Un Sustituto Improbable (Dilemas Improbables 3) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

—Es lo que sospechamos, sí —contesta Thornton—. Por eso la situación es de alto riesgo. Paul Hargrove ha demostrado que estos individuos tienen paciencia de sobra. Están dispuestos a integrarse en el sistema por completo, a convertirse en gente de confianza, incluso en un amigo.

—No podemos permitirnos otro fallo en la seguridad —interviene Pierce con voz grave— después de lo de Matheson y Webley. La gente ya de por sí no confía demasiado en nuestra habilidad para proteger a las figuras públicas.

—¿Cuál es el plan, entonces? —pregunto—. ¿Investigar la división especial del Royalty and Specialist Protection al completo? Hay cientos de oficiales.

—Hemos reducido el número —dice Thornton—. Empezaremos por los agentes de seguridad de los objetivos más importantes.

Desliza otra fotografía por la mesa. Reconozco ese rostro al instante.

El príncipe Nicholas Alexander, el medio hermano pequeño del príncipe de Gales. Es el príncipe «sustituto» que ha subido peldaños en la línea de sucesión después de un escándalo que cambió el panorama de la familia real.

La prensa amarilla lo adora. Es el príncipe con la sonrisa perfecta al que le encanta frecuentar establecimientos exclusivos con acompañantes glamurosos que siempre van cambiando.

En esta foto en concreto se lo ve saliendo de alguna discoteca, con la ropa de diseñador arrugada, y regalando una sonrisa que seguramente detendrá los corazones de muchos en el Reino Unido.

Mi corazón también reacciona ante la foto, pero no por el mismo motivo.

Irlanda del Norte y la realeza son como esas parejas que han roto de forma espantosa, pero siguen compartiendo el mismo piso de alquiler.

Durante ochocientos años la monarquía y la aristocracia británica «hicieron uso» con total libertad de las tierras irlandesas, de las cosechas irlandesas, en definitiva, de todo lo perteneciente a Irlanda.

Luego se sorprendieron cuando no les agradecimos tal «privilegio».

Colocaron a protestantes escoceses en Ulster para civilizar a los católicos salvajes, dividieron la isla en cuanto tuvimos la «osadía» de querer independizarnos, y se aseguraron de tener un número suficiente de protestantes en los seis condados de Irlanda del Norte como para que votasen como más le convenía a Londres.

Para evitar que nos matemos entre protestantes y católicos, se erigieron en Belfast lo que se conoce como los «muros de la paz».

Han transcurrido veintisiete años del Acuerdo de Viernes Santo, donde los paramilitares de ambos bandos estuvieron de acuerdo en deponer las armas y, aun así, por la noche se les echa el cerrojo a las puertas de los muros.

La familia real siempre ha sido el símbolo más prominente de la opresión inglesa.

Y aquí se halla este católico de Belfast de clase obrera, a punto de que le asignen una misión que incluye investigar una amenaza en contra de un miembro de esa familia.

Si esto no es una burla del cosmos, no sé qué es.

—Nos ha llegado información que sugiere que el príncipe Nicholas es el próximo objetivo —continúa Thornton—. Si el espía infiltrado pertenece a la RaSP, lo más probable es que sea alguien de su equipo.

Observo la sonrisa perfecta que desprende el príncipe Nicholas en la foto.

—¿Por qué él? —pregunto.

Thornton se encoge de hombros y responde:

—¿Quién sabe? Quizás suponen que es más fácil acceder a él que al príncipe Callum. Nos basamos en un rumor de nuestra red de Inteligencia. Por eso necesitamos a alguien dentro de la RaSP.

El silencio que sigue deja claro cuál es la conclusión.

—Con todo mi respeto —digo con cautela—, no tengo experiencia como agente de seguridad.

—Tiene experiencia de sobra como agente encubierto —contraataca Thornton—. Su entrenamiento en combate supera al de la mayoría de los oficiales de la RaSP, y su sentido del instinto es excepcional. Además, lo más importante es que parece un agente de seguridad.

Lo de «parecer un agente de seguridad» se traduce en que mido un metro noventa y tres y puedo bloquear una puerta con el cuerpo.

—Aceleraremos su adiestramiento —interviene Pierce—. Como tapadera, alegaremos que es agente de seguridad de diplomáticos y que lo hemos transferido para reforzar la seguridad tras el secuestro de Matheson y Webley.

Bajo la vista a la foto una vez más, intentando que no se me note el rechazo que me produce.

El príncipe Nicholas representa todo contra lo que he luchado en mi vida. Todo contra lo que han luchado ochocientos años de historia irlandesa. Un sistema que protege a los privilegiados mientras ignora a los más vulnerables.

Mi animadversión natural me lleva a abrir la boca sin pensar que les estoy haciendo frente a los mandamases que tienen en sus manos tanto mi ascenso como toda mi carrera profesional.

—No creo que sea la persona adecuada —suelto sin más—. Nunca he trabajado en el círculo de la aristocracia.

Es cierto. Scotland Yard me utiliza para que me camufle con la gente de los bajos fondos. He hecho de drogadicto, de perista de poca monta, de estibador con deudas de juego. Todos papeles donde mi acento de Belfast y mi aspecto tosco no suponen un lastre, sino que me acreditan para el trabajo.

Sé cómo funciona la calle. Sé la diferencia entre un yonqui con tic nervioso y las señas de un traficante, entre una pelea a punto de explotar y mero fanfarroneo.

Sobre los protocolos de la realeza no sé una mierda.

—Por eso es la elección perfecta —añade la comandante Adebayo con esos ojos calculadores que parecen haberme calado en cuanto entré por la puerta—. No tiene ideas preconcebidas ni le debe lealtad a los de palacio.

—¿Por cuánto tiempo?

—Hasta que neutralicemos la amenaza —responde Pierce mientras sus ojos se encuentran con los míos.

O sea, por tiempo indefinido. Espléndido.

Sé que es una buena oportunidad a nivel profesional. Soy ese chaval de barrio marginal al que se le ha confiado la protección del segundo en la línea de sucesión al trono. Si mi padre estuviese vivo, se troncharía de risa o le daría un puñetazo a la pared.

Conociéndolo, ambas tras unas cuantas copas.

Respiro profundo al tiempo que valoro opciones. Seamos realistas: no las hay. Rechazar una misión de máxima prioridad cuando lo más probable es que Pierce me haya escogido a dedo en mi año de prueba sería una mancha negra en mi currículum.

En mi profesión, la reputación es lo único que cuenta.

No puedo evitar pensar que, cuanto más lejos llegue en Scotland Yard, más cerca estaré de cambiar el sistema que nos engulló a mí y a mi familia y nos escupió con una palmadita en la espalda y una indemnización insuficiente.

—Acepto —respondo, por fin.

Siento que la ligera tensión que emanaba de la mesa disminuye. Pierce relaja los hombros. Thornton asiente, y un ligero gesto de aprobación se forma en sus facciones adustas.

Me pongo de pie con una mueca de dolor por culpa de mi cadera magullada.

—¿Cuándo empiezo? —pregunto.

—La formación comenzará mañana a las seis —informa Pierce—. En menos de una semana estará trabajando con el príncipe Nicholas.

En cuanto me giro para marcharme, la comandante Adebayo vuelve a hablar:

—¿Sargento detective O’Connell?

Me doy la vuelta para mirarla.

—No olvide su nueva identidad. Ahora es un agente de seguridad, no un detective. Deberá comportarse como tal en todo momento.

Lo que intenta decirme es que debo ser respetuoso con un hombre cuyo mayor logro en la vida fue haber nacido, y cuya idea de pasar dificultades se reduce, probablemente, al momento en que se acaban las existencias de su té favorito.

Le respondo con una sonrisa forzada.

—Estoy seguro de que su alteza y yo nos llevaremos de maravilla.

Tras salir de la oficina, no me quito la sensación de haberme metido a un bar en medio de una pelea con las manos atadas a la espalda. Algo en esta misión no me huele nada bien.

¿Acabo de cometer el peor de los errores? Entré a la Policía para proteger a los más vulnerables, no para hacer de canguro de uno de los hombres más privilegiados del país.

En último caso, lo que yo opine sobre gilipollas que nacieron en cuna de oro no es relevante.

Hay traidores entre nuestras filas. Terroristas que tienen a nuestras instituciones en el punto de mira.

Y, al parecer, el príncipe Nicholas Alexander, el segundo en la línea de sucesión al trono, fiestero de profesión y heredero sustituto, podría estar en peligro.

De nuevo, bajo la vista hasta la foto que sujeto en la mano. Una sonrisa perfecta, ensayada. Unos ojos que no saben lo que es pasar verdaderas dificultades.

Esto va a ser de lo más interesante.