Capítulo 4 #3
Formación remunerada, salario competitivo. Marca la diferencia en tu comunidad
Lo de la formación remunerada fue lo primero que me llamó la atención. Cobrar más de veinte mil pavos por aprender supera con creces al salario mínimo por transportar ladrillos.
Por supuesto, no era habitual que un católico formara parte de las fuerzas policiales de Irlanda del Norte.
Si bien tras el Acuerdo de Viernes Santo se cambió el nombre de la Policía para que los católicos no nos sintiéramos excluidos, es complicado erradicar décadas de que te traten como el enemigo.
Mientras que en la comunidad protestante muchos veían a los reclutas católicos como infiltrados, los nuestros a su vez nos trataban de traidores.
A mí me dio todo igual. Cuando tienes un hermano que necesita un tipo de fisioterapia especial tres veces a la semana y una silla de ruedas más cara que un coche, los principios morales son un lujo que no te puedes permitir.
Además, un lado inocente e idealista en mí aún creía que, de haber alguien como yo dentro, si volvía a suceder algo como la tragedia de Malachy por culpa de poderosos a los que nada les importa, el problema no desaparecería así como así.
Malachy comprendía mis motivos, si bien nuestros vecinos no.
—Recuerda por qué lo haces —me dijo. Y eso hice ante cada mirada de desprecio y cada susurro que me tachaba de traidor.
Hay una gran parte de mi trabajo que no puedo compartir con mi hermano. Es duro porque, aunque es la persona más cercana a mí, no puedo ofrecer más que detalles vagos.
—Entonces, ¿qué? ¿Está complicado el trabajo? —pregunta.
—Sí, es una misión nueva como agente de seguridad. Pero la persona VIP a la que protejo no me cae nada bien.
Tras hacer una mueca, responde:
—Pobre Eoin, agachando la cabeza ante un pijo de mierda que seguro cree que Irlanda es la islita donde viven las hadas.
—Algo así.
Luego hablamos sobre las sesiones de fisioterapia y sobre la nueva liga de baloncesto en silla de ruedas a la que se acaba de apuntar. Intento sonsacarle cómo le va sin ser muy evidente, porque valora su independencia ante todo.
Lo ayudé para que comprara un piso con accesibilidad, aunque él insiste en pagarme mes a mes. El orgullo y la cabezonería son un rasgo de los O’Connell, al igual que la hendidura en la barbilla.
Cuando me ofrecieron trabajar para Scotland Yard en Londres tuvimos una bronca donde medimos nuestro nivel de terquedad.
—¡Menudo gilipollas eres si no aceptas! —espetó Malachy—. ¿Qué te crees? ¿Que me voy a sentir mejor de estar en esta silla al ver que rechazas oportunidades como esta?
Por suerte, mis tíos viven en Belfast por si hay alguna emergencia o para cenar con él los domingos. La pega es que la tía Mary aún lo trata como si fuese de cristal, lo que a mi hermano le jode una barbaridad.
Al acabar la videollamada, permanezco sentado en silencio.
El contraste entre el mundo aristocrático en el que vivo y el de Mal en tierras irlandesas, maniobrando su silla de ruedas en un apartamento estrecho, es como una bofetada en toda la cara.
Mientras la gente de aquí se preocupa por el tenedor para el pescado, mi hermano hace cálculos para ver si este mes puede permitirse la calefacción.
En fin, debo recordarme por qué estoy aquí: para averiguar si hay algún traidor en el equipo.
Leo el expediente de los empleados en la tablet y memorizo los datos de empleo mientras intento encontrar lagunas.
En el archivo de Blake se indica que estuvo durante seis meses en una misión en Chipre, pero, curiosamente, no se incluyen demasiados detalles.
A Singh lo relevaron de su puesto anterior en Westminster de forma abrupta, sin explicaciones.
Todas piezas de un puzle que aún no puedo resolver.
En cuanto decido pedirle a Pierce la versión completa del expediente militar de Cavendish sin información censurada, cómo no, se me apaga la tablet .
Lógicamente, el cargador está muerto de risa en la mochila que dejé en la oficina de seguridad.
Según parece, aunque sea un agente encubierto muy capaz, también soy un gilipollas que no recuerda coger sus propias cosas.
Me encamino hacia la oficina para recoger la mochila. Para ello he de pasar por el gran salón de baile donde la fiesta tras la cacería está en su apogeo. A través de las puertas entreabiertas distingo a Nicholas en medio de todo el meollo, con la chaqueta abierta y la pajarita colgando del cuello.
Lo veo desplegar todos sus encantos con una rubia vestida de rojo.
Otra mujer se acerca y extiende el brazo ofreciéndole una copa de champán que, por supuesto, Nicholas acepta con esa sonrisa tan suya, esa que estampan en los souvenirs para turistas.
Hace algún comentario que provoca la risa de ambas mujeres, y las veo ladear la cabeza como flores que buscan la luz del sol.