Capítulo 2
Capítulo Dos
Eoin
La sede central de Scotland Yard es una peineta arquitectónica a la sutileza: todo cristales brillantes y acero pulido. Muy alejado de aquel edificio original victoriano que vio nacer a la Policía metropolitana de Londres y de cuya entrada trasera en Great Scotland Yard tomó su sobrenombre.
Mientras avanzo por el vestíbulo varias cabezas se giran.
No los culpo. Parece que me hubiera peleado contra un contenedor de basura, y me hubiese ganado por goleada.
Por otro lado, estoy acostumbrado a no encajar.
Soy un tío de Belfast que creció en un barrio de viviendas protegidas donde el concepto de crecimiento personal abundaba menos que los calentadores que se mantenían encendidos todo el invierno.
Más adelante entré en la Policía, el trabajo perfecto para un católico de Irlanda del Norte si buscas que todo el mundo te desprecie por igual.
Nunca me he quitado esa sensación de tener siempre el acento incorrecto en cualquier sitio.
Durante el primer año en el que Scotland Yard me reclutó para el MO3, me convocaron a una reunión para que pusiera al corriente a los oficiales de rango superior sobre el traficante de armas irlandés al que me había estado trabajando durante semanas.
A mitad de mi discurso, uno de los típicos gilipollas oxbridge , como se les dice a los que han ido a Oxford o Cambridge, y que infestan las altas esferas de Scotland Yard, me interrumpió para preguntarme:
—¿Podrías repetir el calibre? ¿Has dicho treinta o trenta y tré ?
Una oleada de risas se esparció por la sala.
Aunque noté que la nuca me hervía más que una tetera, lo miré impasible.
—Treinta milímetros. ¿Hace falta que lo ponga por escrito?
Arqueó las cejas de inmediato, pero un mes después, cuando mi trabajo como agente encubierto permitió destapar la red de tráfico más grande a la que se enfrentó la Policía metropolitana en una década, al imbécil de Oxbridge le tocó cerrar el pico.
Ese éxito me ayudó a subir puestos y a convertirme en sargento detective, si bien de forma temporal, en el plazo de cuatro años, algo prácticamente inaudito. Este es mi año de prueba, con lo cual tengo que demostrar el suficiente carácter para que me autoricen un ascenso permanente.
En el ascensor, el espejo me devuelve la imagen que las demás personas han visto: estoy horroroso.
Se me ha empezado a formar un moratón en la mejilla que va a juego con las ojeras que me han salido tras largas noches en los establecimientos más sórdidos de Londres.
Mis rizos de color castaño oscuro se me enroscan en el cuello y me piden un corte a gritos.
Es el aspecto que cualquiera querría tener cuando está a punto de reunirse con los mandamases de la Policía metropolitana.
Intento quitarle algo de mugre a la chaqueta de cuero, pero lo único que logro es extender la suciedad. Parece que me hubiesen echado catnip y un felino se hubiera ensañado conmigo.
Tanto es así que, en cuanto me acerco al escritorio de la secretaria de Thornton, la veo echarse hacia atrás. Trato de no tomármelo como algo personal.
—¿El comisario detective Thornton? Soy el sargento detective O’Connell —me presento.
Aún no me acostumbro a comunicar mi nuevo rango.
La secretaria resopla a modo de desaprobación.
—Lo esperan en la sala de reuniones.
En plural. Me da un vuelco el estómago.
Tras respirar profundo y enderezarme, abro la puerta.
En cuanto entro, activo el radar y escaneo a los asistentes alrededor de la elegante mesa, todo culpa del adiestramiento recibido.
A la cabeza, Martin Thornton, comisario detective y mandamás absoluto de la MO3, la Unidad de Policía Encubierta de la Policía metropolitana. Durante los cuatro años que llevo en Scotland Yard he aprendido a respetarlo y temerlo.
Está hablando con su jefa, la comandante Helen Adebayo, de crimen y operaciones especiales.
Joder. Si Adebayo está aquí, el asunto es serio.
Me relajo un poco al ver una cara conocida a la derecha de Thornton: el comisario Colin Pierce. Su complexión delgada y sus gafas con montura metálica son fáciles de reconocer.
Pierce fue quien me reclutó para Scotland Yard después de investigar juntos un caso de contrabando de cocaína en los puertos de Belfast y Liverpool.
Una vez dentro, siempre se interesó por mí, y durante mi primer año trabajé bajo sus órdenes en diferentes investigaciones.
Desde hace unos años forma parte de la unidad de operaciones especiales, y no me extraña que lo ascendieran a comisario de la Royalty and Specialist Protection Command, más conocida como RaSP, la división especial de la Policía metropolitana que se encarga de proteger a la familia real y a políticos de alto rango.
Pierce siempre ha tenido esa mezcla de cordialidad y efectividad implacable que lo hacen un buen jefe: en un momento te ofrece un bizcocho al ron de la receta barbadense de su abuela y, al siguiente, analiza con precisión quirúrgica cada uno de tus errores tácticos.
Pero ¿por qué demonios está aquí? No tiene sentido.
Asiente con la cabeza a modo de saludo, lo que me deja igual.
Al otro lado de la mesa hay tres personas que no reconozco.
—Sargento detective O’Connell —saluda Thornton con su marcado acento de Yorkshire retumbando por la estancia—. ¿Ha venido directo de una misión?
—Sí, señor. El caso de los diamantes de los Fletcher. Sospechoso aprehendido, pruebas en nuestro poder. —Hago caso omiso del dolor en la cadera magullada y me planto en firme—. La inspectora detective Patel me dijo que era urgente.
—Así es. —Thornton señala a los otros—. Ya conoce a la comandante Adebayo y al comisario Pierce. Y aquí la comisaria jefa Walters de Antiterrorismo, Fraser Hunt de la Secretaría de Estado de Seguridad, y Louisa Prentice, abogada del Departamento de Servicios Jurídicos de la Policía metropolitana.
¡Jesús, María y José!
Esto es lo bastante serio como para involucrar a los Departamentos de Antiterrorismo y Servicios Jurídicos, y a la Secretaría de Estado de Seguridad.
El pronóstico no es alentador.
—Tome asiento, O’Connell —dice Adebayo señalando una silla enfrente de Pierce.
Me dejo caer manteniendo una postura perfecta a pesar de que varias partes de mi cuerpo empiezan a quejarse alto y claro por culpa del combate en el callejón.
—Imagino que está al tanto del secuestro de Matheson y Webley —comienza Thornton.
—Sí, señor.
Si alguien no se ha enterado de la mayor noticia de la última década es que ha estado en coma.
El líder del Partido Conservador, Harry Matheson, y Toby Webley, un alto cargo del partido rival, los laboristas, sufrieron un secuestro a manos de un grupo terrorista en el avión en el que se desplazaban a una conferencia en Oslo.
El avión realizó un aterrizaje forzoso en Finlandia y, de alguna manera, Harry y Toby se las apañaron para escapar de los terroristas y sobrevivir en el bosque durante algo más de un mes antes de que los rescataran unas semanas atrás.
La prensa lo destacó como un triunfo digno de recibir un distintivo de los boy scouts , y la prensa amarilla aprovechó para explotar el concepto de dos enemigos políticos obligados a acurrucarse para conservar el calor corporal.
—Lo que aún no se ha hecho público es que hemos identificado a uno de los cómplices. Es uno de los guardaespaldas de Harry Matheson —explica la comandante Adebayo.
Se me hiela la sangre.
Tenemos un traidor en nuestras filas.
—Paul Hargrove —interviene por primera vez Walters, la comisaria jefa, al tiempo que desliza una fotografía por la mesa—. Forma parte de la RaSP desde hace seis años. Tiene un expediente intachable. Cero señales de alarma.
Examino la foto. Tiene un tipo de rostro fácilmente olvidable. Perfecto para un traidor.
—Se niega a hablar —continúa Walters con tono neutral—. Igual que los terroristas que atrapamos en Finlandia. Muestran una disciplina que solo he visto en las fuerzas especiales. Algo no cuadra.
—Y el perfil demográfico también es curioso —añade Pierce. Lleva el pelo corto al ras y la luz fluorescente realza sus canas—. Un ruso que, al parecer, es un mercenario. Y luego un chipriota, un egipcio, y el piloto australiano. No hay una conexión ideológica o nacionalista aparente.
—¿No son extremistas islámicos? —pregunto.
Pierce niega con la cabeza y explica:
—Hasta ahora, nunca han externalizado los ataques. Y no se han hecho responsables ni han enviado ningún mensaje religioso.
—¿La Inteligencia rusa? —vuelvo a intentarlo—. Tienen un historial de apuntar a instituciones británicas.
—Es posible —reconoce Thornton—, pero ¿por qué Matheson y Webley en concreto? ¿Y por qué los secuestran en vez de matarlos? No encaja con sus patrones operativos usuales.
Walters se inclina hacia delante.
—Hemos analizado los vestigios del material que recuperamos —dice—. No hay un nexo con agentes estatales o grupos terroristas.
—¿Individuos radicalizados? —pregunto. Crecí en Belfast en la primera década del siglo xxi ; sé lo que pueden producir los rescoldos de la violencia política.
Aunque los treinta años de guerra entre los que querían una Irlanda unida y los que eran fieles a Gran Bretaña habían acabado, la paz seguía intentando afianzarse.
Aún había hombres mayores hablando en clave en los bares, madres que se paralizaban ante el ruido de un tubo de escape por el fantasma de las bombas que seguía en el aire.
—Esos grupos radicalizados carecen de organización —declara Walters sin rodeos—. Los que monitorizamos no podrían llevar a cabo algo que requiere tanta coordinación sin que lo sepamos.
—Y nos ha llegado información de que este grupo sigue activo, y que Paul no es el único espía encubierto —me dice Thornton mirándome a los ojos.
Ahí está. Este es el motivo por el que me han llamado.
—Creéis que hay más infiltrados en la RaSP —afirmo.
Da miedo de solo pensarlo. Con que un solo miembro de la división esté implicado, toda figura pública del Reino Unido se halla en peligro.