Un Sustituto Improbable (Dilemas Improbables 3) Capítulo 4
8%

Capítulo 4

Capítulo Cuatro

Eoin

Me he enfrentado a delincuentes en almacenes del este de Londres solo con mi intelecto y un micro oculto, me he infiltrado en redes de narcotráfico donde la palabra equivocada te enviaba al matadero, y hasta me tocó neutralizar un secuestro a mano armada con una grapadora y la suerte de haber actuado en el momento justo.

Pero escuchar a un aristócrata en este estudio revestido de paneles mientras describe la forma correcta de asesinar pájaros se ha convertido en el momento más surrealista de toda mi puta carrera.

—Los cazadores ayudantes primero se desplazarán por la arboleda ubicada al este —explica un lord cuyo nombre de al menos seis sílabas y dos guiones ya he olvidado—. Las condiciones climáticas son inmejorables. Nos espera un día estupendo.

De seguro los faisanes apreciarán el hecho de que el sol brillaba el último día que pasaron en este mundo.

Le echo un vistazo a Rick Cavendish, el líder del equipo de seguridad asignado al príncipe. De pie en la cabecera de la mesa, escucha al lord «quien quiera que sea» mientras sus ojos permanecen fijos en el mapa de la propiedad familiar que tiene enfrente.

La relación profesional entre Cavendish y yo no comenzó de la mejor manera cuando nos conocimos anoche. Me enteré de que no le contó al príncipe Nicholas sobre mi nuevo puesto porque se pasó la mitad del día al teléfono cuestionando mi incorporación al equipo.

Por supuesto, no tenía ni idea de que la autorización venía de arriba. Como tampoco sabe que estoy aquí para investigar a su equipo, incluyéndolo a él. Para él soy otro de los guardaespaldas que le ha endosado un funcionario inexperto en las operaciones de campo.

En cuanto se enteró de mi primer encuentro con el príncipe Nicholas, su gesto de reprobación se agudizó y cruzó unas cuantas palabras con el oficial Tyrone Davis, de guardia ese día.

Davis decidió relatar los innecesarios pormenores del incidente y comentar sobre el «asombroso equilibrio del príncipe», lo que provocó que el gesto de reprobación de Cavendish se hiciera aún más visible.

Deseaba incorporarme al equipo de la forma más discreta posible, pero no pudo ser.

Escaneo la habitación. La oficial Nia Blake se halla unos pasos por detrás de Cavendish. Tiene pinta de ser alguien que posee inteligencia callejera, y se le nota una fortaleza que me recuerda a los mejores detectives con los que he trabajado.

El oficial Jaz Singh se ha apoyado sobre la librería y, aunque parece despreocupado, está colocado de manera que ambas salidas se hallan en su línea de visión.

He leído en su perfil que habla varios idiomas de forma fluida, y cuando me ofreció un café esta mañana, me preguntó de qué barrio de Belfast venía, como si lo de catalogar acentos fuese de lo más natural para él.

La figura de la oficial MacLeod, ubicada al lado de la ventana, desprende pragmatismo y poca propensión a la tontería típicos de las tierras altas de Escocia. Este fue su comentario de bienvenida por la mañana: «Espero que hayas traído calzado adecuado para caminar por el barro».

Por otro lado, imagino que el oficial Peter Malcolm, aferrado a su tablet , lee una minuciosa descripción de los protocolos de seguridad que han de seguirse en cada situación, hasta en una invasión alienígena.

Cuando intenté sacarle conversación durante el desayuno, aquello se transformó en un monólogo de quince minutos sobre las posibilidades, estadísticamente hablando, de que haya explosivos ocultos en las espadas de ceremonia durante las recepciones de Estado.

Incluso me dio los resultados con porcentajes de dos decimales.

El más joven del equipo, Davis, revolotea al final de la sala de reuniones como cachorrito ansioso que no tiene claro si tiene permiso para subir al sofá. El chaval casi vibra de ansia: se lleva la mano al auricular de forma constante como si temiera perderse la llamada a la acción.

Si existe un traidor en el equipo de seguridad de Nicholas, por desgracia no lleva un distintivo que indique su afinidad con un grupo terrorista.

No obstante, tomo nota mental de cada uno de los guardaespaldas para registrar la información esta noche: mano dominante, microexpresiones cuando surgen ciertos temas.

Si beben o no café, lo que podría indicar que han trasnochado o que han madrugado para ir a algún sitio.

Si la marca de zapatos va de la mano con su salario.

Cualquier detalle, por pequeño que parezca, puede llegar a ser relevante.

—Bien, pasemos al despliegue. —Cavendish examina los trazos del mapa como si planease una campaña militar cuando en realidad hace de niñero de aristócratas con escopetas—. Necesitaremos cubrir todos los puntos clave a lo largo del perímetro de caza.

—He dividido el terreno en cuadrantes de colores según el nivel de riesgo —anuncia el oficial Malcolm dando golpecitos a la tablet —. El rojo muestra las áreas con poca visibilidad, el amarillo posibles accesos desde el exterior, y el verde las áreas seguras con una línea de visión óptima.

El lord «comoquiera que se llame» asiente, complacido, y dice:

—Una preparación excelente. Como decía mi abuelo, «hombre precavido vale por dos faisanes». —Emite un chasquido ante su propio «ingenio».

Los agentes de seguridad no esbozan ni media sonrisa. Empiezan a caerme mejor.

—¿Su alteza real participará en el evento? —pregunta Blake.

—El príncipe me ha comunicado que no tiene intención de disparar —responde Cavendish—. Pero está claro que eso no disminuye el riesgo de los otros miembros del grupo de cacería. Oficial O’Connell, usted se encargará de seguir a su alteza. Estaría bien que no volviera a maltratarlo.

No hay manera de que nos olvidemos del dichoso incidente de ayer. De hecho, por las miradas que se echan los miembros del equipo, seguro lo han comentado a mis espaldas.

Mierda.

Estoy acostumbrado a ser la persona de confianza del equipo, no un estorbo.

Al unirme al cuerpo policial encontré estabilidad en mi vida en el momento que más lo necesitaba, cuando era un tontaina de dieciocho años huérfano y con un hermano pequeño que me necesitaba entero.

Luego me llamaron de Scotland Yard al ver que era bueno en mi trabajo.

En ambos cuerpos, mis colegas siempre han confiado en mí para cubrirles las espaldas.

—Las armas se trasladarán por separado y se distribuirán en los puntos de tiro clave —añade el oficial Singh.

Todo este alboroto para disparar al aire a unas aves. La aristocracia es una raza aparte: se gastan una pequeña fortuna para conseguir carne de calidad inferior a la que se vende congelada en Tesco.

Una hora más tarde, nos hallamos en medio de un campo con robles antiguos cuyas figuras se recortan en el horizonte.

El príncipe Nicholas destaca del grupo principal. Mientras que sus familiares llevan chaquetas de tweed y pantalones de golf, él ha optado por una chaqueta elegante de color gris plomizo y pantalones de pana oscuros.

En persona es aún más guapo que en fotos.

Tiene una belleza despreocupada, con su pelo azabache rizándosele en la frente y enmarcando un rostro digno de imprimirse en billetes.

Y sus ojos…, Jesús, son de otro mundo. No se podría decir simplemente que son azules.

Son del color del océano en invierno, fríos y de gran profundidad, adornados con largas pestañas negras.

Incluso si fuese heterosexual, algo que definitivamente no soy, creo que me percataría de su impactante belleza.

Lástima que la personalidad no lo acompañe.

Porque la breve toma de contacto con el príncipe Nicholas reafirmó lo que sospechaba: es un arrogante que se cree con derechos porque toda su vida le han inculcado que es especial solo por existir.

Apenas pude pronunciar el «Alteza Real» sin que se me atragantara en la garganta. Mi vena cabezota de chico de Belfast insistía en llamarlo «tío» solo para ver qué cara pondría.

A los que nos hemos criado considerando a los de la Corona como invasores más que como soberanos, lo de la deferencia no se nos da bien.

Cordelia, la tía del príncipe con expresión perpetua de haberse chupado un limón, se pone a su lado y pregunta:

—¿Hoy no vas a disparar, Nicholas? Tu padre nunca se perdía una cacería.

Percibo una ligera tensión en los hombros del príncipe.

—Prefiero disfrutar de la naturaleza sin destrozarla, tía —responde con una sonrisa—. Además, alguien tiene que llevar la cuenta de los pájaros que cace el tío Rupert frente a los que él asegure haber cazado.

El guarda distrae a Cordelia de la conversación con Nicholas al llamar la atención de todos para dar comienzo a la cacería.

El asunto se desarrolla con la rigurosa precisión característica de los que disparan a las aves desde hace siglos. Los cazadores ayudantes, en fila a lo largo del bosque, parecen soldados dispuestos a enviar al matadero a los faisanes.

A cada uno de los ricachones se le asigna su «delimitador», una forma elegante de llamar al perímetro asignado para disparar, dispuesto en forma de arco a lo largo del campo por el que vuelan los pájaros.

Como Nicholas no participa, le han asignado la tarea de supervisar a los perros, posicionados a un lado del área de caza.

Lo observo moverse entre los retrievers hasta que se acuclilla a la altura de los animales. Un labrador color chocolate salta sobre él.

—Hola, monstruito adorable —murmura al tiempo que le rasca detrás de las orejas. El perro por poco se derrite ante sus caricias—. ¿Listo para trabajar un poco?

El animal responde con un gimoteo.

Cuando Nicholas alza la vista, me pilla observándolo, y sus fríos ojos se entrecierran.

El sonido de un silbato desvía mi atención de su mirada. Al parecer, es la señal para que los cazadores ayudantes comiencen a andar, lo que obliga a las aves a volar.

Es como ver un ritual de una tribu ancestral. Los ayudantes dan golpecitos a los arbustos con un palo y, en un arrebato de pánico, los faisanes salen disparados hacia el cielo amarillento de noviembre.