Un Sustituto Improbable (Dilemas Improbables 3) Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

No estoy acostumbrado a que me lleven la contraria y mucho menos viniendo de un trabajador que acaba de tratarme como si fuese un saco de patatas.

—Lo tenía bajo control —le hago saber.

—¿Ah, sí? —Alza una ceja ligeramente—. Disculpe por haber malinterpretado la situación, señor.

La forma en que pronuncia ese «señor» debería venir con la siguiente aclaración: «Lo llamo “señor” porque así lo exige el protocolo, no porque crea que merece el título».

—¿Qué le parece si a la próxima en vez de lanzarse hacia mí me consulta si necesito que me rescaten?

Se le tensa un músculo de la mandíbula.

—Me aseguraré de pedir permiso por escrito la próxima vez que a su alteza estén a punto de aplastarlo.

Me quedo observándolo, atónito. ¿Mi flamante guardaespaldas se acaba de pasar de listo conmigo?

Esto sí que es nuevo. Por más que antes estuviese en el puesto doce en la línea de sucesión, soy un príncipe. Se me trata con deferencia por defecto.

A juzgar por su expresión impasible, me queda claro que a este sujeto no le intimidan ni mi título ni mi posición.

Por algún motivo, esto me resulta turbador.

Hora de cambiar de táctica: ¡a desplegar mis encantos!

Ser capaz de camelarme a quien sea siempre ha sido motivo de orgullo para mí, desde diplomáticos indolentes hasta las damas de compañía de la reina, incluso las más estrictas.

A este mastodonte irlandés le vendrá de perlas una buena dosis del encantador príncipe Nicholas.

Si fui capaz de arrancarle una sonrisa al embajador sueco tras la gran debacle de los canapés de 2023, puedo atravesar la coraza de este hombre.

—Oficial O’Connell, ya que vamos a pasar tanto tiempo juntos, quizás deberíamos conocernos mejor.

—Relajo mi postura con deliberación y levanto el mentón al tiempo que arqueo una ceja—.

Cuénteme, ¿cuál es su tema de conversación favorito?

¿El tiempo? ¿Su sabor favorito en batidos de proteína?

¿La velocidad exacta para placar a príncipes incautos?

El oficial O’Connell me observa con frialdad.

—Prefiero centrarme en el trabajo, señor.

—¿El trabajo de evitar que me meta en problemas? Espero que no se haya saltado ningún entrenamiento de cardio. —Le ofrezco mi sonrisa más encantadora—. A estas alturas lo de meterme en problemas es casi un deporte olímpico.

Su rostro permanece impávido.

—Sí, mi trabajo consiste en mantenerlo con vida, señor.

—Entre usted y yo, el verdadero peligro no son los asesinos a sueldo.

Son las charlas triviales que tengo que soportar en las comidas benéficas.

Una vez la duquesa de Marlborough y yo estuvimos debatiendo durante tres horas si los caballos enanos son conscientes de que lo son.

Aún tengo pesadillas en las que unos caballos enanos me hacen preguntas existenciales.

Nada. Ni siquiera ha parpadeado.

—¿Le cuento un secreto? —Me acerco y bajo la voz, con complicidad—. A algunas personas les hacen gracia mis chistes.

—No soy como la mayoría. —Sus ojos grises se encuentran con los míos, impertérritos—. Y esto no es un bar de copas.

—No, el bar de copas está a unos diez metros —señalo—, donde mi tío Bernard sin duda estará entreteniendo a lady Fortescue con los detalles de cada uno de los trofeos de caza que hay sobre la pared.

Puede que haya llegado a la historia épica del zorro embalsamado de 1987 que, según él, le guiñó el ojo antes de que le disparase.

No hay ni una pizca de diversión en su rostro. Algo a lo que, desde luego, no estoy acostumbrado.

Me siento como un monologuista frente a un público particularmente crítico.

Antes de que pueda volver a intentarlo, se escucha una voz por el pasillo:

—Nicholas, cariño, estás retrasando toda la velada.

La duquesa de Hereford, también conocida como mi tía Cordelia, aparece al final del corredor de rosa brillante y bañada en diamantes. Le echa un seco vistazo a O’Connell y decide no darle mayor importancia antes de añadir:

—Todos están esperando, y ya sabes cómo se pone la tía Agatha cuando la cena se retrasa.

Dicha tía una vez amenazó con decapitar a un criado por servir la sopa tibia. Lo decía en broma.

Probablemente.

—¡Voy! —respondo antes de girarme hacia el nuevo miembro de mi equipo de seguridad—. Bueno, ha sido encantador conocerlo, oficial O’Connell. No tengo duda de que nos llevaremos de maravilla —agrego con una sonrisa.

Su expresión permanece intacta, pero un destello de peligrosidad asoma en esos ojos profundos.

—Mi misión no es llevarme bien con usted, señor, sino mantenerlo con vida.

—Su sinceridad es un soplo de aire fresco.

La mayoría de las personas se molestan en fingir que les caigo bien al menos durante la primera semana.

Aunque supongo que lo de «mantenerme con vida» es como una muestra de cariño, si bien profundamente impersonal y motivada por una obligación contractual.

Mientras acompaño a la duquesa hasta el comedor no dejo de pensar en cómo sería que alguien quisiera permanecer a mi lado por cuestiones distintas al deber, la sucesión o un sueldo.

¿Alguna vez obtendré respuesta a ese interrogante?