Un Sustituto Improbable (Dilemas Improbables 3) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

Como si los terroristas fueran a saltar de las paredes para atacarme.

—Oficial O’Connell —lo llamo. No negaré el placer que me produce la ligera tensión en sus hombros cada vez que escucha mi voz—. ¿Sería tan amable de venir un momento?

Aprieta la mandíbula mientras se aproxima, y se detiene en lo que calculo debe de ser la distancia reglamentaria exacta desde mi asiento.

—¿En qué lo puedo ayudar, señor?

—¿Sabía que el canguro y el emú forman parte del escudo de armas de Australia porque son animales que no pueden retroceder? El símbolo de una nación que siempre va hacia delante, al parecer.

Parpadea.

—¿Necesita algo?

—Estoy compartiendo información, O’Connell. Es un intercambio cultural. Aunque, por lo visto, será del todo unilateral. —Bebo otro sorbo de whisky —. Aquí tiene otro dato fascinante: en 1932, los militares australianos pelearon contra los emús, ¡y perdieron la guerra!

La expresión no le cambia, pero noto que lleva los ojos a mi vaso un instante.

Supongo que después de soltarle estos datos aleatorios es comprensible que compruebe mi estado de embriaguez.

—¿Los militares perdieron contra unas aves?

¿He despertado su curiosidad o solo me sigue la corriente? ¿Y por qué siento una leve agitación de mi pulso cuando sus ojos grises se enfocan en mí sin su habitual desaprobación?

—Correcto. Al parecer, los emús tenían maniobras tácticas superiores. Muy astuto por su parte. —Agito la copa en sentido circular—. Me pregunto si debería incluir este dato histórico al dirigirme a las Fuerzas Armadas australianas en la base naval de Darwin. ¿Usted qué cree?

O’Connell eleva la mirada un poco por encima de mis hombros.

—Estoy seguro de que tomará la decisión más apropiada cuando llegue el momento —responde.

Me embarga la irritación.

—Eres un poco muermo, ¿sabes? ¿Te entrenan en la escuela de oficiales de seguridad o es un defecto de fábrica?

—¿Hay algo en concreto en lo que pueda ayudar? —Su voz podría congelar el whisky que aún me queda.

—Dime, O’Connell, ¿a qué te dedicas cuando no trabajas como sombra de la realeza? ¿Tienes alguna afición? ¿Algo que te interese? ¿Una media naranja que espera tu regreso?

Se le tensa un músculo de la mandíbula antes de responder.

—Estoy de guardia, señor.

—Hasta tú debes de quitarte la capa de superhéroe en algún momento. ¿Qué haces entonces? ¿Jugar al críquet? ¿Coleccionar sellos? ¿Baile contemporáneo?

Ese es el instante que Emma elige para ponerse a nuestro lado.

Tras girarse hacia O’Connell, se le ensancha la sonrisa.

Le hace ojitos con las pestañas en lo que podría considerarse prácticamente código morse, en plan «SOS: ¡rescátame de este trabajo tan tedioso con ese encanto de irlandés taciturno! ».

Por alguna razón, esto eleva mis niveles de irritación.

—¿Le traigo algo, oficial? —pregunta la azafata.

—No, gra…

—Tráigale agua —interrumpo—. Mantenerse bien hidratado es fundamental para el equipo de seguridad. ¿Verdad, O’Connell?

—El agua me parece bien, gracias —le dice a Emma con tono neutral.

En cuanto se va, me inclino hacia delante.

—Me da que la azafata te encuentra atractivo, O’Connell. Quizás deberías hacerle caso. Puede que te ayude a relajarte un poco.

Su postura se vuelve, si es posible, aún más rígida.

—¿Hay algo en concreto que pueda hacer por usted?

—Solo intento tener una conversación. Es imposible mantener ese silencio estoico que tanto te agrada durante veinticuatro horas.

—Estoy aquí para velar por su seguridad, no para entretenerlo.

Le dedico una amplia sonrisa.

—Al menos siéntate. Tu figura amenazante me agobia y, si te soy sincero, mirarte me va a costar una tortícolis.

O’Connell le echa un vistazo al oficial Singh, y luego a mí. Con una reticencia palpable, se acomoda en el asiento de enfrente.

—Entonces —continúo—, nunca has estado en Australia, ¿no?

—No, señor. —El tono es cortante.

—Te desafío a que utilices más de dos palabras.

Sus ojos, grises y fríos, se encuentran con los míos.

—No, nunca antes he visitado el continente donde se ubica Australia, Alteza Real. ¿Así mejor?

Me río sin poder evitarlo.

—Mucho mejor. ¿A que no fue tan difícil?

Emma regresa con un vaso de agua para O’Connell, y tarda un poco más de lo necesario en colocárselo delante.

—¿Necesita que le traiga algo más, oficial?

—No, gracias —responde sin apenas mirarla.

En cuanto se va, enarco una ceja.

—Despiadado, O’Connell. No tienes corazón.

—¿Esta conversación tiene algún propósito? —El hielo en su voz podría volver a hundir el Titanic.

—¿Acaso todo debe tener un propósito? ¿No podemos charlar como dos adultos civilizados que atraviesan juntos el océano?

—No estamos cruzando un océano juntos. El que lo atraviesa es usted, yo solo estoy trabajando.

Bebo más whisky .

—Dios, mira que eres agotador. ¿Practicas ser tan tedioso o se te da bien de forma natural?

Hay un destello en sus ojos que no me pasa desapercibido: es ira que se apresura a reprimir.

—Si no desea nada más, voy a retomar mi tarea.

¿Por qué no puedo parar? ¿Por qué sigo pinchándolo, intentando provocarlo? Nunca le he hablado así a un guardaespaldas. Trato a Blake, Singh y hasta al exagerado de Davis con cortesía básica, a veces incluso con afecto.

Pero con O’Connell no puedo evitarlo, quiero atravesar ese aplomo exasperante.

¿Será porque me vio perder los papeles? ¿O tiene que ver con la frustración de que desestimaran mi pedido de reemplazo?

Es casi un recordatorio andante del poco control que tengo sobre mi vida.

¿O puede que sea por algo más básico? Está claro que no me soporta, por lo que podría ser una forma ruin de cobrarme venganza.

—Vale. Puedes retirarte, o como se diga. —Hago un gesto con la mano—. Ve a apoyarte contra la pared y a seguir intimidando a la gente. Al menos eso se te da de maravilla.

Se levanta sin mediar palabra y vuelve a su anterior ubicación.

Llevo los ojos a la ventanilla para evitar mirarlo. El sol del atardecer colorea las nubes de debajo con tonos de rosa y dorado. Cuando aterricemos en Sídney, esta extraña sensación de suspensión en el aire se acabará. Habrá dignatarios a los que camelarse, manos que apretar y cintas que cortar.

Vuelvo a sacar el informe de Callum y me fuerzo a centrarme en los compromisos del primer día: visitar una reserva natural y, más tarde, asistir a una ceremonia de bienvenida en la Casa de Gobierno.

Necesito estar preparado, recordar nombres y caras, y temas clave que debo abordar.

No quiero decepcionar a la abuela ni mucho menos a Callum, quien confió en mí para conseguir el apoyo de esta nación.

Una en la que, según parece, el entusiasmo por liberarse de las cadenas simbólicas de mi familia crece a pasos agigantados.

No puedo evitar mirar a O’Connell, de espaldas a mí. Si bien está hablando con Singh su postura se mantiene alerta después de varias horas de viaje.

¡Joder!

¿Por qué cojones no puedo dejar de mirarlo?

Quizás porque no hay mucho más que ver en este avión.

Y porque, pese a su carácter, no voy a negar que alegra un poco la vista.

Esos hombros anchos que se estrechan hasta su cintura delgada…

Su cuerpo es funcional en el sentido de que utiliza su poderío físico de verdad, no para enseñarlo en gimnasios exclusivos o para conseguir seguidores en Instagram.

Incluso ese perpetuo ceño fruncido, de alguna manera, lejos de desmerecer su encanto, lo realza. Es como si hubiese saltado de las páginas de algún libro de literatura irlandesa gótica para convertirse en mi guardaespaldas.

Eoin O’Connell continúa charlando con el oficial Singh y, mientras lo observo, algo se me remueve por dentro.

¿Envidia? Por lo simple que es su propósito en la vida.

Identificar amenazas. Neutralizar riesgos. Proteger al escoltado.

Qué maravilloso debe de ser vivir de forma tan sencilla.

Una existencia muy diferente a la mía, atrapado en los entresijos de ser el príncipe sustituto, entre la trascendencia y la irrelevancia.

Me acabo el resto del whisky y cierro los ojos. Faltan diez horas para aterrizar en Sídney. Diez horas de vivir en un «limbo» antes de ser el foco de atención, esté preparado para ello o no.

Nunca he sentido miedo a volar. Pero mientras dormito, intranquilo, no puedo quitarme la sensación de que caigo hacia un vacío infinito sin algo sólido que frene el descenso.