Un Sustituto Improbable (Dilemas Improbables 3) Capítulo 3
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Capítulo 3

Capítulo Tres

Nicholas

Callum

Quería que fueses el primero en saberlo.

El mensaje de mi medio hermano, es decir, del príncipe de Gales, yace en mi teléfono cual bomba en cojín de terciopelo.

La frase va acompañada de una imagen borrosa que parece sacada de una película de terror. Una con alienígenas que les tienen cariño a los ecógrafos del Sistema Nacional de Salud, claro.

Porque ese manchurrón es la primera foto del futuro rey o reina del Reino Unido. Nada de la típica frase de alienígenas «Llévame hasta tu líder», sino «Voy a ser tu líder, literal».

Envío una respuesta rápida:

Nicholas

Mis más sinceras felicitaciones para ti y para Oliver. Ya noto el parecido familiar.

Me guardo el móvil en el bolsillo tras darle a «enviar» y me dedico a observar la inmensidad de los jardines de Rosemere Hall, el inmueble que pertenece a la familia de mi madre desde hace doce generaciones.

Estamos a mediados de noviembre, y el jardín es una amalgama de marrones y verdes bajo un cielo plomizo.

Hete aquí un príncipe meditando en un balcón. Una escena que, no me caben dudas, se ha plasmado en más de un cuento de hadas a lo largo de la historia.

Es imposible describir las emociones que siento ante la noticia de mi hermano.

Alegría, por supuesto, de que la aventura de la gestación subrogada en la que se embarcaron Oliver y Callum haya culminado con éxito.

En unos ocho meses veré nacer a mi primer sobrino o sobrina.

Le enseñaré a montar en poni, porque dejarlo en manos de Callum y sus cuestionables técnicas ecuestres es muy poco recomendable.

También aprenderá la técnica para deslizarse por el césped de Frogmore House con bandejas de plata que «tomaremos prestadas» de la despensa, en plan «trineo» improvisado.

Incluso le enseñaré el arte de robar galletas de un banquete de Estado sin dejar migas incriminatorias.

Sin duda, el hijo o hija de Callum y Oliver vivirá una niñez muy diferente a la mía. Tendrá a dos padres cariñosos que lo mimarán, que criarán al futuro monarca del Reino Unido con afecto y dedicación.

Aunque no todo será color de rosa, claro.

En vez de los típicos cuentos para irse a dormir, tendrá que soportar lecciones sobre las políticas económicas más razonables.

Es lo que tiene que uno de tus padres sea un ex primer ministro.

Ya me lo puedo imaginar: «Había una vez un PIB que deseaba crecer fuerte y robusto… ».

De hecho, la mezcla entre el optimismo americano de Callum y el cinismo británico de Oliver tiene el potencial de crear al miembro de la realeza más cuerdo de la historia, o al más perturbado.

En cualquier caso, ocuparé un lugar especial en la vida de mi sobrina o sobrino al ser su único tío, ya que ni Oliver ni Callum tienen grandes familias.

Callum solo tiene una medio hermana, mi hermana Amelia, que en estos momentos disfruta de la hospitalidad de Bronzefield, la prisión de su majestad en Surrey, tras participar en una conspiración para asesinarlo.

Imagino que no tiene la intención de tejer patucos de bebés, a menos que lo de aprender un oficio en la cárcel de repente se ponga de moda entre los nobles.

He de admitir que lo de ser tío me provoca otras emociones además de alegría. En nuestra familia, el nacimiento de un niño implica la reestructuración del orden jerárquico de la realeza, ese diagrama de flujos tan divertido que determina el orden en el que alguien deja de ser importante.

En mi caso, la llegada del hijo de Callum y Oliver supone una degradación. Pasaré de ser el sustituto a ser el «casi» sustituto.

El trono no me interesa. De verdad. Lo juro por el último rinoceronte en cautiverio de Sumatra, al que, por cierto, intenté «adoptar» medio borracho en una gala a favor de la protección de la flora y fauna.

A mi favor diré que en estos últimos años he sufrido cambios drásticos.

A los veintidós, cuando acababa de obtener mi título en Oxford e intentaba averiguar qué quería hacer con mi vida, pasé del puesto doce al dos en la línea de sucesión al trono de la noche a la mañana.

Todo gracias a la brillante idea de mis tíos y primos de aceptar sobornos a cambio de favores.

Palacio necesitaba que me convirtiera en un miembro funcional de la realeza capaz de cortar cintas de inauguración y de fingir fascinación ante la producción local de quesos.

Aunque han pasado dos años, cada vez que reflexiono sobre qué será de mí, me veo a mí mismo en una especie de limbo.

Nunca seré rey.

Me tocará dedicar mi vida a la monarquía y, al mismo tiempo, aceptar que mi destino consiste en ir pasando cada vez más a segundo plano para que el protagonismo recaiga en mis sobrinas o sobrinos.

Una tos discreta a mis espaldas interrumpe mis cavilaciones.

—Alteza, la duquesa requiere de su presencia en el Grand Hall. Está a punto de comenzar la recepción previa a la cena.

Me doy la vuelta para ver a Simmons, el mayordomo que trabaja en la familia de mi madre desde hace más de treinta años.

—Gracias. Voy bajando. —Me estiro los puños, un acto reflejo que me inculcaron desde la infancia, y sigo al mayordomo a través del pasillo.

—¿Regresa a Londres al acabar el fin de semana, como está pautado? —pregunta.

—Sí, regreso al palacio de Kensington el domingo por la tarde. Como desatienda mis obligaciones reales ya estará la prensa amarilla diciendo que «esquivo el bulto». —Me detengo al notar una leve rigidez en sus andares—. ¿Cómo vas de la artritis, Simmons? ¿Te sigue molestando?

—Es soportable, señor. Aunque la humedad de noviembre no ayuda.

—Tengo en la maleta la pomada de CBD que me recomendó el fisio, la suiza. Te la dejo en tu escritorio. Y no acepto un no por respuesta —añado cuando lo veo a punto de protestar—. Tómalo como un regalo de Navidad anticipado. No puedes ir por ahí haciendo ruiditos como si fueras suelo de madera.

Una sonrisa genuina atraviesa su rostro avejentado.

—Es muy amable, señor.

—Tonterías. Vienes soportando a los Preston-Alexander desde antes de que yo naciera. Deberías exigir el plus de peligrosidad.

Entrar en Rosemere Hall es como meterse en una cápsula del tiempo.

En este caso, una amueblada con una cantidad ingente de antigüedades sin duda adquiridas por mis ancestros de forma poco honorable.

Ya quisieran las canteras de Carrara tener tanto mármol como el que ostenta el corredor principal.

A lo largo de las paredes se extienden los retratos de los Alexander cuyos rostros parecen sufrir de estreñimiento.

Me arreglo la chaqueta del traje al tiempo que desciendo las escaleras. Al llegar abajo, me aborda la tía Lavinia, copa de jerez en mano y garras con artritis luciendo joyas.

—¡Nicholas, querido! —Lanza un beso al aire cerca de mi oreja izquierda—. Ya creíamos que te habías fugado con alguna de las doncellas.

Saco a relucir mi sonrisa más encantadora.

—Por desgracia, mi vida no es tan emocionante.

—Hablando de eso, Cordelia se ha empeñado en presentarte a la chica de los Montclare. Una criatura espantosa, la pobre. Todo dientes y solo sabe hablar de caballos, pero su abuelo es dueño de medio Northumberland.

Fabuloso. Otra cena, otra aristócrata soltera. El servicio de celestinas de la nobleza no se toma vacaciones.

—Intentaré debatir las técnicas de colocar las bridas cuando nos traigan el postre —contesto.

A la tía Lavinia le pasa desapercibido mi sarcasmo.

—¡Esa es la actitud, cariño! La monarquía no puede reproducirse sola, ¿verdad? Y teniendo en cuenta sus «preferencias», no creo que tu hermano esté por la labor.

En realidad, la monarquía está a punto de propagarse gracias a Callum.

Pero imagino cómo reaccionaría la tía Lavinia si se enterara de que el nuevo miembro de la familia real ha sido concebido mediante gestación subrogada.

Ya bastante jaleo supuso la enmienda a la Ley de Sucesión en la que el Parlamento aceptó que los herederos pueden «nacer de cuerpos ajenos», lo que allanó el camino para que Callum y Oliver pudieran procrear a través de este método.

Mi familia materna, los Preston-Alexander, cuyo registro genealógico data de la época de la conquista normanda, es de las que considera «nuevos ricos» a los que han amasado su fortuna después de la Revolución Industrial.

Por tanto, que Callum sea el resultado de la unión entre nuestro padre, el hijo de la reina, y una actriz estadounidense, para sus cerebros aristocráticos es semejante a descubrir que las joyas de la Corona se han sustituido por réplicas de plástico de las que regalan en los huevos con sorpresa.

Si le añadimos el hecho de que Callum se casó con Oliver, el ex primer ministro procedente de un barrio humilde al este de Londres, el nivel de espanto de la nobleza británica es absoluto.

Estoy seguro de que la familia de mi madre considera el ascenso de Oliver a Downing Street no tanto como el triunfo de la meritocracia, sino más bien como una señal alarmante del colapso de la sociedad.

No pienso compartir la noticia de Callum con nadie, menos aún con mi tía y su poca proclividad a la aceptación. Su idea de progreso consiste en cambiar el jerez por ginebra después de las seis.

Me pongo recto.

—Mi hermano está cumpliendo con su labor: guiar a la monarquía hacia el mundo moderno con maestría y autenticidad —respondo con un tono de voz ligero—. Lo encuentro admirable, la verdad.

Los labios de mi tía forman una delgada línea.

—¿Sabes qué, Nicholas? Cada día me recuerdas más a tu padre. Eres su viva imagen cuando tenía esa edad.

El comentario, como siempre, provoca que un sudor frío me recorra la espina dorsal.

Me fuerzo para mantener la sonrisa intacta. Mi padre era la alegría de la fiesta, el príncipe sinvergüenza pero encantador… Y a los treinta y ocho años ya estaba bajo tierra. Me toco el anillo grabado, la única posesión de mi padre que no heredé por defecto, sino por elección.

En ocasiones, que me comparen con él me suena más a una profecía que pende sobre mi cabeza que a una simple reflexión.