones hambrientos, deleitándome con el sabor de la sal y de la euforia.
—Una criatura magnífica —logro decir, por fin—. ¿Creéis que estaría interesada en un puesto en la corte? Necesitamos a alguien con ese carácter en la Cámara de los Lores.
—Al barco. Ahora mismo. —La voz de O’Connell vibra de furia.
El guía nos mira a uno y al otro antes de anunciar:
—Se acabó la excursión. No quisiera tener que hacerme cargo de algún accidente con un miembro de la realeza.
Si me tiemblan un poco las manos no es por miedo, sino por el sentimiento embriagador que aún me consume.
La mano de O’Connell continúa aferrada a mi muñeca mientras nadamos de regreso al barco. Por un momento pienso en pedirle que me suelte, pero decido no tentar a la suerte y permanezco en silencio.
Me encaramo sobre la plataforma con el traje de neopreno chorreando. El peso de la tela es considerable, pero la adrenalina que aún corre por mis venas hace que me sienta como una pluma.
—¡Una aventura fantástica! —le digo animado al guía, muy consciente de los fotógrafos en la cubierta superior—. Esa raya en particular me dejó impresionado. ¿Es normal que se acerquen tanto a los buceadores?
La sonrisa del guía no llega a sus ojos.
—No, señor. Normalmente prefieren mantenerse a una distancia prudencial. Igual que nosotros —responde enfatizando las últimas palabras. Su amabilidad australiana ha sido reemplazada por un tono que apenas logra esconder su irritación.