Capítulo 3 #2
—Me lo tomo como el mayor de los cumplidos teniendo en cuenta lo guapo que era —contesto antes de darle un beso en su mejilla empolvada y apartarme enseguida para no darle tiempo a protestar—. Guárdame algún pastelito, ¿eh?
Me alejo con un regusto amargo en la boca. Pasar tiempo con los Preston-Alexander es lo que tiene: es una lección magistral de cómo usar la cortesía como arma. Al final, cada vez que me invitan acabo aceptando, supongo que por eso de que «la sangre tira».
En nuestro caso, más que «sangre» creo que estamos hechos de mercurio: somos sofisticados, caros y de haber una exposición prolongada, algo tóxicos.
Y eso que aún no he interactuado con mi madre. No aparecerá hasta mañana al terminar la cacería, justo a tiempo para el baile.
A mitad de camino del salón principal un estruendo capta mi atención haciendo que deje de lado el análisis sobre mis genes tóxicos.
Dos criados están intentando trasladar una armadura enorme: una monstruosidad del siglo xv que, según la leyenda familiar, perteneció a un Alexander que peleó junto con Enrique V, pero lo más probable es que fuera de algún antepasado que estaba forrado.
El criado más joven, que parece de doce años, rodea la armadura a la altura del peto mientras que el otro, de cierta edad, batalla con la parte inferior.
El conjunto se tambalea de forma peligrosa.
—Tened cuidado —advierto al tiempo que me muevo hacia ellos.
El jovencito se gira al escuchar mi voz y en cuanto me ve sus ojos se agrandan. Flaquea, por lo que la armadura empieza a ladearse.
Me lanzo hacia delante de forma instintiva con los brazos extendidos.
Apenas he dado dos pasos cuando algo grande y firme se estampa contra mi costado.
Me quedo sin respiración por culpa del impacto y suelto un auch poco digno.
Unos brazos fuertes me rodean para hacerme a un lado, y mis zapatos de cuero italianos resbalan por el mármol mientras me recolocan sin mi consentimiento.
La armadura se estrella contra el suelo de mármol con un estruendo apocalíptico, como si un instrumento de percusión medieval se hubiera rebelado.
Pero no le presto demasiada atención al destrozo porque mi cara está aplastada de manera poco agraciada contra un pecho que parece tallado en granito pero forrado con seda. Aunque la tela del traje sea suave, lo que aprecio debajo me hace pensar que su dueño trabaja de roca en sus ratos libres.
Los brazos que me rodean parecen tenazas de acero, y me veo envuelto en una nube fragrante, como si la criatura se hubiese restregado contra unos pinos, junto con algo especiado y sombrío que me acelera el pulso de forma del todo inoportuna.
Enseguida recupero la cordura.
—Pero ¿qué leches?
Empujo al agresor al tiempo que intento recobrar tanto mi equilibrio como mi dignidad.
El atacante —¿o salvador?— no me lo pone fácil.
Lucho para deshacerme de su agarre y, muy poco a poco, sus brazos van aflojando la tensión, como si su dueño determinara el nivel de riesgo a cada centímetro que libera.
Vuelvo a asestarle un empellón a la pared de músculos. Esta vez logro crear el suficiente espacio para echarme hacia atrás e intentar verle la cara a mi «entusiasta» salvador.
Cuando lo consigo, me veo en la obligación de alzar la vista, poco común con mi casi metro noventa, y me encuentro con los ojos grises más serios que haya visto jamás.
Le pertenecen a un hombre que parece un ariete medieval con cuerpo humano y abdominales.
Sus hombros amplios dan paso a un torso esbelto; las proporciones que ostenta hacen pensar que Dios fanfarroneaba cuando decidió crearlo.
Su cabello al ras color caoba deja entrever tintes cobrizos y dorados con el reflejo de las arañas.
Tiene una mandíbula marcada y puede que se haya roto la nariz al menos en una ocasión.
Esa característica le da un toque de peligro a un rostro que, más allá de eso, podría considerarse atractivo.
Este hombre parece desayunar trozos de metal que, a juzgar por su expresión, no le sientan del todo bien.
Mientras nos observamos el uno al otro, me perturba el hormigueo que me recorre el cuerpo. Puede que se deba a que me acaban de zarandear como si fuese un muñeco.
Me enderezo por completo y, hostia, aun así me toca levantar la vista. Invoco hasta el último ápice de altivez aristocrática que me han inculcado desde pequeño.
—Cuando le apetezca, si me puede quitar las manos de encima, se lo agradecería enormemente.
Me suelta al instante, como si de repente el contacto le quemara, y da un paso hacia atrás. Por extraño que parezca, aún siento la calidez de su agarre.
Me aliso la chaqueta con toda la dignidad posible al tiempo que trato de ocultar el martilleo de mi corazón.
—Y ahora, ¿sería tan amable de identificarse? Los hay que preferimos que quien nos arrastre por salones ancestrales se presente primero.
Sus ojos grises no se desvían de los míos.
—Soy Eoin O’Connell, Alteza Real. —Tiene una voz profunda con un marcado acento irlandés—. Soy su nuevo guardaespaldas.
Mi cerebro entra en cortocircuito.
—¿Desde cuándo?
—Me he unido al equipo de seguridad esta mañana.
¿Tengo un nuevo guardaespaldas? ¿Por qué me entero ahora?
El asunto del personal de seguridad es algo que no llevo del todo bien.
Antes de mi meteórico ascenso en la línea de sucesión, no disponía de protección a menos que asistiese a algún evento como parte de la realeza. Todo cambió cuando me posicioné en el puesto dos en la línea de sucesión al trono.
Ahora cuento con seis guardaespaldas armados que me protegen las veinticuatro horas del día. Da la sensación de que vivo en una caja de cristal que por fuera pone «romper el cristal en caso de emergencia constitucional».
Por lo visto, ni siquiera puedo evitar la colisión de cuarenta y cinco kilos de acero decorativo sin que intervenga un guardia de seguridad.
A nuestro alrededor, los criados se afanan en recoger los pedazos de la armadura al tiempo que observan la puerta con terror, como si esperasen que la duquesa se materializase para pedir explicaciones.
Mi nuevo guardaespaldas, Eoin O’Connell, y yo permanecemos en mitad de la vorágine sosteniendo un cruce de miradas.
O un duelo de miradas, para ser más exactos.
Esos ojos grises me analizan con frialdad de arriba abajo.
—Nadie me ha informado de los cambios en la seguridad —explico.
Sus ojos denotan impaciencia.
—La RaSP autorizó la reasignación tras un análisis de seguridad reciente. Hasta donde sé, su guardaespaldas principal recibió la notificación.
—Y quién sabe por qué, yo no —respondo examinándolo como él ha hecho conmigo.
El traje oscuro que lleva está hecho a medida para ocultar con pericia lo que sospecho es un arma reglamentaria bajo el hombro izquierdo, ya que se vislumbra el contorno de una pistolera.
Aunque prefiero no prestar atención a la forma en que la chaqueta comprime ligeramente sus hombros amplios y cómo el cuello de la camisa enmarca…
«¡Céntrate, Nicholas, por Dios!». Me obligo a llevar la vista a su cara, lo que es aún peor, porque acabo de notar una hendidura en su barbilla.
—¿Y su primera misión consiste en placarme en mi residencia familiar? —Intento recuperar el control de la situación.
La irritación recorre su rostro por un momento, pero enseguida se recompone.
—Le pido disculpas, señor. Reaccioné ante una posible amenaza.
—Era una armadura vacía. Yo aquí convencido de que mi equipo de seguridad era capaz de distinguir entre decoración medieval y un peligro real… ¡Llámeme iluso!
—La armadura estaba a punto de caerle encima, señor —se justifica marcando más su acento—. Lo que se podría considerar como una amenaza.