Un Sustituto Improbable (Dilemas Improbables 3)
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Capítulo 1
Capítulo Uno
Eoin
No tengo claro si me lloran los ojos por culpa de este licor tan cutre o por culpa del aftershave , más cutre aún.
Puede que sea por las dos cosas.
En los cinco meses que llevo trabajando en este caso he agradecido ser fuerte de estómago, porque los sitios en los que me ha tocado currar no son precisamente los que aparecen en los folletos turísticos de Londres.
A no ser que exista alguna campaña de publicidad con el eslogan «Ruta por los antros que harían temblar a los inspectores de Sanidad».
—¿Otra ronda? —pregunta Donny enseñando su copa vacía al barman.
Mientras asiento, mantengo la postura relajada y los ojos entornados, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo.
En este trabajo la paciencia lo es todo.
—Entonces, los diamantes… —digo en voz baja para que no me escuchen en otros rincones del bar—. Vienen de una fuente de confianza, ¿no?
Donny se humedece los labios con la lengua.
—Son joyas de las buenas, tío. De la puta colección de los Fletcher, tal como querías. Calidad superior.
Bebo un sorbo de cerveza que me sabe como si alguien hubiese escurrido un trapo sucio dentro del vaso.
—Mi cliente es quisquilloso. Como no sean auténticos… —añado.
—Son mierda de la buena. Recién salidos del horno de un ático de Mayfair.
—¿Los has mangado tú mismo? —pregunto, aunque tengo claro que no es cierto. Donny es un intermediario, no un ladrón.
—No, tengo un nuevo proveedor. —Saca pecho—. ¿Has visto cómo voy escalando posiciones en la vida?
—Pues muéstrame la mercancía, entonces.
Hace un barrido del bar y luego se lleva la mano hacia su chaqueta mugrienta. Por instinto, la mía se mueve en dirección al arma oculta en mi cadera. Estoy preparado por si la cosa se pone fea.
Tras sacar una bolsita de terciopelo, la arroja en medio de la mesa provocando un golpe seco.
Me tomo mi tiempo aflojando el cordón con movimientos despreocupados. El brillo de los seis diamantes Fletcher es visible incluso bajo la tenue luz. Cada uno vale más que lo que yo cobraré en cinco años.
Me limito a fingir desinterés.
—No están mal. ¿Los puedo mirar mejor?
Sin esperar respuesta, saco del bolsillo una lupa de joyero. Donny se remueve, inquieto, mientras examino cada piedra como si no supiese que son auténticas.
—Me valen —digo, por fin, tras guardarme la bolsita en la chaqueta—. ¿El precio de siempre?
—No, esto es prémium. Veinte por ciento más.
Resoplo.
—Diez. Y porque me siento generoso.
—Quince —replica en tono ofendido—. Tengo mis gastos.
—¿Como cuáles? ¿Un aftershave decente? Deberías planteártelo, la verdad.
Me ofrece una sonrisa que deja ver dientes dignos de protagonizar una película de terror.
—Doce y medio. Tómalo o déjalo —advierte.
—Vale —contesto al tiempo que cojo la cartera—. Doce y…
La puerta del local se abre abruptamente. Dos policías uniformados entran al bar.
Los ojos de Donny se agrandan por la sorpresa.
—¡Puta rata…!
No espero a que termine.
—¡Rápido! —les grito a los policías. Aunque ya se han lanzado a por Donny, el desgraciado resulta ser más escurridizo de lo que aparentaba.
Sale a toda velocidad tras voltear la mesa y provocar que las cervezas se estrellen contra el suelo.
Comienza la persecución. No voy a permitir que se vayan al garete cinco meses de trabajo duro solo porque Donny Walsh se cree velocista olímpico.
Enfila hacia la puerta trasera a toda pastilla y sale hacia el callejón del bar. La puerta me da en el hombro, pero la adrenalina suprime cualquier dolor.
—¡Alto, policía! —vocifero. Por supuesto, no se detiene. En toda la historia de la delincuencia, nadie ha pensado jamás: «¡Ah, han dicho “alto”! Lo mejor es que me entregue y les ahorre a todos la sesión de cardio».
El callejón es estrecho, con décadas de mugre en su haber y sabe Dios qué más. Donny tropieza con una montaña de basura, y veo la oportunidad. Redoblo esfuerzos y me lanzo a por él haciendo caso omiso del dolor en mis piernas.
Tras caer al suelo en un batiburrillo de extremidades, rodamos por la acera mojada.
El impacto me deja sin aliento, pero hago uso del adiestramiento recibido. Le sujeto el brazo derecho y se lo retuerzo en la espalda mientras lo inmovilizo con el peso de mi cuerpo.
—¡Suéltame, cabrón! —grita.
Me acerco a su oído.
—Eoin O’Connell, Policía metropolitana. —Y tras estamparle la placa en la cara—: Quedas arrestado, imbécil.
—¡Te mataré! —escupe, retorciéndose con más vigor—. ¿Entiendes? ¡Te voy a matar, cabronazo!
Le aprieto el brazo un poco más, por lo que acaba soltando un alarido.
—Hay toda una cola de gente que quiere matarme. Así que ve pillando sitio.
Los dos oficiales uniformados aparecen al final del callejón y corren hacia nosotros. En el forcejeo, Donny logra liberar una mano y la utiliza para clavarme las uñas y hundirlas en mis mejillas.
—¡La madre que te parió! —gruño mientras vuelvo a agarrarlo del brazo—. Deja de retorcerte. Se acabó.
En cuanto los oficiales se acercan, me ayudan a poner a Donny en pie.
Este me dedica una mirada asesina.
—¿Cómo coño eres un madero?
—Scotland Yard tiene que cubrir su cupo de matones y fui el único candidato capaz de deletrear «detective» —respondo—. Aunque, entre tú y yo, tuve que practicar en voz alta.
Donny escupe una mezcla de sangre y saliva que cae a unos milímetros de mi bota. El oficial a mi derecha lo agarra con más fuerza, y a Donny se le escapa una mueca de dolor.
—Los diamantes Fletcher —comunico a uno de los oficiales al tiempo que extraigo la bolsita de terciopelo de la chaqueta—. La prueba.
—Buen trabajo, O’Connell —dice una voz familiar desde el final del callejón. La inspectora detective Patel se acerca y sus ojos oscuros observan, con cierta guasa, mi estado de desaliño.
Después hace un gesto con la cabeza para que los oficiales se hagan cargo de Donny.
Mientras se lo llevan a rastras maldiciéndome a mí, a mis ancestros y a mi descendencia futura, Patel examina la bolsita de diamantes.
—Será un alivio para los Fletcher. Lady Fletcher les tenía especial cariño.
—Me encanta poder reconfortar a la aristocracia —respondo, seco, al tiempo que me limpio la sangre de la mejilla que arañó Donny—. Voy a escribir el informe y luego iré de cabeza a la ducha para quitarme este olor apestoso.
—Va a ser que no. —La expresión de Patel se vuelve seria—. Te necesitan en la sede central. De inmediato.
Frunzo el ceño.
—¿No puede esperar? Necesito que Donny…
—Son órdenes del mismísimo comisario detective Thornton. Ha pedido que te presentes en cuanto acabes aquí.
Un escalofrío de intranquilidad me recorre la espina dorsal.
—¿Te ha dicho el motivo?
—No, pero es algo gordo. El subdirector general también está allí.
¡La virgen!
—¿Me pondrán de patitas en la calle? —Aunque me río, se me contrae el estómago. Desde que me fui de Belfast no he hecho más que dejarme la piel en este trabajo.
En ocasiones tengo la sensación de que lo único que me separa de gente como Donny es haber escogido un camino diferente ante la misma intersección.
—Si quisieran despedirte no le harían perder el tiempo al subdirector general —responde Patel—. Te espera un coche al final de la calle.
Espléndido. Se me está secando la sangre en la cara, la ropa apesta a cerveza barata y me espera una reunión con el mandamás de Scotland Yard.
Por el amor de Dios, ¿qué quieren de mí?