Capítulo 6 #2
Que lord chambelán requiera mi presencia es, en términos de la realeza, el equivalente a que te llame el director a su oficina. No suele ser para hablar del tiempo o para darte buenas noticias.
—Lo siento muchísimo, pero el deber me llama —informo a la señora Pemberton con expresión apesadumbrada—. Exprésele mis más sinceras disculpas a todos aquellos con los que no he podido conversar.
Mientras camino hacia la salida, veo a O’Connell hablar por el micrófono de su muñeca, imagino que para pedir que traigan el coche.
No sé de qué va esta reunión, pero de dulces con jengibre seguro que no.
De camino al palacio de Buckingham, miro a través de la ventanilla.
Londres pasa ante mí en un caos de autobuses rojos y alegres decoraciones navideñas que contrastan con mi estado de ánimo.
La última vez que requirieron mi presencia con tanta urgencia fue cuando mis tíos y primos se involucraron en un escándalo, lo que hizo que ascendiera del doceavo al segundo puesto en la línea de sucesión.
Aunque en este caso no creo que esté relacionado con algo que haya hecho Callum.
A no ser que el incidente del bautizo de un barco cuando se cayó al Támesis y, de paso, bautizó a la mitad de los presentes justifique una intervención de palacio.
En cuanto llegamos, la comitiva atrae la atención del enjambre de turistas congregados fuera del palacio de Buckingham, que enseguida se giran hacia nosotros, móviles en mano.
O’Connell, a mi lado en el asiento trasero, no emite comentarios, pero sus ojos grises permanecen en alerta.
Debe de pensar que algún peatón podría de repente sacar un arma y abalanzarse contra el coche.
O quizás espera que la reina Victoria se levante de su monumento de mármol para torturarme por ser una decepción como heredero al trono.
El coche traspasa las puertas del palacio de Buckingham.
Me apeo en el patio, donde incluso las palomas están atentas a mi llegada. El palacio se alza ante nosotros imponente, con sus paredes de piedra y siglos de expectativas más sofocantes que la presión atmosférica.
Dentro, el panorama cambia por completo. Solo se oyen susurros y el particular silencio de las gruesas alfombras que acumulan secretos.
El oficial O’Connell me sigue dos pasos por detrás, casi sin hacer ruido. ¿Qué pensará de todo este esplendor fastuoso?
Si le impresiona, su cara no lo muestra.
En cuanto se abre la puerta doble que da al salón amarillo, se me dispara la ansiedad.
Lord chambelán, de pie al lado de la chimenea, conversa con expresión seria con sir Clive Walsh, el secretario personal de la reina.
Rick Cavendish se ubica muy cerca de una mesilla mientras que lady Caroline Powell, de la oficina de Asuntos Exteriores, examina una figura de porcelana con marcado interés.
También se encuentra en la sala Raymond, el secretario personal de mi hermano.
En el centro de todo se halla Callum, mi medio hermano, también conocido como el príncipe de Gales, que no muestra signos de incomodidad.
—Ah, Alteza —dice lord chambelán al tiempo que me dedica una pequeña reverencia—. Gracias por venir a pesar de la poca antelación con la que se le avisó.
—Vengo de un concurso de casitas de jengibre —respondo. Saludo con un movimiento de cabeza a los presentes—. Me habéis rescatado de una muy posible muerte por sobredosis de azúcar.
Callum me dedica una amplia sonrisa. Al menos cuento con un aliado.
Lo que sea que se vaya a tratar no puede ser tan catastrófico si él está sonriendo.
—Nicholas. —Se acerca para darme un abrazo—. Me alegro de verte.
Sir Fergus, lord chambelán, se aclara la garganta y dice:
—Sería conveniente que todos tomemos asiento.
Nos sentamos alrededor de la mesa ornamentada. El oficial O’Connell se coloca cerca de la puerta.
Me molesta ser tan consciente del punto exacto donde se ubica.
Mi equipo de seguridad siempre ha sido para mí como esos peces del documental que me obligó a ver Callum, los que hacen el trabajo de limpiar los dientes de los tiburones sigilosamente, sin llamar la atención. No suelo prestarles atención.
Pero, sin duda, el oficial O’Connell no me pasa desapercibido.
Detesto que al estar bajo su escrutinio de manera constante me sienta muy consciente de mí mismo de formas que no puedo explicar.
Es como si yo me subiera a un escenario y en primera fila tuviera un crítico difícil de complacer, capaz de percibir cualquier tartamudeo o traspié.
—Alteza —comienza su discurso sir Fergus con las manos en posición de rezo—, como bien sabe, hace unas semanas que su majestad no se encuentra muy bien.
—Sí, hablé con ella ayer —contesto.
—Y mientras su majestad se recupera, hemos tenido que hacer unos reajustes en el calendario real.
Lady Powell, de Asuntos Exteriores, se inclina hacia delante para intervenir.
—La gira por Australia y Nueva Zelanda prevista para el mes que viene es de suma importancia. El espíritu republicano está ganando terreno en Australia, por lo que la presencia de la monarquía es vital para reforzar los lazos con la Commonwealth.
Miro a Callum.
—Creía que ese honor lo ostentabas tú.
Callum se remueve en la silla.
—Oliver y yo íbamos a ir, sí. Pero con el asunto de la abuela, me necesitan aquí.
—El príncipe de Gales ha de acudir a varias reuniones diplomáticas y funciones de Estado cruciales —explica sir Fergus—. Por tanto, de momento debe permanecer en el Reino Unido.
Ya veo por dónde van los tiros.
—O sea, queréis que viaje a Australia.
—Y a Nueva Zelanda —añade lady Powell—. Es una gira de cuatro semanas por las grandes ciudades y varias zonas rurales.
—Y yo que estaba bajo la impresión de que, históricamente, se enviaba a la gente a Australia por robar pan. —Enarco una ceja—. ¿He cometido algún delito del que no soy consciente?
Callum ríe por lo bajo, mientras el resto permanece impasible. Le echo un vistazo al oficial O’Connell y, cómo no, forma parte de esa mayoría que no aprecia mi ingenio.
Vaya sorpresa.