DIECISÉIS
Diez días más tarde, el jueves por la noche, me encuentro en Casa Tua para una cena con sir Richard Ferris.
El inglés ha volado a Miami con el propósito de formalizar la inversión de treinta millones de libras que comprometió en Londres, pero ha solicitado expresamente un encuentro privado con la vicepresidenta ejecutiva antes de estampar su rúbrica el viernes por la mañana.
Es una deferencia anglosajona que respeto profundamente: desea conocer a fondo con quién va a vincularse antes de consumar el enlace financiero.
A las diez de la mañana del mismo jueves, Ferris me telefonea personalmente.
—Señorita Portela.
—Sir Richard. Qué placer saludarlo.
—Surge una pequeña complicación. Margaret no podrá acompañarme esta noche debido a un imprevisto familiar en Londres. Y confieso que detesto las cenas de cinco personas. ¿Le importaría invitar a alguien más para equilibrar la mesa?
—Por supuesto. Indíqueme sus preferencias.
—Lo dejo a su elección. Alguien con criterio, preferiblemente involucrado en el proyecto Wynwood.
Tras finalizar la llamada, permanezco cinco minutos absorta en el teléfono antes de contactar con Sofía.
—Sofía, añade al señor Vicuña a la lista de esta noche. Confirma su asistencia de inmediato. Etiqueta: traje. Ocho y media.
—Entendido, señorita Portela.
Ferris ha tejido la red sin ser consciente de ello. Carlos es, en efecto, el único invitado coherente para completar un sexteto vinculado a Wynwood; proponer cualquier otro nombre a Sofía habría despertado más sospechas que su propia presencia.
Lo contacto media hora después.
—Vicuña.
—Te escucho.
—Ferris solicita que te unas a la cena de esta noche. Margaret se ha quedado en Londres y prefiere una mesa de seis.
—Comprendido.
—Nada de esmoquin. Traje oscuro.
—Hecho.
—Y Carlos, un último detalle. Mis padres asistirán.
Es el primer encuentro social en el que coincidimos los cuatro desde aquella noche en Coral Gables.
Vamos a mantener el registro estrictamente profesional.
Somos consultor externo y vicepresidenta ejecutiva colaborando en un desarrollo inmobiliario.
Nada más. Ni gestos cómplices, ni matices en la voz, ni absolutamente nada que mi madre pueda detectar.
—De acuerdo, Lara.
—Gracias.
Cuelgo. Paso el resto de la jornada con una tensión acumulada en las cervicales que no experimentaba desde las negociaciones con los rusos hace meses.
A las ocho y media, Casa Tua nos recibe con sus luces tenues y su atmósfera sofisticada.
Ferris viste una chaqueta de tweed ; mi padre, un traje gris impecable; mi madre luce un vestido negro realzado por un collar de perlas; el director financiero opta por una corbata granate.
Yo he elegido un diseño azul marino de manga larga y, frente a mí, se encuentra Carlos, con un traje gris marengo y camisa blanca abierta, prescindiendo de la corbata.
Los primeros cuarenta minutos fluyen con la armonía de una negociación bien encarrilada.
Ferris discurre sobre Londres, la entrada de su nieto en Oxford y su afecto por Miami pese al rigor del clima.
Mi padre deriva hacia el golf, la Fórmula Uno y sus recuerdos de Buenos Aires.
Mi madre, como siempre, ejerce de directora de orquesta, repartiendo el juego dialéctico para que nadie quede excluido.
Al promediar el tercer plato, Ferris, relajado por el Burdeos, se vuelve hacia Carlos con esa sonrisa británica que suele preceder a una pregunta con doble fondo.
—Señor Vicuña, una curiosidad. Durante nuestra estancia en Londres, advertí que la señorita Portela y usted operan con una coordinación asombrosa. Resulta llamativo para un consultor vinculado hace apenas dos meses. ¿Habían trabajado juntos con anterioridad?
Carlos deposita su copa con una naturalidad pasmosa.
—No, sir Richard. La señorita Portela y yo coincidimos profesionalmente por primera vez en marzo de este año.
—Admirable. En mi experiencia, tal nivel de sintonía suele requerir años de colaboración.
—La señorita Portela posee una claridad ejecutiva fuera de lo común. Eso simplifica cualquier proceso.
—Claridad ejecutiva —paladea Ferris la expresión—. Y, si me permite la licencia, ¿cómo la definiría usted en su faceta de líder?
Observo a Carlos por encima del cristal de mi copa.
Sé que baraja dos caminos. El primero es la respuesta aséptica y profesional: es disciplinada, resolutiva, sabe delegar.
El segundo es el flanco humano, la respuesta que un hombre cautivado daría de forma instintiva, la que Ferris tantea y la que mi madre, al otro extremo, aguarda con el abanico cerrado sobre el regazo.
Carlos opta por la primera.
—Su rigor. La señorita Portela es la profesional más rigurosa que he conocido. Y el rigor, en nuestro sector, es el único atajo genuino hacia la excelencia.
Impecable. Sin fisuras. Ferris asiente, satisfecho, y la velada continúa por otros derroteros.
Media hora más tarde, mientras los camareros renuevan los cubiertos para el plato principal, Ferris insiste.
—Un último detalle, señor Vicuña. Se encuentra usted en un momento profesional envidiable. Un proyecto emblemático, una socia capaz, setenta millones asegurados… ¿Cuenta con alguien especial con quien celebrar estos éxitos?
El silencio se instala en la mesa, descendiendo un grado la temperatura ambiental.
Mi madre detiene su conversación con el director financiero a mitad de frase.
Mi padre alza la vista del plato. Carlos conserva la calma, pero percibo un parpadeo fugaz, una pausa milimétrica que delata su autocontrol.
—No, sir Richard —replica al fin, manteniendo un tono neutro—. Actualmente no tengo pareja formal.
Ese adjetivo, «formal», es una pieza de ingeniería lingüística.
Es, técnicamente, la verdad. No somos una pareja constituida, no existe un anuncio público ni un compromiso legal.
Pero el término es también, para un oído clínico, una salvedad innecesaria.
Un soltero sin ataduras respondería con un no rotundo; solo alguien inmerso en una relación clandestina especifica la falta de formalidad.
Mi madre lo ha captado. Lo sé sin necesidad de buscar sus ojos, por el modo en que ha entrelazado las manos sobre su regazo, en esa postura que adopta cuando se impone el silencio. Ferris, por el contrario, ignora el matiz y deriva la charla hacia las bondades de Miami para los solteros de éxito.
Durante el resto del banquete, me encargo de reconducir el diálogo a terreno firme.
Desgloso inversiones, cronogramas de obra y los pactos con Tico.
Carlos interviene lo mínimo indispensable.
Mi madre evita mi mirada. Cuando Ferris se despide a las once y media, con la calidez de quien cierra un trato exitoso, salimos todos al aparcamiento.
Ferris se acomoda en su transporte; mi padre hace lo propio. Mi madre, antes de subir a su vehículo, me roza el brazo con una presión leve.
—Lara, cariño. Te llamaré mañana al mediodía.
—De acuerdo, mamá.
—Descansa.
Arranca y se aleja. Nos quedamos solos en el asfalto. Mi coche aguarda a escasos metros. La noche es agradable; una brisa tibia transporta la música lejana de South Beach. Durante unos instantes, ninguno se mueve.
—Carlos.
—Lo sé.
—«No tengo pareja formal».
—Lara, Ferris me estaba acorralando. Si afirmaba tener pareja, abría una brecha peligrosa para esta cena. Si lo negaba de forma tajante, me habría sentido un traidor. Elegí la opción menos lesiva para ambos en ese instante.
—Mi madre lo ha registrado todo.
—Soy consciente.
—Me llamará mañana al mediodía.
—Lo sé.
—Carlos…
—La escucho.
—No puedo tratar esto contigo aquí. Regresemos cada uno a su casa. Hablaremos mañana, después de que rinda cuentas ante ella.
—Como desees.
No intenta acortar la distancia. No hay beso ni despedida física. Aguarda con las manos en los bolsillos a que yo cruce el aparcamiento, me acomode en el Mercedes y arranque. Solo cuando inicio la marcha se encamina hacia el Uber que Sofía le ha solicitado.
En el trayecto a Brickell conduzco con una parsimonia inusual, aferrada al volante bajo una luna tropical que ilumina la bahía como un foco de cine.
Comprendo, con una inquietud que no consigo aplacar, que acabamos de cometer el primer error estratégico del mes.
Y mañana, mi madre exigirá unas explicaciones para las que no tengo defensa alguna.