Capítulo 6
Capítulo Seis
Nicholas
De todas las obligaciones que he de cumplir, la de hacer de juez en un concurso de casitas de jengibre en el centro comunitario St. Margaret entra en la categoría de las entretenidas.
—La perspectiva arquitectónica es muy… vanguardista —indico de forma diplomática mientras observo lo que se podría describir como la versión de jengibre de la torre de Pisa.
Su creadora es una abuela corpulenta cuyos bíceps amenazan con levantarme por el aire si no le convence mi opinión.
Sin embargo, sonríe orgullosa ante mis palabras.
Esta es mi vida ahora mismo: dar mi opinión sobre estructuras de galletas mientras las cámaras documentan cada una de mis reacciones, dispuestas a declararme como el «príncipe de todos» o un «aristócrata desconectado de la gente» dependiendo de mi valoración del glaseado.
Por desgracia, no solo el público juzga cada uno de mis movimientos.
Tras probar un trozo de pared de jengibre servido en una servilleta navideña y de exagerar un «mmm», lo que provoca risitas de deleite en los niños que me rodean, no puedo evitar echarle un vistazo a mi nuevo guardaespaldas.
Allí está, en una esquina de la sala con los brazos cruzados y la cara de piedra, inmutable, como si estuviese en una auditoría fiscal y no en un evento social.
Su mirada se encuentra con la mía y su expresión se endurece aún más.
Podría decirse que durante las últimas semanas las cosas entre mi nuevo agente de seguridad y yo no han ido del todo bien.
La semana pasada saqué a relucir todos mis encantos durante una lectura de poesía en un festival de cultura.
Al aprendiz de poeta no le quedaron dudas de lo mucho que me habían conmovido las diecisiete estrofas de su oda a los narcisos.
Aun así, el oficial O’Connell solo me dedicó una mirada apática.
Ayer logré reconducir una situación potencialmente problemática para los de relaciones públicas.
Un coro de niños olvidó la letra del himno nacional y gracias a que me uní cantando con exagerado fervor patriótico acabó siendo un momento adorable.
El oficial Singh, también de guardia, se contagió del espíritu y nos regaló un God Save the Queen con una voz de barítono que sorprendió por su potencia.
El oficial O’Connell permaneció en su sitio con el ceño fruncido.
Es como vivir con un robot criticón con forma humana programado para encontrarle el defecto a todo lo que hago.
La semana pasada, al confesarle mis penurias a Callum en Clarence House, mi hermano se mostró empático, pero me respondió con su típico optimismo estadounidense:
—Quizás la situación mejore a medida que os vayáis conociendo.
—Y quizás la abuela nos anuncie que en su tiempo libre se dedicará al patinaje artístico —respondí.
Me revienta que O’Connell haya caído en las manipulaciones de mi madre, que me haya pillado en un momento vulnerable, con las defensas bajas. Detesto que ahora observe todo lo que hago con una mirada de desaprobación.
Es un gilipollas prejuicioso.
En mi desesperación, le pregunté a Rick Cavendish subrepticiamente si no podían reasignar a O’Connell a otra misión por incompatibilidad de caracteres. En ese momento me enteré de que lo habían elegido a dedo tras un análisis de seguridad.
—Lo lamento, la elección del personal de seguridad no es un bufé, Alteza Real —contestó Rick—. A menos que tenga un motivo de peso en relación a cómo desarrolla su trabajo, se quedará hasta que la RaSP diga lo contrario.
Fue del todo reconfortante descubrir que mi equipo de seguridad es otro aspecto de mi vida sobre el que tengo cero control.
Pronto descubro que hay otra situación inminente que se escapa a mi control, porque he cometido el inocente error de aceptar un trozo de galleta de jengibre.
De repente me hallo en medio de lo que podría definirse como Bake Off: pasteleros al ataque .
Una niña con trencitas me pone un pedazo de techo glaseado a milímetros de mi boca mientras un adolescente me ofrece una chimenea de jengibre con tanto entusiasmo que temo que se me meta en la nariz.
Mi adiestramiento como miembro de la realeza no incluye lecciones sobre cómo escapar con elegancia a situaciones de muerte inminente por consumir postres.
Llevo la mirada hacia el oficial O’Connell, quien permanece en su sitio con los brazos cruzados e irradiando la misma alegría que Scrooge en su fase previa a convertirse en fantasma, aunque, todo hay que decirlo, con mejores hombros.
Ha llegado la hora de entretenerme un poco.
—Oficial O’Connell, por aquí se requiere de su evaluación profesional —lo llamo desde el otro lado de la sala.
Entorna los ojos.
—¿Señor?
—Estos jóvenes pasteleros quieren que pruebe sus casas de jengibre. —Señalo a los niños que me rodean—. Como el guardaespaldas comprometido que es, querrá comprobar que todo es apto para mi consumo.
Entrecierra los ojos aún más mientras se acerca con esa energía controlada que me acelera el pulso de forma irritante.
Hago caso omiso de mi reacción.
—Diría que probar comida no entra dentro de mis funciones —dice al llegar a mi lado.
—Pues tómelo como quien evalúa una amenaza a conciencia.
Su rostro continúa imperturbable.
—Y, ¿quién sabe?, puede que hasta le dulcifique el carácter —añado con una sonrisa.
—Mi carácter está bien tal como está —responde. Pero los niños lo observan con rostros esperanzados.
—¿Quieres probar mi palacio de jengibre? —Una niña con gafas le extiende un plato—. El puente levadizo lo hice yo misma.
O’Connell mira a la niña, a mí y de nuevo a la niña.
—Bueno, supongo que una inspección de seguridad nunca está de más —masculla.
A pesar de su acritud, coge el plato de la niña con delicadeza antes de darle un pequeño bocado.
—¿Y? —lo apremio. Disfruto al verlo incómodo más de lo que se consideraría apropiado.
—Pasa la prueba —dice, sin emoción, pero luego su expresión se suaviza al dirigirse a la niña—: Y está delicioso.
La niña le sonríe, emocionada, y algo fugaz le atraviesa el rostro, lo que hace que parezca casi humano.
—¿De verdad eres guardaespaldas de la familia real? —pregunta un niño.
—Sí, de verdad —confirma, parco.
—¿Y morirías por el príncipe Nicholas?
O’Connell se queda momentáneamente desconcertado. La pregunta es inocente, pero para mí es como un puñetazo en el estómago.
¿Por qué nunca he reflexionado sobre esto? Tanto al oficial O’Connell como al resto de agentes de protección les pagan para que valoren mi vida por encima de la suya.
—¡Billy! —exclama la madre del niño.
—No se preocupe —intervengo con tacto—. El oficial O’Connell moriría por mí, sin dudas. Por suerte para él, ahora mismo solo tiene que probar unos dulces, una opción mucho menos arriesgada, ¿verdad?
Una niña pelirroja con rizos ofrece su creación al oficial con insistencia.
—Esto es un príncipe —anuncia orgullosa mientras señala un trozo de glaseado con una ligera forma humana.
O’Connell se agacha a su altura.
—Tu talento me deja impresionado —dice.
—Y el parecido es asombroso —añado—. Ha sabido capturar mi porte aristocrático a la perfección.
—Al príncipe glaseado se lo ve más digno —opina O’Connell al tiempo que se endereza.
Parpadeo. ¡Por todos los santos! Que llamen a los medios. Urgente: oficial impertérrito muestra atisbo de personalidad.
—¿Eso ha sido una broma? —pregunto.
—En absoluto —responde con cara de póquer—. Tan solo una apreciación de carácter profesional. La figura glaseada tiene menos pinta de acabar en situaciones comprometidas.
—Cuidadito, oficial O’Connell. Creo haber detectado un ligerísimo atisbo de humor. ¿Qué pensaría la Asociación de Guardaespaldas Ceñudos si alguien le va con el chisme? A ver si por esto le cancelan la membresía.
—Mi membresía está asegurada, señor —contesta, hosco.
Pero creo notar una leve curvatura en la comisura de su boca antes de que se obligue a eliminarla.
Una extraña sensación que no podría definir brota en mi interior. ¿Qué tendría que pasar para que el oficial O’Connell sonriera de verdad?
¿Y a mí qué más me da?
Vuelvo mi atención a los niños y acepto otro trozo de galleta agradeciendo como es debido.
Pero el buen humor patrocinado por el subidón de azúcar se desvanece en cuanto la señora Pemberton, la directora del centro comunitario, se coloca a mi lado.
—¿Cómo se encuentra la reina, príncipe Nicholas? ¿Su recuperación va por buen camino?
Mi abuela sufre una gripe invernal que le ha cogido el pecho, así que por primera vez en años ha tenido que cancelar una serie de actos públicos. Para cualquier persona de noventa años no sería más que un ligero inconveniente, pero al tratarse de la monarca es noticia de primera plana.
—Su majestad se recupera espléndidamente, gracias por preguntar —contesto—.
Aunque me han contado que pone a prueba la paciencia de los doctores cuando insiste en revisar documentos de Estado entre siesta y siesta.
—La señora Pemberton sonríe, y continúo—: Me pidió que disculpara su ausencia ante los artesanos del jengibre.
Mucho me temo que mi capacidad para juzgar las técnicas estructurales del glaseado es un pobre sustituto en comparación con su ojo experto.
La señora Pemberton utiliza las frases de rigor sobre lo afortunados que se sienten de contar conmigo; no obstante, mi mente se ha quedado en la salud de mi abuela y, sobre todo, en el hecho de que algún día ya no estará con nosotros.
Siempre ha sido un torbellino. Solo de pensar en verla tan vulnerable es como si viese al Big Ben tambalearse.
Le otorgo el premio a Mejor Uso Creativo de los Bastones de Caramelo a una reproducción de jengibre del London Eye, aunque estoy casi seguro de que los padres trabajaron más en ella que el propio niño. En ese momento, siento vibrar mi móvil en el bolsillo.
Es un mensaje de James, mi secretario personal: «Alteza Real, se requiere su presencia en el palacio de Buckingham de inmediato. Lord chambelán desea hablar con usted en persona».
Me da un vuelco el estómago.