Un Sustituto Improbable (Dilemas Improbables 3) Capítulo 10
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Capítulo 10

Capítulo Diez

Eoin

La reserva Wallaby se halla a las afueras de Sídney, rodeada de arbustos y eucaliptos.

Para cuando llegamos a primera hora de la tarde, el sitio es un puñetero circo.

Los medios de comunicación están en todas partes, y los lugareños curiosos asoman la cabeza detrás de la barrera policial como si viesen a Cristo resucitado.

Nicholas baja del coche como si fuera un modelo de revista: pantalones chinos y camisa azul con las mangas semiarremangadas. Las cámaras enloquecen y los flashes se disparan sin cesar.

Tiene el aspecto que se espera de un príncipe: refinado pero no excesivamente esnob, cercano pero sin perder el aura aristocrática.

Todo esto lo sé porque me tragué una charla de veinte minutos entre James y Henrietta, la estilista de Nicholas, en la que debatían si debía arremangarse la camisa hasta el antebrazo o hasta debajo del codo.

Jesús. Nunca pensé que sería testigo de algo semejante en mi trabajo. Ahora resulta que la forma de colocar una manga transmite un mensaje. Lo próximo será ver qué mensaje diplomático se oculta tras los cordones de sus zapatos.

—Míralos —dice Nicholas por lo bajo mientras nos dirigimos en dirección a unos oficiales—. ¿Crees que estarían igual de entusiasmados si un koala visitara una reserva de príncipes?

—No sabría decirle —respondo al tiempo que escaneo la multitud.

—Lo sospechaba. Para eso tendrías que usar la imaginación —contesta.

No, si imaginación tengo. Se me da de lujo idear una muerte dolorosa para cierto príncipe. Aunque he de decir que va un pelín en contra del objetivo de mi misión.

Me contengo para no soltárselo.

Sin embargo, mi lenguaje corporal debe de estar delatando lo que pienso, porque sonríe con satisfacción.

Para distraerme, hago un repaso mental de los protocolos de seguridad y analizo la multitud con exhaustividad exagerada. Cuando vuelvo la vista a Nicholas, me observa con esa mirada divertida que tanto me irrita, como si yo fuese un artista callejero que va pidiendo monedas.

—¿Sabes qué, O’Connell? Existe medicina para esa afección.

—¿A qué afección se refiere? —Mantengo la voz neutral, profesional.

—La que refleja siempre tu cara, a medio camino entre el estreñimiento y la censura. —Sus labios se curvan—. Debe de ser agotador mantener ese nivel de condena durante todo el día.

—Debe de ser agotador tener que desempeñar un papel durante todo el día —contraataco sin lograr frenarme.

Por alguna razón, quiero que sepa que veo «más allá». Quiero que este hombre irritante y exasperante sepa que, aunque el resto del mundo no se dé cuenta, a mí no me engaña.

Una emoción le atraviesa el rostro, pero pasa demasiado rápido como para identificarla. Sus ojos se encuentran con los míos; ninguno de los dos baja la vista.

—He nacido para interpretar este papel, y así me han criado —dice, por fin.

—Y lo desempeña de forma magistral.

Nicholas alza las cejas. Sus ojos azules escudriñan los míos como si estuviese buscando algún rastro de sarcasmo en mis palabras. Abre ligeramente la boca, como si fuera a responder, pero vuelve a cerrarla.

—No te lo puedes ni imaginar, O’Connell —contesta al fin, bajito.

Luego se gira, encuadra los hombros y continúa:

—Vale, prosigamos con la primera parada de la gira circense.

Saludar ante las cámaras, achuchar a la fauna, soltar algo medianamente significativo sobre la preservación de las especies.

Repetir hasta que la monarquía esté a salvo o hasta que un tejón australiano me despelleje, lo que suceda primero.

—A pesar de su sarcasmo, el tono que emplea evidencia una fatiga que parece ir más allá del típico jet lag .

Sin embargo, al mirarlo de reojo, ya lleva dibujada en el rostro su habitual sonrisa noble.

Nos acercamos hasta la directora del centro, una mujer delgada con la piel curtida por el sol.

—Alteza Real, bienvenido a la reserva Wallaby —dice, entusiasmada—. No sabe la ilusión tan grande que nos hace tenerlo aquí.

—El placer es todo mío —responde Nicholas con diplomacia—. Estaba deseando conocer a sus famosos residentes.

La directora conduce a Nicholas por los recintos donde habita la fauna local mientras la prensa los persigue a la desesperada, igual que la gente en las rebajas del Black Friday. Solo que, en vez de sacarse los ojos por unos televisores, lo hacen por unas fotos del príncipe sonriendo.

Yo los acompaño a una distancia prudencial, lo bastante cerca para intervenir si es necesario, pero lo bastante lejos como para escapar de las fotos de la prensa. La oficial Blake flanquea a Nicholas por el otro lado, mientras que el resto del equipo se ubica en el perímetro exterior.

Nicholas hace bien su trabajo. Es algo que, a regañadientes, hasta yo he de conceder.

Despliega su encanto y su ingenio a la par que acribilla a preguntas a los cuidadores sobre los trabajos de conservación, lo que indica que de verdad ha leído el informe.

—¿A su alteza le gustaría sujetarla? —pregunta el cuidador de los reptiles señalando a una pitón enorme enroscada en sus brazos.

Nicholas no se lo piensa.

—Por supuesto. ¿Cómo podría dejar pasar la oportunidad de hacerme una foto con un ser que tiene la sangre más fría que mis exnovias?

La gente ríe y Nicholas recibe la pitón, quien enseguida comienza a enroscarse en su antebrazo.

Desvío la atención al notar que un empleado de mantenimiento que lleva un mono está moviendo equipamiento cerca de una de las entradas de personal.

Algo en sus movimientos me llama la atención.

Son demasiado deliberados, y es muy consciente de nuestra posición.

No deja de mirar a Nicholas y luego su móvil.

Llevo la vista al oficial Singh y señalo al trabajador con un sutil movimiento de cabeza.

Tras devolverme el gesto, comienza a andar en esa dirección.

Sigo sus pasos al tiempo que vigilo a Nicholas.

Hete aquí mi problema: no solo tengo que preocuparme por el comportamiento sospechoso de posibles terroristas, sino por el de mis propios compañeros.

—Es una preciosidad —suelta Nicholas mientras la pitón tantea su espalda—. ¿Cómo se llama?

—Sheila —contesta el cuidador.

—Qué original —responde, fingiendo seriedad.

Continúo vigilando a Nicholas al tiempo que observo al empleado de mantenimiento, que parece estar enviando un mensaje de texto. Singh se aproxima moviéndose de forma casual pero deliberada.

La pitón repta un poco más por los hombros del príncipe.

—Siempre he soñado con tener una bufanda viviente —bromea—. Aunque suelo preferir accesorios que no te estrujan.

—Este tipo de pitones australianas pueden llegar hasta los seis metros —explica el cuidador, orgulloso—. Sheila es muy jovencita, apenas mide dos metros y medio.

El empleado se ha puesto a hablar por el móvil mientras sus ojos permanecen clavados en Nicholas. El instinto me envía un mensaje alto y claro.

Presiono el micrófono de la muñeca.

—Posible amenaza cerca de la entrada este. Hombre blanco, mono azul, uno setenta y cinco aproximadamente, pelo marrón. Comportamiento sospechoso.

Oigo la voz de Cavendish entre chasquidos.

—Recibido. La policía federal lo va a interceptar.

Antes de que puedan llegar a él, el empleado ve a Singh acercarse y, de inmediato, desaparece por la entrada de personal. Singh acelera el paso y lo sigue.

El cuidador se inclina con delicadeza para que Sheila regrese a sus brazos. Nicholas le entrega la pitón con una reverencia exagerada, con lo que se mete a la multitud en el bolsillo.

Cuando el cuidador se retira para devolver a la serpiente a su recinto, Nicholas se me acerca y coloca el cuerpo de espaldas a la prensa. Su sonrisa sigue intacta para las cámaras, pero sus ojos permanecen atentos.

—¿Todo bien, oficial O’Connell?

—Comprobaciones de rutina, señor —respondo—. Nada de lo que deba preocuparse.

Entrecierra los ojos ligeramente, pero lo deja pasar, y sigue a la directora hacia el área de los koalas, un sitio donde han construido una especie de plataforma.

Dos cuidadores los esperan, uno de ellos sujeta a un koala con cara de dormido.

—Este es Gumby, uno de nuestros embajadores —anuncia la directora.

Nicholas se sube a la plataforma y el cuidador deposita el animal en sus brazos. Este se agarra a su camisa al instante y mira al príncipe parpadeando con lentitud.

—¡Hola! —dice Nicholas con ternura—. Pero qué guapo eres, ¿eh?

Las cámaras enloquecen una vez más; es un frenesí por hacerse con la mejor foto de portada del príncipe británico haciéndole arrumacos al marsupial favorito de los australianos.

Debo admitir que se lo ve realmente contento de tener al animal en sus brazos. Al contemplar a Gumby, su rostro expresa una dulzura que no le he visto antes.

—Le cae bien —dice el cuidador.

—Menudo honor —responde él y, por una vez, su sonrisa parece auténtica.

Me aprovecho de la paz momentánea para volver a hacer un barrido de la multitud en busca de alguna pista del empleado de mantenimiento.

Nada.

Pero el mal presentimiento no se me quita.

Una vez los fotógrafos tienen suficientes fotos como para empapelar el palacio de Buckingham, y el koala ha vuelto con su cuidador, la directora nos conduce a una zona de rehabilitación alejada del circo mediático que no está abierta al público.

—¿Sabías que en realidad los koalas son superagresivos? —me dice Nicholas mientras camino a su lado—. Esas caritas adorables son la estafa más grande que ha creado la naturaleza.

—No sabía que era experto en koalas —respondo.

—Lo ponía en el informe que elaboró el príncipe de Gales. Me llamó la atención que, por más que parezcan ositos de peluche, de repente pueden tener un ataque de violencia. Y las mordeduras pueden provocar infecciones graves.

—Hay que tener mucho cuidado con un exterior atractivo que esconde un carácter belicoso —contesto.

Nicholas me mira y sus ojos se agrandan. Se ríe, y esta vez no es su típica risa controlada. Es un sonido que parece escapar como si lo hubieran liberado tras vivir en cautiverio.