Un Sustituto Improbable (Dilemas Improbables 3) Capítulo 10 #2
24%

Capítulo 10 #2

—Bien visto, O’Connell —dice, con un deje divertido—. Aunque ahora me pregunto si esa observación iba dirigida solo a los koalas.

Joder. No era mi intención soltar una pulla. Las palabras brotaron desde algún recóndito lugar de mi cerebro, uno que parece querer hacer trizas mi distanciamiento profesional.

Debo ceñirme al guion, no estoy aquí para jugar a las indirectas con un miembro de la realeza.

Por suerte, la directora vuelve a centrarse en Nicholas en cuanto nos adentramos en un edificio climatizado.

—Ahora mismo estamos cuidando de varios koalas rescatados de incendios forestales —explica—. A esta pequeñita nos la entregaron muy deshidratada y con quemaduras graves.

Se trata de una koala dentro de un recinto especializado, con zonas del cuerpo chamuscadas, sin pelaje y las patas traseras vendadas. Nicholas se aproxima despacio, y su expresión se suaviza.

—¿Y cómo está? —Su voz es más dulce de lo normal.

—Es una guerrera —responde la cuidadora—. Somos optimistas, creemos que se recuperará del todo, aunque le quedarán algunas cicatrices.

—¿Cómo se llama?

—Le hemos puesto Ember.

Nicholas se agacha.

—Hola, Ember —dice, tan bajo que solo yo puedo escucharlo—. Lo estás haciendo genial. No voy a intentar acariciarte porque no te quiero lastimar, pero tienes que continuar siendo tan valiente como hasta ahora, ¿eh? Te auguro un futuro lleno de eucaliptos a los que hincarles el diente.

Es un momento extrañamente íntimo. No hay cámaras intentando buscar la mejor ubicación ni otros oficiales merodeando. Solo el príncipe conversando con esta criaturita herida.

Cuando doy un paso hacia atrás, Nicholas levanta la vista, alertado por el ruido. Su rostro se transforma de inmediato.

Tras enderezarse, tironea de las mangas de la camisa.

—Bueno, supongo que tenemos que seguir posando para las cámaras, ¿no? —le dice a la directora—. Y no podemos dejar a los tejones esperando. Me han dicho que tienen la agenda apretada.

La directora, que ya se encaminaba hacia la salida, suelta una risita y contesta:

—¡Y tanto! Tenemos un macho bastante gruñón que como se retrase la comida de la tarde se pone muy irascible.

—Igualito que mi tío Rupert. No me diga que los tejones también se quejan de la selección de vinos.

La mujer vuelve a reír, pero no puedo evitar una sensación de desasosiego en el estómago.

Tengo la sensación de haber contemplado a una criatura extraña antes de que saliera pitando a esconderse.

A la salida del centro de recuperación, recibo un mensaje de Cavendish.

Sujeto sospechoso no localizado. Se está analizando el vídeo de seguridad. La policía australiana está comprobando la identidad de los trabajadores de la reserva.

Envío un escueto acuse de recibo antes de ubicarme cerca de Nicholas para continuar el camino hacia el siguiente recinto.

Nada ha cambiado, sigue siendo el príncipe perfecto, contestando preguntas sobre su abuela con la seriedad requerida y eludiendo con autocríticas divertidas las que se refieren a su vida privada.

—¿Que si estoy saliendo con alguien? —se hace eco de la pregunta de un periodista—. Bueno, acabo de vivir un momento de intimidad con una pitón llamada Sheila, así que supongo que eso cuenta. Aunque, entre tú y yo, creo que es de las que le tienen fobia al compromiso.

Cuando posa con dos crías de canguro, las sujeta tiernamente contra su pecho y pregunta sobre la dieta de los canguros wallaby y su hábitat. Los clics de las cámaras se disparan, frenéticos, para capturar la imagen del príncipe afectuoso que palacio desea proyectar.

Ya en el coche de camino al hotel, Nicholas está callado, algo raro en él. Se limita a mirar la ciudad pasar a través de la ventanilla blindada. La oficial Blake va de copiloto, mientras yo me ubico al lado de Nicholas a una distancia profesional.

El silencio incómodo se alarga hasta que el príncipe lo rompe.

—Entonces, ¿me vas a decir qué pasaba? —pregunta, sin quitar la mirada de la ventanilla.

—¿A qué se refiere, señor?

Ahora se gira para mirarme de frente, con expresión indescifrable.

—No te hagas el tonto, O’Connell. Algo sucedió. Los susurros entre los oficiales, el empleado que perseguía Singh… Quiero saber qué ocurría.

Joder. Me cuesta más salirme por la tangente cuando me mira a los ojos de forma tan directa.

Valoro mis opciones. Sé que a Nicholas lo han informado de que se ha reforzado su seguridad tras el caso Matheson-Webley, pero no sabe que Inteligencia sugiere que podría ser el próximo blanco durante esta gira.

Y, por supuesto, no tiene ni idea de mi doble papel como investigador de posibles traidores dentro de su equipo de seguridad.

—Observamos a un individuo comportarse de forma sospechosa —digo, por fin.

—¿Y?

—Desapareció antes de que pudiésemos interrogarlo.

Nicholas entrecierra los ojos.

—Qué casualidad, ¿no? Imagino que el equipo sabe cómo rastrear a individuos sospechosos que desaparecen de repente.

Su razonamiento me recuerda que debajo de su encanto ensayado y su frivolidad deliberada se esconde una persona bastante perspicaz.

—Se está analizando el vídeo de seguridad —respondo—. Identificaremos al sujeto y determinaremos si es una amenaza real para su seguridad.

—¿Tú crees que lo es?

Lo miro a los ojos.

—Sí —contesto.

Se queda paralizado. Por un momento se lo ve realmente alarmado. Luego, vuelve a entrecerrar los ojos.

—¿Se trata de los manifestantes antimonárquicos o es otro grupo?

—Prefiero no especular.

—Ya, claro. —Se recuesta en el asiento irradiando frustración—. Que Dios me libre de que me mantengan al tanto sobre las amenazas a mi propia seguridad. Después de todo, solo soy el escoltado a quien deben proteger. No necesito saber nada.

—Nicholas… —Su nombre se me escapa de los labios antes de que pueda detenerme. Lleva la vista hasta mí a toda prisa, y me toca aclararme la garganta—. Señor. Existe información fiable que apunta a un aumento del riesgo.

—¿Qué tipo de información?

—No se me permite divulgar los detalles.

—Fabuloso. Yo me limito a sonreír ante las cámaras mientras vosotros jugáis a los espías, ¿verdad?

Su frustración me conmueve de forma inesperada. Frente a mí no está el príncipe refinado que se queja de los protocolos, sino un hombre que se ha dado cuenta de que corre peligro y de que intentan mantenerlo al margen.

Fija sus inquietantes ojos azules en mí.

—Oficial O’Connell, te lo pregunto a ti. No como agente de seguridad, sino como ser humano. ¿Te gustaría que te ocultaran las posibles amenazas contra tu persona?

—No —admito, y la voz me sale más ronca de lo esperado—. No me gustaría.

Enarca una ceja, a la espera de mi respuesta, y dice:

—¿Entonces?

—Su seguridad es nuestra prioridad. —Me acojo al lenguaje protocolario porque no tengo nada más que ofrecerle.

—Vuestra prioridad —repite, sin emoción—.

Pero no la mía, al parecer. Soy otra tarea que gestionar, como mi agenda o mi vestuario.

—Se gira para mirar por la ventanilla, una forma efectiva de dar por terminada la conversación—.

Si en algún momento decides que tengo derecho a saber sobre las posibles amenazas contra mi vida, házmelo saber, ¿quieres?

Recorremos el resto del trayecto en un silencio glacial. Mantengo la mirada hacia adelante, muy consciente de la tensión que irradia el cuerpo que está a mi lado.

Comprendo su frustración. Si estuviese en su lugar, me llevarían los demonios.

Pero no puedo cambiar los parámetros de la misión y tampoco puedo confiar del todo en nadie, mucho menos en los otros agentes de seguridad. Ni siquiera puedo confiar en el propio príncipe, porque podría cometer algún error sin querer y facilitarle la tarea al enemigo.

Cuando estamos a punto de llegar al hotel, me vibra el móvil.

Es un mensaje de Pierce.

Sospechoso identificado. Exmilitar. Creemos que está ligado a la célula terrorista involucrada en el caso Matheson-Webley.

Observo a Nicholas, quien continúa mirando hacia el exterior con el ceño fruncido.

Joder.

La amenaza contra el príncipe ya no es una hipótesis.

Se encuentra en Australia, y ya nos está poniendo a prueba.