Un Sustituto Improbable (Dilemas Improbables 3) Capítulo 11
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Capítulo 11

Capítulo Once

Nicholas

La estructura viviente más maravillosa del mundo se extiende ante mí, con sus tonos brillantes de azul y verde que hacen que las joyas de la Corona palidezcan a su lado.

A pesar del recibimiento «poco entusiasta» que me brindó Australia, el resto de la semana ha sido bastante tranquilo.

Después de pasar unos días en Sídney, volamos hacia el norte, a Cairns, para la inauguración de dos centros comunitarios; ayudé a desvelar una placa conmemorativa de un hecho que ya olvidé, y escuché un discurso del gobernador de Queensland sobre la importancia de la caña de azúcar para la economía que pareció durar unos cuantos siglos.

Ahora mismo sé más sobre la producción de sacarosa de lo que se consideraría razonable para cualquier ser humano.

La excursión de ayer a la selva tropical fue de lo más memorable a nivel visual y de lo más espantoso a nivel físico.

La caminata bajo una humedad agobiante pronto hizo que pasara de «aristócrata impecable» a «objeto sudoroso no identificado».

Un enorme pájaro decidió hacer sus necesidades peligrosamente cerca de mi hombro.

Sin duda, la prensa australiana lo hubiera interpretado como una profecía republicana si la oficial Blake no me hubiera echado a un lado a tiempo.

Ahora me hallo de camino a la Gran Barrera de Arrecifes para dar por terminado el tramo de Cairns antes de dirigirme mañana hacia el desierto, en el centro del país.

—El capitán me ha comentado que atracaremos en cinco minutos, señor, por si quiere ir preparándose para la excursión de esnórquel. —No necesito mirar, reconozco la voz de O’Connell.

Sin embargo, decido girarme para recrearme la vista. Lleva un traje oscuro que se tensa en la zona de los hombros, y el viento presiona la tela contra su torso como si intentase desvelarnos la topografía de cada uno de sus músculos.

Como de costumbre, me mira con intensidad.

El oficial O’Connell es así. Siempre vigilante. Nunca se le escapa nada.

Lo que me irrita profundamente.

Y aun así…

Cada vez que entro a un sitio, mis ojos lo encuentran de forma automática, como si me hubiera tragado una brújula extraña que apunta inequívocamente al irlandés más exasperante del planeta.

Me noto siguiendo sus movimientos y analizando cada pequeño cambio en su expresión, como la manera en que los ojos se le oscurecen al enfadarse, la forma en que aprieta la mandíbula cuando tiro demasiado de la cuerda, cómo se le marca más el acento en esos momentos en que intenta mantener la compostura.

Conozco la cadencia de sus pasos, puedo identificar su silueta en una sala abarrotada, y todo ello antes de que mi mente procese el motivo por el que se me ha acelerado el pulso.

—Gracias, oficial O’Connell —respondo, esta vez serio. Y porque por algún motivo quiero prolongar la conversación, pregunto—: ¿Qué te parece el arrecife?

Me mira a los ojos.

—Es precioso —responde.

Palabras vacías que no significan nada. Me gustaría zarandearlo, exigirle que me dé una respuesta genuina, que me deje entrever los pensamientos que se ocultan tras esos ojos grises de acero.

—Cuesta imaginar que está agonizando —digo—. Un treinta por ciento ha desaparecido. Y otro treinta se ha decolorado.

Se pone a mi lado en la barandilla.

—Ha estado investigando.

Me encojo de hombros.

—Callum hizo un informe exhaustivo. Y, a pesar de lo que todo el mundo cree, de vez en cuando leo algo más que la lista vip de las discotecas y el registro de las apuestas de caballos.

No sé por qué siento la necesidad de que me vea como algo más que el príncipe playboy . No entiendo por qué sus críticas me hacen más daño que los titulares de la prensa amarilla, por qué insisto en continuar con un espectáculo para una sola persona que se niega a aplaudir.

O’Connell se toma su tiempo para responder. Cuando lo miro de reojo, contemplando el horizonte, las líneas de su perfil se marcan en contraposición con el cielo brillante. El viento le ha desordenado el pelo, que suele llevar impecable, lo que le da un cariz un poco más… humano.

—Joder, a veces es todo demasiado abrumador —digo en voz baja. No entraba en mis planes soltarlo, pero ahora que he empezado no voy a detenerme—. El arrecife, la deforestación, el calentamiento global, los derechos de los aborígenes… ¿Cómo podría siquiera empezar a abordarlo todo?

El corazón me va deprisa mientras aguardo su respuesta. Ante el prolongado silencio, giro entre mis dedos el anillo grabado.

¿Por qué le cuento todo esto justamente a O’Connell?

Quizás porque es la única persona a mi alrededor que no busca impresionarme o hacerse una foto conmigo.

O quizás porque, a pesar de todo, sé que su respuesta será auténtica.

Se mantiene en silencio durante tanto tiempo que creo que no va a contestar.

—Hay que empezar con lo que hay —dice, por fin, tan bajo que apenas lo escucho con el ruido del viento y del motor—. Con lo que le echen delante. Es imposible solucionarlo todo, pero eso no significa que no soluciona nada.

Tenía la intención de que su opinión sobre mí mejorara, pero ahora me preocupa haber desvelado demasiado.

—Muy filosófico para alguien que se gana la vida haciendo placajes —respondo, aunque se nota que no va en serio.

La comisura de su labio se curva hacia arriba.

—«Contengo multitudes».

Se me escapa una carcajada por la sorpresa.

—¿Acabas de citar a Walt Whitman, O’Connell?

Se encoge de hombros.

—También se enseña literatura en los colegios de barrios marginales de Belfast.

Hay algo en su tono que hace que lo observe con perspicacia.

¿La mención a Belfast es deliberada? ¿Un recordatorio del vasto océano que separa nuestros orígenes?

¿Acaso ese es el origen de su mirada crítica y de su desagrado?

Sé que la historia de la Corona en Irlanda tiene poco de diplomático y mucho de «lección magistral de cómo hacer enemigos durante ochocientos años».

Logramos fastidiarlo todo, empezando por el idioma y terminando por los derechos sobre la tierra, con una sistematicidad pasmosa.

Pero su desagrado se me hace más personal que histórico. Lo que me da a pensar que sigue juzgándome por el incidente con mi madre.

El ruido del motor del barco ya no es constante. La repentina desaceleración me tiene agarrándome más fuerte a la barandilla.

—Creo que estamos aproximándonos al área de esnórquel, señor. Debería prepararse.

Asiento. Nuestro breve momento de conexión se ha disuelto como sal en aguas tropicales.

—Te sigo, O’Connell.

Nos movemos hacia el camarote principal, donde James consulta algo con el guía.

Sin duda querrá asegurarse de que hasta los peces sepan cuál es el protocolo real.

Como llevo el bañador puesto, lo único que me queda por hacer es quitarme la camiseta y colocarme el traje de neopreno al llegar a la cubierta posterior.

Por desgracia, lo de mantener la dignidad aristocrática se me complica cuando me toca luchar contra lo que viene a ser un calcetín de compresión para el cuerpo. Quien haya diseñado estos trajes no entiende de anatomía humana básica.

—¿Necesita asistencia, señor? —pregunta Singh mientras intento subirme el traje a la cadera.

—No, gracias —logro balbucear con los dientes apretados—. No me dejaré vencer por el neopreno.

Oigo un resoplido ahogado desde el rincón donde O’Connell tironea de su traje de neopreno con irritante eficiencia. Ya lo tiene a la mitad, la parte de arriba colgando de la cintura, lo que deja a la vista unos abdominales en los que se podría rallar queso.

Me obligo a desviar la mirada.

El guía se nos acerca con una amplia sonrisa.

—¡Pues muy bien! Hemos atracado en Parrotfish Cove, uno de los mejores sitios para hacer esnórquel. Tenemos buena visibilidad, de unos treinta metros. Veremos muchas formaciones de coral, peces y, si hay suerte, incluso alguna tortuga marina.

—¿Tiburones? —pregunto.

—Ah, puede que veamos alguno que otro —dice, animado—. Pero no os preocupéis. Los de la zona del arrecife son como cachorritos submarinos.

—Cachorritos submarinos con más dientes de los necesarios —murmuro—. No recuerdo que esa raza en particular saliera en ninguna exposición canina del Crufts.

O’Connell se materializa a mi lado para entregarme la máscara de esnórquel.

Verlo tan sosegado, profesional y atractivo dispara mi irritación.

Le quito la máscara y realizo un escrutinio exagerado.

—Te has asegurado de que no haya medusas asesinas, ¿verdad, O’Connell? ¿La «gestión de depredadores acuáticos» entra dentro del Manual de protección de la realeza ?

—En el capítulo doce. Después de Cómo lidiar con miembros de la realeza complicados y justo antes de Treinta y siete maneras en que los príncipes ponen a prueba la paciencia de su equipo de seguridad —dice con el rostro serio.

Una vez más se me escapa una carcajada súbita. Joder. Me concentro en ajustarme la máscara.

—La correa está torcida. —O’Connell lleva la mano a mi cara sin previo aviso. Sus dedos me rozan el pelo mientras ajusta la correa de silicona con una delicadeza inesperada.

Está lo bastante cerca como para ver motas plateadas en sus ojos grises. Siento algo cálido e imprevisto en el estómago.

¡Por Dios! Esto es justamente lo que no necesito.

Sobre todo cuando estoy embutido en un traje de neopreno con un contingente de periodistas que me observan desde la cubierta superior.

Trago saliva y me obligo a sonreír con suficiencia al tiempo que doy un paso hacia atrás con deliberación.

—O’Connell, si lo que querías era tocarme el pelo, no tenías más que pedírmelo.

Deja caer las manos y, con expresión indescifrable, dice:

—Solo hago mi trabajo.

El guía da unas palmadas para atraer la atención de los presentes.

—El grupo de la realeza entra al agua primero, luego el resto. Recordad no tocar el coral, mantener una distancia de seguridad con todo tipo de vida marina y seguir las instrucciones del guía en todo momento.

Llego medio arrastrándome al borde de la plataforma y me lanzo al agua cálida.

En cuanto mi cabeza traspasa la superficie, el mundo se transforma.