Capítulo 5
Capítulo Cinco
Nicholas
Menuda situación más incómoda.
Mi madre se enjuga las lágrimas de rímel mientras mi nuevo guardaespaldas la custodia como una gárgola vigilante. De todas las personas que podrían haberse topado con ella durante una de sus escenas dramáticas, por supuesto tenía que ser él.
El dios de las familias disfuncionales se ha lucido con este cuadro viviente.
Mi madre emplea las lágrimas con una precisión estratégica, normalmente delante de un público que sea testigo de su sufrimiento. Al parecer, esta noche le ha tocado al oficial Eoin O’Connell, quien me mira como avispa que le ha caído en la cerveza.
A decir verdad, su expresión no dista mucho de la que me dedica de forma habitual desde el día en que lo conocí.
—Nicholas, cariño. —Mi madre ha decidido, por supuesto, que este es el momento oportuno para interpretar su papel de «madre del año».
La rubia, ¿lady Genevieve?, ¿Georgina?, se me escapan los detalles por culpa del champán, se revuelve incómoda a mi lado. La intuición le indica que atraviesa en tacones por un campo de minas.
—Alteza —susurra—, creo que es mejor que me…
—Sí, creo que es lo mejor —respondo con una sonrisa falsa.
Se retira, por lo que me quedo a solas con mi madre y el oficial O’Connell.
Tras echarle un vistazo a la mancha de pintalabios en el cuello de mi camisa, mi madre comenta:
—Definitivamente, cada día te pareces más a tu padre.
Las palabras se me clavan como puñales en los puntos más sensibles. O’Connell me observa impávido, aunque en su rostro asoma un atisbo de… ¿recriminación?
Fabuloso.
—No te entretengo más, madre, disfruta de tu descanso —digo.
Su rostro se contrae, como era de esperar. Por arte de magia, sus lágrimas se intensifican y apoya la mano en mi brazo con el temblor suficiente como para que no pase desapercibido.
—Sabes que solo quiero lo mejor para ti —susurra lo bastante alto para que O’Connell pueda escucharla. El instante en que su voz se quiebra es una clase maestra en manipulación emocional.
Sus ojos grises me observan. Estarán memorizando la imagen de mi madre bañada en lágrimas junto a mi expresión de indiferencia. De repente, me siento juzgado.
Puedo leer el veredicto en los ojos del oficial: malcriado, egoísta, cruel.
No tiene ni idea de los años de manipulación, de las lágrimas premeditadas, de la forma en que utiliza el dolor como arma.
Lo único que ve es a un hijo que rechaza a una madre desolada.
Casi puedo sentir su repugnancia flotando en el aire.
—Os dejo para que continuéis con vuestras… actividades nocturnas —dice mi madre. Luego, me da un beso en la mejilla y su vestido produce un frufrú al pasar por delante de mí.
Cuento en silencio: uno, dos, tres… Tal como esperaba, trastabilla ligeramente y apoya una mano contra la pared, como si el peso de mi crueldad le pareciera insoportable.
O’Connell se adelanta, por supuesto, y le ofrece el brazo, pero ella lo rechaza con una sonrisa de agradecimiento antes de desaparecer.
Cuando se gira hacia mí, los ojos del oficial pasan de la neutralidad profesional a un desdén que apenas disimula.
Hace el amago de irse, y de pronto soy incapaz de soportar el peso de otra mirada crítica. He tenido una vida llena de ellas y, por lo que sea, reconocerla en su rostro adusto me hace perder la compostura por completo.
—¿Hay algo que quiera decirme, oficial O’Connell? —pregunto alzando la voz.
Se detiene, se vuelve hacia mí con lentitud y me barre de arriba abajo con la mirada.
—¿Quiere saber mi opinión? —responde, por fin.
—Es evidente, de lo contrario no le hubiera preguntado —contesto con frialdad.
Su figura se estira al máximo de su impresionante estatura y alza la barbilla mientras me mira directo a los ojos.
—Creo que la familia es lo más importante en este mundo. Y la mujer que lo llevó en el vientre durante nueve meses, que lo parió, que lo consoló de pequeño, está echa un mar de lágrimas por cómo la ha tratado. La forma más decente de actuar me parece que sería intentando arreglar las cosas.
Me invade una furia aguda y corrosiva. El champán en mi interior no hace más que acelerar la reacción y convertir la irritación en una emoción desmedida y peligrosa.
—Usted no sabe absolutamente nada sobre la relación que tengo con mi madre —espeto—. ¿La conoce desde hace cuánto, cinco minutos? ¿Y ya se cree un experto en las dinámicas de mi familia? Ahórreme ese sermón provinciano sobre respetar a la madre.
Su gesto se endurece, y yo me paso la mano por el pelo mientras me voy hacia atrás hasta que mi espalda da contra la pared. Con las manos en puños y las uñas dejando surcos en mis palmas, intento recobrar la máscara de chico despreocupado.
O’Connell se halla delante de mí como una antigua estatua celta, con su silueta recia y una firme recriminación en el rostro.
De pronto el pasillo se me hace demasiado estrecho, demasiado reducido, y el aire demasiado pesado para llenarme los pulmones.
El oficial ocupa casi todo el espacio, por lo que no me queda más remedio que centrar mi vista en él. Noto que el pulso se me acelera y se me ponen los pelos de punta; mi cuerpo reacciona como un traidor, pero prefiero achacarlo a la furia.
—¿Por qué me molesto en justificarme? Si usted no es nada más que un guardaespaldas —digo.
En cuanto salen de mi boca, esas palabras me dejan un sabor amargo. Me invade una punzada de vergüenza, aguda y dolorosa.
Una emoción atraviesa el rostro de O’Connell antes de que se vuelva inexpresivo por completo.
—Tiene toda la razón, señor. Solo soy un oficial de seguridad. Lo dejo para que continúe con su velada.
Se da media vuelta y se marcha.
Sus movimientos son precisos y calculados, lo que me recuerda que solo uno de nosotros perdió los papeles esta noche, y no fue él.
Me derrumbo contra la pared, y el frío de la piedra traspasa mi camisa. El subidón de ira se desvanece dejando atrás la adrenalina y dando paso a la vergüenza.
Joder.
¿Pero él qué sabe de lealtad familiar? En su mundo, quizás las madres se merecen la devoción que les prodigan sus hijos. Quizás en su mundo las madres no traicionan a sus hijos.
¿Será que la mía ensayó su pequeño teatro mientras se vestía para la cena?
¿Habrá practicado el temblor de labios en el espejo del tocador?
¿Habrá llorado de la misma manera cuando le entregó a Daniel un sobre repleto de dinero?
¿Intentó hacer como que le afectó descubrir que la felicidad de su hijo resultó ser una mercancía negociable?
Al ponerme de pie, el champán viene a recordarme su presencia haciendo que la habitación gire ligeramente. Necesito llegar a la cama.
Mañana me esperan compromisos reales y O’Connell será mi sombra, controlando cada movimiento. De solo pensar que he de pasar otro día bajo su mirada desaprobadora, me entran sudores fríos.
Pero no tengo elección.