Capítulo 8
Capítulo Ocho
Nicholas
Doce horas de las veinticuatro que dura el vuelo y aquí estoy, intentando no pensar en que estoy atrapado en esta nave de metal que surca la estratosfera sin posibilidad de escape.
Bueno, si nos ponemos técnicos, hay una vía de escape. Una que implicaría lanzarme a unos once kilómetros de altura sin paracaídas. Una solución un pelín dramática, incluso para mí.
La ventanilla me ofrece una imagen peculiar: la fusión del azul interminable del océano Índico con el azul interminable del cielo, lo que da la impresión de que el avión está suspendido en el vacío.
Una metáfora que le va de perlas a mi estado existencial, ahora que lo pienso.
—Alteza, ¿le apetece algún refrigerio? —La azafata, Emma, si mal no recuerdo, aparece a mi lado con una sonrisa ensayada.
—¿Tienes algo lo bastante fuerte como para que las siguientes doce horas desaparezcan por completo?
Su sonrisa se ensancha.
—Tenemos una excelente selección de whiskies , señor. ¿Puro? ¿Mezcla?
—Sorpréndeme. —Le guiño el ojo—. Me fío de tu criterio.
—Muy bien, señor.
Pillo al oficial O’Connell observándome desde el otro lado de la cabina. Aunque su expresión es impasible, algo en sus ojos sugiere que ha tomado esta interacción como un nuevo ejemplo de mis deficiencias.
Fabuloso.
Las posturas de Singh y Davies, los otros dos agentes que nos acompañan en este tramo del viaje, indican un nivel de prejuicio considerablemente menor al que muestra O’Connell.
Singh conversa con James, mi secretario, mientras Davis parece estar revisando los diagramas de unos edificios en su tablet .
Emma regresa para ofrecerme un líquido ámbar en un vaso de cristal.
—Talisker, dieciocho años, señor. Whisky puro de malta, con mucho cuerpo y notas de sal marina y turba ahumada.
—Me parece ideal para cruzar el océano —digo al tiempo que acepto el vaso—. Gracias, Emma.
Le doy un trago y disfruto del ardor en la garganta. A pesar de ser excelente, ni el mejor whisky escocés puede silenciar la avalancha de pensamientos que me azotan.
El teléfono me vibra con un mensaje de Callum.
¿Qué tal? ¿Cómo va el vuelo? ¿Has podido leer las notas que te preparé? Recuerda leer la de la ceremonia de bienvenida de la gente de los pueblos originarios.
Mi medio hermano, el heredero responsable, asegurándose de que no haga quedar mal a la Corona al otro lado del mundo. No puedo culparlo del todo. Mis antecedentes en cuanto a comportamiento digno son un tanto… dispares.
Como aquel desafortunado incidente en Oxford cuando convencí a la mitad del equipo de remo para que corriera en bolas por la biblioteca durante la semana de exámenes finales.
También está esa Nochevieja en Mónaco en la que aposté con el príncipe Jacques que era capaz de hacer esquí acuático en esmoquin.
O la vez en que, por accidente, prendí fuego a las cortinas de la residencia del embajador danés al intentar encender un cigarro que le mangué a mi tío Albert.
Tenía diecisiete años y me creía James Bond, hasta que empezó a sonar la alarma del detector de humos.
En mi defensa, ¿a quién se le ocurre dejar cortinas victorianas altamente inflamables al lado de un mueble bar? Es llamar a la desgracia.
Aunque prefiero pensar que mi historial ha mejorado desde que me he tenido que convertir en un miembro de la realeza funcional. Y es que ahora, todo lo que hago repercute a gran escala.
Le contesto a mi hermano.
El vuelo bien. Tranquilo, prometo no causar un incidente internacional.
Me responde de inmediato.
Es todo lo que pido. Y, Nicholas…, gracias, de nuevo.
Me quedo mirando esas últimas palabras, y me envuelve una vez más un remolino de emociones: cariño por mi hermano mezclado con un resentimiento constante por ser el suplente, el sustituto al que envían al otro lado del planeta porque el protagonista principal tiene cosas más importantes que hacer.
Abro la tablet y, distraído, me pongo a leer la cobertura mediática de mi gira.
Los titulares son predecibles:
Envían al príncipe Nicholas a las antípodas en un intento por apuntalar la monarquía
El príncipe playboy en el centro de todas las miradas ante su próxima gira por Australia
Nicholas: El príncipe de reserva reemplazará a su hermano
El último titular duele.
Por suerte, no estoy ni cerca de ser una noticia jugosa para la prensa, porque hace unos días el líder del Partido Conservador, Harry Matheson, dio un discurso público sobre los derechos LGBTQ+ y sobre su propia sexualidad en la Cámara de los Comunes.
Todo indica que Harry Matheson y su archienemigo político, Toby Webley, encontraron una forma de lo más interesante para combatir el frío en los bosques fineses mientras escapaban de terroristas armados.
Es casi una comedia romántico-política: Cuando Harry encontró a Toby: un enemies to lovers con un 40 % más de trámites parlamentarios .
La prensa se desespera por obtener fotos de la pareja más despareja del Reino Unido e intercalarlas con clips de sus célebres intercambios verbales en la Cámara, donde se despedazan el uno al otro.
No puedo evitar hacer clic en uno de esos choques.
La vez que Toby Webley criticó la política medioambiental de los conservadores, Harry Matheson respondió: «Quizás si el honorable diputado dedicara la misma energía que pone en gesticular de forma teatral en la elaboración de políticas, su partido podría conseguir algo».
La respuesta de Webley no se hizo esperar: «Prefiero gesticular con determinación antes que mantener una postura tan rígida que me confundan por una figura disecada con peluca».
Comprendo la fascinación de la gente ante la idea de que estos enemigos políticos tengan una relación romántica.
Al rato, me obligo a hacer a un lado los insultos entre Harry y Toby y abro el documento que me envió Callum: setenta y tres páginas con anotaciones sobre historia, política y cultura australianas.
A través de su investigación descubro que los australianos, al parecer, dicen «ah, sí, no…
» cuando quieren decir «no» y «ah, no, sí…
» cuando quieren decir «sí». ¡Fabuloso! Ya me veo aceptando la abolición de la monarquía por culpa de un malentendido lingüístico.
También me entero de que Australia tiene más camellos que Arabia Saudí y que el ex primer ministro, Bob Hawke, batió el récord mundial al beber una yarda de cerveza, algo menos de litro y medio, en once segundos.
Datos fascinantes que, sin duda, me harán quedar como alguien sensible a las diferencias culturales.
Me da vergüenza admitirlo, pero antes de aceptar venir a esta gira no me había detenido a pensar en profundidad sobre las relaciones del Reino Unido con la Commonwealth, que es lo que queda de lo que en su momento fue el vasto Imperio británico.
Esos países que coleccionamos como propiedades del Monopoly a lo largo de la historia.
Aunque en este caso nadie dio su consentimiento para jugar, y nosotros nos inventamos las reglas sobre la marcha.
En quince países de la Commonwealth, entre ellos Canadá, Australia y Nueva Zelanda, se sigue considerando al monarca británico como jefe de Estado.
Leo el resumen de Callum sobre la polémica que gira en torno al Día de Australia, el día nacional que conmemora el desembarco de la primera flota al país y el alzamiento de la bandera británica.
Siento que ahora aprecio mejor lo compleja que es la historia entre el Reino Unido y algunos de estos países.
Porque a pesar de que en Australia es un día festivo, entre los pueblos originarios se lo conoce como el Día de la Invasión.
Llama mi atención un segmento sobre el movimiento republicano en el país: «Las encuestas recientes sugieren que un cuarenta y cuatro por ciento de australianos, aproximadamente, está a favor de la república, mientras que un cincuenta por ciento se opone, y el restante seis por ciento no se decide.
El apoyo es más amplio en el rango de edad de dieciocho a treinta y cuatro, con un cincuenta y dos por ciento a favor de una república.
La inminente gira supone una oportunidad única para valorar si la monarquía sigue siendo relevante en la vida moderna australiana».
Magnífico. Más de la mitad de los jóvenes que voy a conocer desearían que mi familia les hiciese el favor de dejar de ser su jefe de Estado. Esto puede llevar a conversaciones de lo más deliciosamente incómodas.
Veo un enlace a un vídeo relacionado que me parece interesante:
La catedrática Sarah Langton nos explica el legado colonial en la Australia moderna
La miniatura muestra a una mujer de los pueblos originarios con ropa académica dando un discurso en lo que parece ser Oxford.
Hago clic y giro la tablet para ver mejor el vídeo.
La profesora Langton no se anda con chiquitas.
En treinta segundos ha analizado paso a paso la forma en que la extracción colonial de riquezas dio origen a las desigualdades modernas con una precisión quirúrgica que ya quisiera mi antiguo profesor de economía.
Menciona cifras sobre la explotación de recursos que me revuelven el estómago.
«La excusa fácil de haber traído la civilización», dice con una voz autoritaria que me hace empequeñecer, «no tiene en cuenta que se trata de sociedades sofisticadas con sesenta mil años de cultura ininterrumpida que fueron diezmadas tras unas pocas décadas para beneficio propio».
Cuando menciona que los museos británicos aún conservan objetos sagrados que se tomaron sin permiso, objetos que su gente ha intentado recuperar desde hace siglos, me aferro al vaso de whisky con más fuerza de la necesaria.
El fragmento culmina con un estruendoso aplauso por parte de la audiencia. Los vídeos que se ven a continuación muestran que ha escrito tres libros sobre el tema.
Libros que jamás han aparecido en mis listas de lectura de Eton o de Oxford.
Para distraerme de este creciente sentimiento de incomodidad, levanto la mirada hacia el oficial O’Connell. Se ha posicionado cerca del área de cocina con la espalda contra la pared. Sus ojos escanean la estancia de esa forma casi robótica tan típica de él.