Un Sustituto Improbable (Dilemas Improbables 3) Capítulo 6 #3
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Capítulo 6 #3

—Es una oportunidad única, Alteza —continúa lady Powell—. El primer ministro australiano ha requerido específicamente la presencia de un miembro de la realeza. La reacción de la gente con su visita podría causar un impacto significativo en las relaciones con uno de nuestros mayores aliados.

—Además, existe otro motivo —dice Raymond, dubitativo, mirando a Callum—. Es posible que en los siguientes meses… se necesite de la presencia del príncipe de Gales y del príncipe consorte para cierto anuncio personal.

Ah, el asunto de la gestación subrogada. Ahora lo entiendo todo.

—Es decir, que a mí me envían a las antípodas mientras mi hermano gestiona el circo mediático de la expansión del árbol familiar.

—Hay cierta preocupación sobre la reacción de cierto segmento de la población ante la noticia de la gestación subrogada —comenta sir Fergus con delicadeza—. Palacio opina que lo más prudente es que el príncipe de Gales permanezca en Inglaterra para gestionar la situación.

—Bueno, tampoco es que me parezca un suplicio cambiar el invierno británico por las playas australianas —digo—. Aunque tenía muchas ganas de pasar la Navidad en Sandringham para ver qué suéter elegía Oliver este año.

—La salida es el 15 de diciembre y el regreso el 10 de enero —interviene lady Powell.

Llevo la vista a Callum. Se lo ve realmente agradecido, lo que mitiga mi instinto de llevar la contraria solo para fingir que tengo algún poder de decisión.

—Habrá que adaptar las medidas de seguridad —informa Rick Cavendish, quien interviene por primera vez—. Tendremos que coordinar con las autoridades locales para llevar a cabo un reconocimiento previo.

Está claro, mi equipo de seguridad tendrá que venir conmigo a las antípodas. Siete agentes cuyos planes navideños acaban de irse al traste por culpa de la realeza. La idea me sienta fatal al estómago, como si el jengibre no se hubiera digerido bien.

Sé que la oficial Blake adquirió entradas para ir con su novia a un espectáculo en West End. Y el oficial Davis mencionó que sus padres vendrían desde Bristol para hacerle una visita.

No puedo evitar mirar a O’Connell, igual de inexpresivo que una roca.

¿Qué planes le estaré fastidiando a mi nueva sombra?

¿Este irlandés tan parco tendrá a alguien que lo espera en casa?

Quizás una esposa de temperamento similar con la que se comunica desde sitios opuestos de la mesa a base de gruñidos criticones.

Incluso puede que tenga hijos, toda una prole de O’Connells en miniatura con permanente ceño fruncido.

Deben de pasar la mañana de Navidad abriendo regalos prácticos.

Un manual de bolsillo para la evaluación de amenazas o quizás unas camisetas tácticas negras.

¿Qué hará este hombre cuando no se da a la tarea de juzgarme en silencio? Se me hace imposible imaginarlo cantando villancicos o colgando luces de Navidad.

Lo más probable es que observe el árbol con tanta intensidad que el pobre acaba acobardado, decorándose solo.

Lord chambelán rebusca entre los papeles e informa:

—La Oficina de Comunicaciones de palacio lanzará un comunicado oficial mañana por la mañana.

—Pues, entonces —digo tras ponerme de pie y abotonarme la chaqueta—, más vale que me ponga a repasar la jerga australiana y a ensayar técnicas abrazakoalas.

—Le haremos llegar esta tarde al palacio de Kensington el itinerario completo así como los documentos informativos —informa Raymond.

—Te agradezco que me sustituyas —dice Callum en voz baja mientras los demás se van retirando—. Sé que la fecha es problemática.

Le dedico una sonrisa.

—Supongo que podré soportar cuatro semanas de sol y de legiones de admiradores. Considéralo mi regalo de Navidad. Aunque no creas que te salvarás de hacerme algún superfavor.

La expresión de Callum se suaviza.

—Gracias, Nicholas. De verdad.

Hago un gesto con la mano restándole importancia al asunto.

—Tú preocúpate de que la abuela de verdad descanse. E intenta que Internet no reviente en cuanto tú y Oliver hagáis el anuncio.

—Lo intentaremos —responde mi hermano.

En cuanto salimos de la sala, O’Connell se pone a mi lado, su rostro indescifrable.

—¿Hay ganas de viajar a Australia, oficial? —no puedo evitar preguntar—. Aunque me da que esa piel irlandesa no es la mejor aliada del sol australiano, ¿verdad?

—Sobreviviré —responde indiferente.

—Así me gusta, una preocupación menos —digo, animado—. Y si nos salvamos de los bichos, solo nos queda preocuparnos por la situación de proximidad forzada.

Por un segundo, noto un atisbo de pánico cruzar su rostro impenetrable, y siento un regocijo perverso al haber logrado atravesar su fachada.

La satisfacción me dura un suspiro porque enseguida la reemplaza esa sensación familiar de opresión en el pecho.

He de prepararme para una inminente gira al otro lado del planeta. Cuatro semanas de representar a la Corona, de intentar convencer a los australianos y a los neozelandeses de que sigan contando con nosotros, todo mientras la abuela se recupera y Callum se prepara para ser padre.

No puedo decepcionar ni a mi abuela ni a mi país.