Un Sustituto Improbable (Dilemas Improbables 3) Capítulo 4 #4
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Capítulo 4 #4

Nicholas bebe la copa de un trago y coge otra de un camarero que pasa por su lado.

Si nos atenemos al color de su cuello y a la forma en que gesticula, exagerando cada vez más, diría que debe de llevar unas tres o cuatro.

Aun medio borracho, su encanto se me hace calculado, deliberado.

Se pasa la mano por el pelo y se deshace el peinado elegante.

Ese aspecto desaliñado lo vuelve más magnético, como si acabara de cometer algún acto disoluto.

La oficial MacLeod, cerca de la barra, pone los ojos en blanco en cuanto me ve. Me alegro de que esté de guardia ella y no yo. No me corresponde lidiar con un aristócrata ebrio y engreído hasta las seis de la mañana.

Llego a la oficina y recojo la mochila antes de saludar con la cabeza a Malcolm, inclinado sobre los monitores de seguridad.

Se me presenta una buena oportunidad para observarlo mientras trabaja sin levantar sospechas.

Lo veo centrar su atención más de lo normal en los movimientos del salón de baile en detrimento de las zonas exteriores.

Luego se enfoca en el príncipe Nicholas durante tres minutos hasta que por fin recuerda comprobar el aparcamiento. Mmm. Algo a tener en cuenta.

Tampoco es que pueda quedarme demasiado tiempo, así que me encamino a la habitación.

Apenas he comenzado a andar cuando un sonido me detiene. Uno que poco tiene que ver con el chocar de las copas de champán o la música de orquesta que escapa del salón de baile.

Es un llanto. No son sollozos altos, exagerados, sino el tipo de quejido desesperado que sale desde lo profundo del alma.

Dudo entre mantener la distancia profesional y mostrar un mínimo de decencia humana.

Puede que sea porque acabamos de hablar, pero los sollozos me recuerdan a Malachy durante los meses que siguieron al accidente, cuando creía que nadie lo oía llorar por la noche.

Yo solía quedarme al otro lado de la puerta, sintiéndome más inútil que ubre de toro, sin saber qué hacer, si entrar o dejarlo llorar con dignidad.

Antes de que me dé tiempo a echarme atrás, me dirijo hacia el sonido que emana de un pequeño rincón detrás de una escalera. Bajo la tenue luz de un espacio iluminado solo por un aplique de pared vislumbro la figura de una señora. De espaldas a mí, sus hombros se agitan con cada sollozo contenido.

En cuanto se da la vuelta al escuchar mis pasos, me encuentro ante una mujer que ronda los cincuenta, con la belleza típica de ciertas mujeres ricas cuyos rasgos aristocráticos, lejos de atenuarse, se van puliendo con el tiempo. Su cara me es familiar, pero no logro identificarla.

—¿Se encuentra bien? —pregunto, algo incómodo. De pronto, mi acento de Belfast se intensifica, como si arrastrara barro por el inmaculado suelo de mármol.

¡Jesús! ¿Cuál es el protocolo a seguir? Durante la semana de formación antes de unirme al equipo de seguridad del príncipe Nicholas, nadie me enseñó a reconfortar a aristócratas desoladas.

—No me haga caso —dice con voz tan pija como todo su aspecto—. Soy una tonta en un momento de debilidad. Los peligros del exceso de champán y de recuerdos.

Me remuevo, incómodo.

—¿Le gustaría que llamase a alguien?

—Dios, no. —Ríe con nerviosismo—. A los buitres de esta fiesta nada les gustaría más que tener chismorreos frescos de la duquesa y sus tragedias. —Suspira mientras hace girar el anillo grueso de su dedo—. Dígame, oficial, ¿usted tiene hijos?

La pregunta me pilla desprevenido.

—No, señora.

—Considérese afortunado. Cuando crecen se convierten en extraños que te culpan por intentar protegerlos. —Un destello de dolor le atraviesa el rostro.

—Las relaciones familiares son complicadas —ofrezco, a falta de algo mejor.

—Solo quiero lo mejor para él —responde.

Sus palabras me llegan al fondo del alma.

Mi madre murió cuando yo tenía doce años y, de pronto, el mundo era demasiado grande, demasiado cortante, con demasiadas aristas que podían causar daño.

Para ese momento, hacía rato que mi padre empinaba el codo, pero en cuanto ella se nos fue, no hubo quien lo frenara.

Mientras esta mujer llora por un hijo que no quiere su protección, yo vendería el alma por escuchar una vez más a la mía quejándose de que no he comido lo suficiente.

La injusticia me corroe por dentro.

La duquesa endereza los hombros con esfuerzo y dice:

—Es tan duro ver que alguien que quieres va a repetir la misma historia…

El sonido de unos pasos vacilantes y de unas risas me salvan de tener que responder.

Nicholas aparece por un costado guiando a la rubia de rojo, una mano posesiva sobre la parte baja de su espalda.

Lleva la camisa semidesabrochada y ha perdido la pajarita.

Una mancha de pintalabios le cubre la comisura de la boca mientras que otra asoma por el cuello de su camisa.

En cuanto se percata de nuestra presencia, la risa se le borra de un plumazo y la expresión desenfadada de su rostro se endurece, volviéndose fría y recelosa.

—Oficial O’Connell.

—Alteza Real.

Nicholas me mira primero a mí y luego a la mujer. Sus labios se curvan.

—Veo que ha conocido a mi madre.

El desdén en su tono me revuelve el estómago.

Tiene a su madre delante, con las mejillas aún bañadas en lágrimas, y la mira como si hubiera pisado algo desagradable.

He visto a hombretones de Belfast mostrar más compasión por un perro callejero que la que le muestra este príncipe a la mujer que le dio la vida.

¿Qué clase de persona trata a su madre así?