Capítulo 9
Capítulo Nueve
Eoin
La pista del aeropuerto internacional de Sídney me recuerda a los típicos preestrenos de películas que salen en la tele. Con el flash de las cámaras en plan luces estroboscópicas, vehículos diplomáticos perfectamente alineados y gente apiñándose tras las barreras de seguridad.
Todos quieren ver al príncipe Nicholas, el hombre más insufrible del planeta.
Por supuesto, nadie es consciente de esto último. Lo único que ven es al príncipe apuesto, al segundo en la línea de sucesión al trono del Reino Unido que mueve las manos a modo de saludo real tras descender de la escalera del avión.
Escaneo la multitud y catalogo los rostros, los movimientos, las posibles amenazas.
Por desgracia, el sol de Australia está en su máximo apogeo, por lo que mi traje oscuro que camufla un chaleco antibalas se convierte al instante en una sauna, y el sudor atraviesa las capas de Kevlar. Menos mal que he metido bastantes desodorantes en la maleta.
A Nicholas parece no afectarle este calor asfixiante. Mantiene una postura perfecta bajo su traje gris claro entallado, ofrece sonrisas a diestro y siniestro, y saluda a los dignatarios que lo esperan como si estuviese de lo más descansado, lo que resulta irritante.
La gobernadora general de Australia. El alto comisionado británico. Otros funcionarios locales cuyos nombres se me pierden en una bruma de títulos diplomáticos y formalidades bañadas en sudor.
—Alteza Real, bienvenido a Australia —saluda la gobernadora general extendiendo la mano.
—Gracias por esta cálida bienvenida —responde Nicholas—. Es todo un placer estar en Australia representando a su majestad.
A simple vista, Nicholas siempre parece sereno y relajado durante los compromisos reales.
Pero he estado observándolo lo suficiente para saber reconocer esos pequeños detalles que indican verdadera calma, como cuando habla con su hermano.
Al cumplir con las obligaciones de la Corona, su sonrisa denota una leve rigidez, hay tirantez alrededor de sus ojos, y se lleva los dedos a su anillo de forma inconsciente.
A mi derecha, Rick Cavendish habla por el micrófono de su muñeca.
La mitad del equipo viajó junto a él con antelación para organizar el protocolo de seguridad antes de la llegada del príncipe.
Por desgracia, no fui uno de los elegidos para dicha misión, con lo que me tocó soportar las veinticuatro horas de avión con su Gilipolleza Real.
La oficial Blake custodia de cerca el lado izquierdo de Nicholas mientras Singh escanea el perímetro exterior. También se encargan de la seguridad exterior unos agentes de la Policía Federal australiana.
Que nos hayamos vuelto a reunir todos los del equipo, lejos de tranquilizarme, me pone más en alerta.
Porque la Inteligencia de Scotland Yard sugiere que uno de ellos es un traidor.
Tener buenos instintos ha sido siempre motivo de orgullo para mí. He perdido la cuenta de las veces que he salvado el pellejo gracias a mi habilidad para analizar a las personas, para percibir cuando algo no va bien.
Sin embargo, en esta misión el instinto me está fallando.
Nicholas avanza en la línea de bienvenida como una máquina de protocolo real bien aceitada: caminar, sonreír, apretón de manos, cumplidos, caminar, repetir.
Deben de dolerle los dedos de estrechar tantas manos, y aun así su sonrisa sigue intacta.
—Recuérdame traer protector solar la próxima vez que me toque estar en una pista con una temperatura similar a la de la superficie solar —dice bajito mientras nos movemos en dirección a la comitiva que nos espera.
No respondo. Me concentro en escanear a la multitud. Un hombre con un teleobjetivo cambia de posición muy rápido. Lo sigo con la mirada hasta confirmar que es parte de la prensa, no una amenaza.
—Veo que continuamos la fascinante tónica del avión —añade por lo bajo—. Refrena un poco tu entusiasmo, O’Connell. Tanta vehemencia me empieza a agobiar.
—Solo hago mi trabajo, señor —respondo impasible.
Es una frase que le repito con frecuencia. ¿Debería tatuármela en la frente?
Sus fríos ojos azules se encuentran con los míos.
—Y lo haces con un fervor inusitado.
Pierce me advirtió que agachara la cabeza y no le llevara la contraria al príncipe. Pero, ¡Jesús!, después de estar encerrado en un tubo metálico con su alteza durante veinticuatro horas, estoy a nada de decirle por dónde se puede meter su coronita.
Dedico cada ápice de autocontrol que me queda a no cogerlo por las solapas de su traje caro y soltarle lo que pienso de los capullos privilegiados, sobre todo los que convierten a sus guardaespaldas en un blanco para practicar su ingenio aristocrático.
Un movimiento entre el gentío hace que enfoque mi atención en lo que importa.
Varios individuos se aproximan, y no se trata de las típicas abuelitas que agitan las banderas ante un miembro de la realeza.
Estos son manifestantes que se acercan en masa hacia las barreras de seguridad coreando cánticos a viva voz.
Uno de ellos, a hombros de otro, despliega un enorme cartel que reza: «DESCOLONICEMOS LA CORONA».
El resto da puñetazos contra las barreras de metal, que se sacuden con cada impacto.
Noto la tensión en los policías, que se llevan la mano a la porra como si temiesen que la situación pudiera torcerse en cualquier momento.
Entonces la veo. Una mujer vestida de azul que se separa del grupo principal. Mete la mano en el bolso, y mi instinto me envía señales claras.
El miedo me atenaza la garganta.
—Mujer, camisa azul, viene hacia nosotros —informa Singh a través de los auriculares.
En cuanto la veo extraer algo de su bolso, me pongo en movimiento.
Paso un brazo por la cintura de Nicholas. Con la mano libre ejerzo presión en su pecho y giro los cuerpos de forma que sea mi espalda la que reciba el posible impacto.
Siento un golpe en mi omóplato. Algo frío y húmedo atraviesa mi traje y llega hasta mi piel.
Pero eso no me preocupa. Todos mis sentidos cobran vida al tener a Nicholas en mis brazos, pecho contra pecho, perfectamente encajado en la protección que le brinda mi cuerpo. Respira, sobresaltado, y su cálido aliento me cosquillea el cuello mientras su corazón palpita bajo la palma de mi mano.
Tomo nota de cada detalle con la misma precisión que usaría en la escena de un crimen: pulso acelerado, respiración laboriosa, músculos en tensión.
Solo que, esta vez, yo también lo siento.
Inspiro el aroma de su perfume caro al tiempo que sus dedos se aferran a mi chaqueta.
Se aparta lo suficiente como para que nuestras miradas se encuentren.
Sus ojos se han abierto considerablemente, pero en ellos solo percibo sorpresa, no miedo.
Vuelvo a la realidad en cuanto nos vemos rodeados por el equipo de seguridad.
Bajo la vista. Uno de sus zapatos está salpicado de gotas rojas y, por un instante, creo que uno de nosotros está sangrando antes de caer en la cuenta de que se trata de pintura.
Esa mujer debe de haber lanzado un globo con pintura.
—La tenemos. —La voz de Cavendish me llega a través del auricular—. Extraed al príncipe de inmediato.
—Nos tenemos que ir —le digo a Nicholas.
Sin esperar respuesta, lo muevo para continuar protegiéndolo con mi cuerpo, con una mano en la zona baja de su espalda, y lo guio a través del caos.
Nos espera un todoterreno negro con el motor en marcha. Blake sujeta la puerta con su arma preparada. No es hasta que Nicholas está dentro, a salvo, que me permito respirar.
Al sentarme a su lado, mi traje deja una estela de pintura roja sobre el cuero impoluto mientras el coche comienza a rodar.
—Me da que el rojo no te favorece, O’Connell —dice Nicholas con su típico deje aristocrático. Pero ha comenzado a girar su anillo grabado, lo que indica que no está tan relajado como quiere hacer creer.
—Nunca me ha gustado el rojo. —Me quito la chaqueta para inspeccionar las manchas de pintura—. Aunque lo normal es que nadie se tome la molestia de preguntarme cuáles son mis colores preferidos antes de arrojarme proyectiles.
Nicholas suelta una risa aguda que se corta de forma abrupta, como si el sonido le hubiera tomado por sorpresa.
Poco a poco, el coche se abre paso entre los manifestantes que traspasaron las barreras de seguridad.
La ira es una fuerza física que golpea contra nuestro santuario blindado. «DESCOLONIZACIÓN YA», reza una de las pancartas. «FUERA CORONAS DE LAS TIERRAS USURPADAS», dice otra que ostenta un burdo dibujo de una corona tachada con rojo brillante.
Un grupo de estudiantes corea un cántico con furia al tiempo que ondea una serie de carteles: «MONARQUÍA = SUPREMACÍA BLANCA», «¿POR QUÉ CELEbrAMOS 250 AÑOS DE GENOCIDIO?», «¡ MAKARRATA YA!».
Una simple pregunta resulta de lo más efectiva: «¿POR QUÉ ESTÁIS AÚN AQUÍ?».
Es una rabia familiar que me recuerda a las calles de Belfast donde solíamos escribir con aerosol «FUERA brITÁNICOS» en todas las paredes. Personas distintas, continentes diferentes, pero el mismo denominador común.
La Corona.
Nicholas observa a los manifestantes en silencio a través de los cristales blindados. Su rostro permanece impávido, si bien continúa girando su anillo.
Cuando por fin llegamos a la autopista, los manifestantes solo visibles en el retrovisor, Nicholas se inclina hacia mí y, en voz baja, dice:
—Oficial O’Connell, ¿la formación como agente de seguridad incluye consejos prácticos sobre qué hacer con gente que está en todo su derecho a odiarte porque tus antepasados usurparon sus tierras?
La pregunta me pilla desprevenido. Su tono tiene ese matiz sardónico habitual, pero subyace una emoción que casi podría ser incertidumbre.
—Los protocolos de protección no incluyen eso —respondo con cautela.
—Muy mal. Me parece una enorme negligencia.
La ironía es tan palpable que hasta podría tocarla. ¿Un príncipe del Reino Unido pidiendo consejo sobre resentimientos coloniales a un católico de Belfast?
El universo debe de estar partiéndose de la risa en este momento.
—Yo le aconsejaría que los escuche. —Las palabras brotan sin pedir permiso—. Aquellos que sienten que no se les da voz suelen gritar con más fuerza.
La sorpresa le atraviesa el rostro y parpadea. Por una vez, no es capaz de soltar una ocurrencia.
Nos miramos el uno al otro durante unos segundos. Luego, se gira para continuar contemplando el exterior a través de la ventanilla con el rostro serio.
¿Qué cojones acaba de suceder? ¿De verdad le preocupan los manifestantes o era una interpretación más de las tantas que forman parte del príncipe Nicholas Alexander?
«Cuando alguien te muestra quién es, créetelo».
Es lo que solía decir mi padre.
El trato desalmado que tuvo para con su madre debería ser suficiente para recordar quién es este hombre en realidad.
Siempre es más fácil ser amable con los desconocidos, porque sabemos que los seres queridos al final nos perdonarán.
Me froto la sien al notar el comienzo de un dolor de cabeza. Esta misión me va a trastocar el cerebro. No estoy aquí para psicoanalizar al príncipe o descubrir al hombre que se oculta detrás de la corona. Estoy aquí para identificar cualquier irregularidad en su equipo de seguridad.
Tengo que recordarlo.