Un Sustituto Improbable (Dilemas Improbables 3) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

El primer disparo que rompe la quietud hace que me tense por instinto. Me obligo a no adoptar la posición de defensa y a no llevar la mano hasta mi arma.

Aprieto la mandíbula al oír más disparos al aire. Cada uno de ellos me pone de los nervios.

Algunos faisanes caen fulminados. Otros se rebelan, batiendo las alas a un ritmo frenético, pero no consiguen doblegar a la gravedad y sus cuerpos caen al terreno con un leve ruido sordo.

Veo a un pájaro malherido que, al arrastrarse por la broza, deja una estela de plumas que se pegan a la hierba mojada.

—No lo aprueba, O’Connell. —La voz de Nicholas llega a mis oídos entre disparo y disparo.

Le echo un rápido vistazo.

—¿Perdón, Alteza?

—Lo noto en su expresión. Está claro que la cacería no es lo suyo. —Sus ojos glaciales me examinan de arriba abajo, y un escalofrío me recorre la espina dorsal—. No lo tenía por el típico activista de animales.

Me encojo de hombros y respondo:

—No tengo problema cuando la gente caza por necesidad.

El mensaje tácito flota en el aire: «Pero sí cuando se trata de una matanza coreografiada que no sirve para ningún propósito más allá del entretenimiento».

La comisura de su boca se tuerce como si lo hubiese dicho en voz alta.

—¿Y qué es exactamente «cazar por necesidad»? ¿Hay que estar famélico o solo hambriento? ¿En dónde se traza el límite moral?

Parpadeo. No me esperaba que él me hiciera esa pregunta.

Nicholas me observa entretenido pero indiferente, como un gato que ha encontrado un ratón que le despierta cierto interés.

—Debo confesar que no he dedicado tiempo a reflexionar sobre mi postura. —Escaneo el perímetro y mantengo la voz neutral a pesar de que conserva un toque ácido—. Soy un hombre práctico, la filosofía no es lo mío. Pero creo que matar debe servir un propósito, que no debería ser simple diversión.

Como agente encubierto, suelo interpretar el papel de personajes que difieren mucho de mí, por lo que es fácil ocultar mis propias creencias bajo capas y capas de personalidad inventada.

Pero, como mi rol de guardaespaldas es una extensión de mi trabajo en el cuerpo policial, es más complicado separar mi verdadero yo del papel que interpreto.

Hay más posibilidades de que mis opiniones reales salgan a la luz.

—Es una tradición. —Nicholas masajea las orejas al perro mientras me observa desde su posición—. ¿Eso no tiene ningún valor para usted?

—No todo lo que alguna vez tuvo valor lo sigue teniendo —contesto—. Me gusta juzgar las cosas por lo que aportan, no por su antigüedad.

Los ojos le brillan con algo que no logro descifrar.

—Toda mi vida se halla impregnada en tradición, así que a título personal supongo que me interesa creer que las tradiciones son importantes —responde, por fin.

Estoy intentando pensar cómo responder cuando suena una corneta. Al parecer, se trata de la señal para recoger las aves que han caído.

Nicholas se levanta con un movimiento fluido y les silba bajito a los perros.

—Venga, os toca ganaros esas croquetas de premio.

Lo sigo a una distancia prudencial al tiempo que los perros se abren paso como torpedos peludos por la hierba escarchada. Nicholas se mueve con una seguridad natural. Mientras tanto, yo me dedico a escanear la línea de árboles.

Todo clama «peligro de emboscada»: la ubicación remota, la visibilidad limitada y los patrones de movimientos predecibles.

Se escucha un estrépito desde un matorral cercano, y algo que sale disparado hacia arriba en una explosión de ruido y movimiento se encamina directo hacia la cara de Nicholas.

Actúo por instinto. El movimiento indica amenaza, y la amenaza llama a la acción.

Me lanzo hacia delante y le propino un placaje lateral a Nicholas.

Caemos al suelo de forma violenta, mi cuerpo curvándose en modo protector.

Uno de mis brazos lo sujeta de la nuca para impedir que se la rompa contra el suelo congelado, y a su vez protejo su torso con el mío.

Llevo la mano que me queda libre al arma de forma automática.

Es en ese momento cuando me percato de que unas alas se agitan descontroladas por encima de nosotros.

Joder.

Nicholas yace inmóvil debajo de mí, sus ojos de océano invernal mirándome con estupor. Tengo la cara a centímetros de la suya, lo bastante cerca como para contar cada una de sus pestañas. Está respirando con dificultad y el vaho se hace visible gracias al aire frío.

Por unos segundos, simplemente nos miramos el uno al otro.

—Eso —dice, por fin, con voz tirante— era una perdiz, no un asesino.

De repente soy muy consciente de todos los puntos en los que nuestros cuerpos se tocan. Mi pecho contra el suyo, mi pierna entre sus muslos, mi mano que aún lo sujeta de la cabeza.

Su pelo suave y oscuro es como seda bajo mi piel. La fragancia de su perfume, silvestre y refrescante, penetra mis fosas nasales. Se le han dilatado las pupilas de forma que el negro prácticamente se ha tragado el color azul imposible.

Cuando sus labios se abren tan solo un milímetro, joder, me es imposible no seguir el movimiento como si mi vida dependiese de ello.

Cada uno de los puntos donde hacemos contacto comienza a desprender calor y noto que un rubor le sube por el cuello. Sé que debería apartar la vista, pero soy incapaz.

¿Por qué demonios no puedo dejar de mirarlo?

Ahora los perros nos empiezan a rodear y el labrador de pelaje dorado le lame el oído a Nicholas, emocionado.

—Apreciaría —continúa con frialdad— que quitara su codo de mi bazo.

Mierda. Me hago a un lado, lo que provoca que mi rodilla chapotee en el barro helado, y me pongo en pie.

Nicholas permanece en el suelo, con hojas enredadas en su pelo oscuro y una mancha de barro en el pómulo.

—Deberíamos dejar de lado esta nueva costumbre de acabar en posiciones comprometidas —dice mientras se ayuda de los codos para ponerse en pie—. Con todo el tiempo que pasa invadiendo mi espacio personal, al final me tocará cobrarle alquiler.

Alza una mano con autoridad. Cuando la tomo, la fuerza de sus dedos me deja sorprendido. Luego, se alza con un movimiento fluido, y hace una ligera mueca de dolor al girar el hombro.

Mierda. Espero no haberle hecho daño.

Cavendish emerge de detrás de la arboleda con expresión asesina y se dedica a escanear el perímetro, arma aún en mano, antes de que sus ojos recalen en mí con un deje de irritación que no logra ocultar.

La oficial Blake sale disparada hacia nosotros desde la dirección contraria y enseguida le habla al micro en su muñeca:

—¿Cuál es la situación? —pregunta Cavendish, parco.

—Falsa alarma —admito mientras me sube un calor por el cuello—. Un pájaro asustado.

Joder. No necesito recurrir a un loquero, tengo muy claro de dónde me viene el instinto de «proteger primero, preguntar después».

A los dieciséis años me tocó rebuscar entre los escombros de lo que había sido nuestra casa hasta dar con mi hermano.

Jamás olvidaré la forma en que me agarraba del hormigón que se desmoronaba y del metal doblado como un poseso, ni la cara pecosa de Malachy, pálida e inmóvil bajo el polvo.

Nunca pensé que esa experiencia me afectaría en esta misión en particular.

El oficial Davis aparece en escena y su cara denota alivio pero también decepción al no tener una amenaza que neutralizar.

El oficial Singh, que se halla cerca del grupo de cazadores, sacude la cabeza con sutileza en un gesto que representa un claro «te has pasado, amigo».

Al parecer, el equipo de seguridad al completo ha sido testigo no de una, sino de dos reacciones desproporcionadas en el transcurso de unos días.

Espléndido.

Mi turno acaba a las ocho de la tarde, lo cual es un alivio. Aún me fastidia lo que sucedió en la cacería.

Estoy acostumbrado a realizar bien mi trabajo, no a quedar como un novato torpe que acaba de terminar su periodo de adiestramiento y es incapaz de distinguir un ave de una amenaza real.

Para tranquilizarme, llamo a mi hermano por FaceTime.

Malachy responde al segundo tono. Las paredes recargadas del apartamento me aportan una familiaridad que me transporta de vuelta a casa.

—¡Míralo, el hermano pródigo! —saluda con una amplia sonrisa—. ¿Sigues vivo?

—De milagro —refunfuño mientras me apoyo contra las almohadas de la cama tras un saltito—. Ha sido un día interminable.

—Ay, pobrecito él —se burla Malachy al tiempo que se propulsa en la silla de ruedas hasta la encimera de la cocina—.

Vente a clasificar paquetes todo el día y a atender a los que los necesitan para ayer.

Hoy me llama al almacén una mujer para preguntarme si le buscaba un paquete con un lápiz de labios.

Que lo necesitaba urgente porque tenía una cita por la noche. Ni que fuera el mago del correo.

—Pues que hubiera hecho el pedido con más antelación —respondo—. Aunque supongo que decirle con diplomacia a la gente por dónde meterse sus paquetitos urgentes es una de tus destrezas como personal de atención al cliente.

—Bien que en persona nadie se atreve a quejarse. Creo que se darían cuenta de que igual me da por aplastarles los dedos de los pies. —El comentario va acompañado de esa sonrisa picarona que tiene desde que éramos pequeños y nos lanzábamos bolas de barro en el callejón detrás de casa.

Río por lo bajo, me recuesto en el cabecero y digo:

—El encanto de los O’Connell al poder.

—Suelta el tío que le preguntó a la señora Flannery si su pudin de Navidad había estado en remojo desde la gran hambruna.

—Ese pudin era un arma de destrucción masiva. Lo mío fue un servicio a la humanidad.

Estas idas y venidas típicas entre mi hermano y yo me dan sosiego.

Malachy es el motivo por el que decidí entrar al cuerpo policial.

Después de acabar la secundaria, durante un año estuve partiéndome el lomo en diferentes obras de construcción. Cada vez que regresaba a casa, polvoriento, encontraba a mi hermano peleándose con una silla de ruedas que apenas sobrevivía a base de mucha cinta adhesiva y de rezarle a la Virgen.

Entonces un día me topé con un cartel del Servicio de Policía de Irlanda del Norte en la oficina de empleo: