Capítulo 7
Capítulo Siete
Eoin
Las salas de reunión de Scotland Yard siempre huelen igual, al típico desinfectante que usan las instituciones mezclado con décadas de sudor y de café asqueroso.
El comisario detective Martin Thornton despliega una serie de documentos sobre la mesa mientras yo permanezco sentado en mi silla, recto como una vara.
Me hallo en esta sala sin ventanas junto con Thornton y Pierce porque, tras cuatro semanas de trabajo como agente de seguridad, debo informar a ambos sobre mi progreso.
Más bien, sobre la falta de progreso.
Es la primera vez que fracaso en toda mi carrera profesional. No tengo pistas. No tengo nada.
—Los informes de Inteligencia revelan una tendencia preocupante —dice Thornton, y su acento tosco de Yorkshire llena la sala—.
Desde que palacio ha anunciado al príncipe Nicholas como sustituto del príncipe Callum en la gira por Australia y Nueva Zelanda, hemos detectado un aumento alarmante de actividad.
Pierce, a la derecha de Thornton, me extiende una carpeta.
La hojeo. ¡Jesús! Normal que estén preocupados: comunicaciones cifradas, cuentas inactivas que vuelven a cobrar vida, móviles desechables que se activan a lo largo de Australia siguiendo un patrón.
Es como presenciar el despertar de una bestia dormida.
—El patrón tiene una similitud alarmante con el que hubo antes del secuestro de Matheson y Webley. Claro que ese solo pudimos verlo en retrospectiva —afirma Thornton.
—Creéis que este grupo misterioso atacará al príncipe Nicholas durante la gira —digo.
Pierce asiente.
—Todo apunta a que sí —responde.
—Lo más inquietante es que los movimientos comenzaron unas horas antes de que palacio anunciara la sustitución del príncipe Callum —informa Thornton.
Me toma unos segundos caer en la cuenta.
—¿Pensáis que ya se habían enterado del cambio antes de que se hiciera público? —pregunto, pausando las palabras.
—Sí. —Pierce se frota el puente de la nariz—. Y si sumamos el informe de Inteligencia de uno de nuestros topos, todo apunta al equipo de seguridad del príncipe.
Thornton se inclina.
—O’Connell, lleva cuatro semanas interactuando con ellos. ¿Qué valoración hace de la situación?
Intento pensar qué podría interesarles.
—Rick Cavendish gestiona el equipo con precisión militar.
Es un exmilitar del SAS con un expediente intachable.
La oficial Blake tiene un instinto excepcional, sobre todo para evaluar a las masas.
La capacidad de Singh para adaptarse a situaciones sociales resulta de gran valor en los actos públicos.
Malcolm es metódico de un modo que raya lo obsesivo.
Anoche lo pillé comprobando la misma información de seguridad tres veces en quince minutos.
MacLeod es la voz de la experiencia práctica.
Y Davis, a pesar de su escasa experiencia, presta atención y quiere demostrar su valía.
—¿Comportamientos sospechosos? ¿Ausencias injustificadas? ¿Intercambios no habituales? —apremia Pierce, y sus ojos de águila se clavan en mí como si así pudiera sacarme algo, lo que sea.
Jesús. Ha debido de luchar por mí para que me dieran esta misión. Tuvo que haber convencido a Thornton de que su antiguo protegido era capaz de sacar adelante un caso tan importante. Y aquí estoy, cuatro semanas después, y no he averiguado una puta mierda.
Me he tirado horas y horas analizando a cada miembro del equipo para descubrir posibles contradicciones o patrones no habituales. De momento, nada.
Lo que significa que o bien son todos inocentes o bien el infiltrado es excepcionalmente bueno.
—Nada que haya levantado mis sospechas —respondo con franqueza—.
He revisado la lista de turnos al milímetro y no encuentro patrones en las bajas por enfermedad o en las vacaciones que puedan considerarse una señal de alarma.
También he comprobado los antecedentes de sus familiares, pero no descubrí nada raro más allá de alguna que otra multa de estacionamiento y un primo al que apercibieron por posesión de marihuana.
He intentado buscar dispositivos no autorizados, conexiones de bluetooth extrañas, pistas de algún sistema electrónico clandestino, pero no hay indicios de que alguien le esté vendiendo información a los terroristas.
—¿Y el príncipe? —pregunta Pierce—. ¿Tiene a alguien en su círculo que pudiera ser un punto débil? ¿Alguien a quien podrían manipular o implicar de alguna manera?
Reflexiono sobre esta cuestión mientras me vienen a la mente los rostros de la gente que rodea a Nicholas.
Lo cierto es que, a pesar de sus encantos y de su reputación de playboy , no parece tener muchos amigos cercanos.
Si bien cuenta con un amplio círculo de allegados, lo que viene a ser una relación estrecha, creo que solo la tiene con su hermano, el príncipe Callum.
Es todo brindar con champán y soltar bromitas, pero, en cuanto la situación se vuelve demasiado real, se oculta detrás de una máscara de sarcasmo.
Las personas con las que interacciona con más frecuencia son los miembros de su equipo de seguridad.
Por desgracia para mí, las interacciones que tengo con el príncipe no pueden tacharse de agradables.
Desde el día que le recriminé el comportamiento despiadado para con su madre, se ha tomado como objetivo personal ser un fastidio para mí.
Como ayer en la ceremonia de apertura de un hospital.
No tuvo mejor idea que desviarse adrede de la ruta pautada para charlar con los pacientes, por lo que me tocó correr detrás de él.
Al girarse, me dedicó su típica sonrisita engreída, esa que insinúa que sabe muy bien lo que hace y lo disfruta a lo grande.
La semana pasada fue aún peor. Después de presentarme al embajador danés como su «sombra viviente», me pidió delante de todos que demostrara mi técnica para hacer placajes. «Ya que eres todo un experto», dijo con ojos inocentes, como quien no ha roto un plato.
¿Y la cena de Estado? ¡Jesús, esa se lleva la palma!
Le contó al embajador de Francia que dedicaba mi tiempo libre a escribir una novela romántica.
Se pasó diez minutos inventándose un argumento bastante elaborado sobre un guardaespaldas taciturno y una duquesa solitaria mientras yo permanecía de pie como una estatua, máscara de profesionalidad en su sitio, planeando mentalmente dónde esconder su cuerpo.
Lo peor de todo es la manera en que le brillan los ojos cuando presiente que ha logrado irritarme. La satisfacción en su voz cada vez que suelta una pulla particularmente buena. Y el muy cabrón siempre está guapísimo, lo que empeora más las cosas.
Es un maldito esnob que hace alarde de sus privilegios, como un colegial que se cree más por tener una lupa. Y me ha tomado como una puta hormiga con la que juega para divertirse.
De hecho, me sorprende que no haya más gente intentando asesinarlo, la verdad.
El desagrado que me produce la monarquía británica en general ahora se ha centrado en uno de sus miembros en particular.
—Nadie de su círculo cercano me parece sospechoso —respondo.
—¿El príncipe sigue los protocolos de seguridad? —pregunta Pierce, y noto ese sutil deje en su voz que he aprendido a interpretar: mi respuesta no le satisface demasiado.
Pienso en las veces en que el príncipe pone los ojos en blanco cuando le propongo rutas más seguras, sus suspiros al «limpiar» una estancia antes de que entre. Aunque haya interiorizado el papel del príncipe playboy despreocupado, hay momentos en que sus ojos cuentan una historia diferente.
—Creo que las medidas de seguridad le parecen restrictivas —respondo—. Pero cumple con los protocolos esenciales.
Thornton ríe por la nariz.
—Está siendo generoso. Según los informes, trata todo lo relacionado con la seguridad como un estorbo en el mejor de los casos.
Me muerdo la lengua, aunque, sabrá Dios por qué, siento la necesidad de defender al imbécil.
Quizás porque sospecho que la verdad es más complicada de lo que Thornton imagina.
Nicholas actúa como se espera de él: cumple con las obligaciones de la realeza, con las apariciones en público, siempre con su fachada de príncipe encantador, y reserva sus actos de rebeldía para pequeñas batallas que escoge con deliberación.
Como un hombre enjaulado que sacude los barrotes para recordarse que tiene esa opción, pero nunca lo bastante como para liberarse.
Lo comprendo porque en ocasiones he sentido algo similar, ese agotamiento de ser lo que todo el mundo necesita que seas, en vez de tu yo verdadero.
—Coordinar el asunto de la seguridad en Australia y Nueva Zelanda será complicado —continúa Thornton tras poner un mapa en pantalla—. Sídney, Cairns, Alice Springs, Darwin, Auckland, Wellington… Veintiséis compromisos oficiales en cuatro semanas.
—La policía de ambos países se encargará de la seguridad del perímetro exterior —añade Pierce—.
Pero la responsabilidad de la protección personal seguirá recayendo en nosotros, y no nos podemos permitir dar otro paso en falso.
Sobre todo teniendo en cuenta que Hargrove se infiltró en el equipo de seguridad de Matheson.
Asiento. Sé perfectamente lo que está en juego. Este caso podría hacer triunfar o fracasar mi carrera profesional. Pero si sucede lo último también se verá afectada la RaSP, Scotland Yard y todo el país.
Junto con el príncipe Nicholas, claro.
—Es una pena que tenga que ausentarse justo en Navidad, pero al menos disfrutará del buen clima —comenta Pierce.
Navidad. Después del anuncio, los oficiales se resignaron en silencio y más tarde charlaron sobre los cambios de planes que debían hacer.
Yo no tuve ninguna reacción.
Mi gran plan de Navidad consistía en comer pizza congelada y ver lo que fuera en Netflix. No me tocó cancelar cenas navideñas ni lidiar con la decepción de mi pareja o desatender las tradiciones familiares.
Trabajar como espía no me deja tiempo para relaciones. La última vez que lo intenté fue con Dave, un tío que trabajaba en un taller de coches en Southwark. Me mandó a freír espárragos después de que cancelara tres cenas consecutivas por culpa de una redada antidrogas que se alargó.
Es más fácil no tomarse las molestias.
La conversación continúa con cuestiones logísticas, planes de emergencia y protocolos de coordinación. Me empapo de cada detalle y me hago mapas mentales de vulnerabilidades y estrategias de respuesta. Esto es lo mío. Esto es lo que tiene sentido.
No el nudo que se me hace en el estómago cada vez que el príncipe Nicholas se asoma por la puerta.
Por qué su presencia me afecta tanto es inexplicable. He trabajado como agente encubierto con muchos cabrones, traficantes que te clavarían una navaja si los miras mal, jefes de la mafia que guardaban alicates en el cajón del escritorio, y no solo para arreglar cosas.
Mantuve la compostura en cada situación. Pero Nicholas, con su acento pijo y sus comentarios mordaces…
Jesús. Me duele la mandíbula de tensarla cada vez que abre la boca.
Bastan cinco minutos con él para que me deje a una acotación sarcástica de soltarle algo por lo que me abrirían un expediente disciplinario.
Además, un «le dijo al príncipe sustituto que madurara de una puta vez» no ayudaría a mejorar mi carrera, si bien sería altamente gratificante.
Con lo que me ha costado llegar a esta posición, no pienso perderla por no ser capaz de cerrar el pico delante de un gilipollas privilegiado.
En cuanto acaba la reunión, Thornton se retira, pero Pierce hace un gesto para que me quede.
—Quisiera hablar de algo, sargento detective —me dice al quedarnos a solas.
Me pongo firme.
—¿Señor?
—Me ha llegado un mensaje un tanto inusual desde palacio. —Me analiza con su mirada penetrante—. Al parecer, el príncipe Nicholas ha alegado una incompatibilidad de caracteres con su guardaespaldas y ha pedido su reemplazo.
Una sensación de malestar se me instala en el estómago.
Desde luego, que el tío que se supone que debes proteger le vaya con quejas a tu superior es sinónimo de «operación encubierta exitosa».
—No estaba al tanto, señor —digo con cautela.
—¿Hay alguna explicación?
Espléndido.
¿Cómo demonios explico la animosidad desmedida que siente el príncipe Nicholas hacia mí?
—Puede que se deba a un incidente en Rosmere Hall. Encontré a la madre del príncipe en una situación angustiante, y quizás lo ha malinterpretado.
—¿En qué sentido? —Pierce entrecierra los ojos.
—La duquesa lo estaba pasando mal, y yo intentaba reconfortarla. El príncipe había bebido y creo que no le agradó verme allí.
Por algún motivo, llevo grabada en la memoria imágenes de Nicholas de aquella noche. Como el momento en que perdió la compostura, la forma en que el pelo le caía por la frente y esos ojos azules desbordados de emoción.
Tampoco he olvidado la forma tan insensible y despectiva en la que se dirigió a su propia madre. La mía decía que uno puede saber cómo es un hombre por la forma en que trata a su madre. Por esa regla, el príncipe estaría en el nivel más bajo de la humanidad.
Pierce me observa durante unos segundos.
—Vamos a ser claros, O’Connell. Si lo recomendé para esta misión es porque creo que es un agente excepcional. Pero su principal objetivo es proteger al príncipe mientras investiga posibles infiltraciones en el equipo de seguridad. Y eso no se consigue enemistándose con el protegido.
Me invade la vergüenza.
—Entendido, señor.
—Recuérdelo: ahora mismo es el oficial O’Connell, agente de seguridad de la realeza —continúa—. Cualquier tipo de sentimiento personal debe quedar al margen.
—Sí, señor.
—El pedido de reemplazo ha sido rechazado, por cierto —añade—.
Hemos dejado claro que, debido a las circunstancias, no hay cabida para las preferencias de la realeza en lo que atañe a los agentes de seguridad.
Pero le sugiero que encuentre la manera de arreglar las cosas.
Lo hemos elegido porque confiamos en su criterio, O’Connell. No nos decepcione.
Lo que no ha puesto en palabras es que esta misión es fundamental para ascender en mi carrera. Si fracaso, ya me puedo olvidar de que me den el puesto de sargento detective de forma permanente.
—Lo arreglaré —prometo.
Al salir de Scotland Yard y durante el trayecto hacia el palacio de Kensington, la advertencia de Pierce aún me ronda en la mente.
Menuda ironía. He pasado toda mi carrera fingiendo ser alguien distinto. Sin embargo, en este papel en concreto, me es complicado no dejar asomar mi verdadero yo.
Cuatro semanas en Australia junto al príncipe Nicholas Alexander, bajo amenaza por parte de un grupo terrorista. Mi carrera que pende de un hilo. Un posible traidor en nuestras filas.
Y, joder, no creo que mantenerlo con vida sea la parte más difícil.
Sino intentar no asesinarlo con mis propias manos.