QUINCE
El domingo por la tarde, Lara cruza el umbral de mi loft en Wynwood a las cinco y diez.
Trae consigo una bolsa de tela de un supermercado orgánico, calza zapatillas blancas y viste unos vaqueros desgastados junto a una camiseta color crudo.
El cabello lo lleva recogido en una coleta baja; su rostro, despojado de cualquier rastro de maquillaje.
Es la primera vez en ocho semanas que contemplo a Lara Portela con la piel desnuda, y la metamorfosis resulta tan absoluta que, durante tres segundos, me quedo sin palabras.
—He traído la cena —anuncia sin detenerse a mirarme, encaminándose directa a la cocina—. He pensado que, tras la gala de ayer, nos vendría bien una noche sin etiquetas, sin esmoquin y sin champán. Espero que dispongas de sartenes decentes.
—Tengo una. Herencia de Mateo.
—Con una me basta.
Deposita la compra sobre la isla. Mi cocina carece de mármol; es de madera recuperada.
La isla no es más que un tablón rescatado de un almacén portuario al que Mateo le instaló patas hace tres años.
La brecha entre el ático de Lara y este espacio, en términos de acabados y lujo, es la misma que separa un hotel de cinco estrellas de un hogar habitado.
Extrae de la bolsa dos lomos de salmón envueltos en papel parafinado, un manojo de espárragos, limones, un tarro de mostaza de Dijon, aguacates, una botella de vino blanco descorchada la víspera en su ático y cuatro porciones de brownie de chocolate belga.
—Cocino yo —se anticipa antes de que pueda intervenir—. Tú encárgate de la mesa, pon música y no me distraigas.
—Lara Portela entre fogones.
—Lara Portela cocinando, sí.
—¿Se me cobrará por el espectáculo?
—Por supuesto. En mano de obra diferida: tú friegas.
Durante los siguientes cuarenta minutos, Lara se entrega a la tarea con una concentración que solo le he visto en reuniones de alto nivel.
Corta el aguacate con precisión quirúrgica.
Elabora una vinagreta de mostaza y limón.
Saltea los espárragos con aceite y sal gorda.
Cocina el pescado en la única sartén de Mateo en un mutismo absoluto, con el ceño levemente fruncido.
Yo, cumpliendo órdenes, dispongo la vajilla, selecciono la música, sirvo el vino y evito cualquier interrupción.
Cenamos en la mesa de madera frente al ventanal de cinco metros.
El sol se hunde tras el horizonte de Miami, tiñendo el cielo de un rosa coral intenso.
Brickell comienza a iluminarse a lo lejos.
No mencionamos el proyecto. No aludimos a Valderrama, ni a Khoury, ni a mi contrato, ni a lo que nos aguarda el lunes.
Charlamos sobre Joaquín y su fascinación por el estegosaurio.
Comentamos el cuarteto de cuerda de la noche anterior.
Hablamos del hermano que ella nunca tuvo y del mío, que sigue en Buenos Aires y al que no abrazo desde hace dos años.
Habitamos, durante un largo rato, el silencio.
Tras la cena, mientras cumplo con mi parte del trato ante el fregadero, Lara se acomoda en el sofá, con las piernas recogidas y una copa en la mano. Cuando termino, me sitúo a su lado. No pegado a ella; mantengo ese medio metro de cortesía.
—Carlos.
—Te escucho.
—Quiero que me cuentes lo de Barcelona.
Dejo mi copa en la mesa baja. Lo presentía.
No necesariamente hoy, ni en este sofá, pero sabía que llegaría el momento.
Lara es una mujer que detecta los flancos ciegos, y mi pasado catalán es una incógnita que registró con la eficacia de un detective el primer día en Coral Gables, cuando mi madre lo mencionó.
—¿Prefieres la versión ejecutiva o la detallada?
—La detallada. Disponemos de toda la noche.
Inspiro hondo.
—Diego Moreau. Mi socio. Un arquitecto franco-catalán al que conocí en el máster.
Éramos los dos estudiantes que siempre cerraban el taller de maquetas a las tres de la madrugada.
Él poseía una habilidad social superior a la mía; yo era el perfil técnico.
Encajábamos. Al terminar, fundamos un estudio: cincuenta por ciento cada uno.
Lo llamamos Vicuña Moreau, en ese orden, porque alfabéticamente yo precedía y a él le gustaba cómo sonaba.
—Tenía buen oído.
—Lo tenía. El estudio prosperó con lentitud durante cuatro años. Proyectos medianos: una biblioteca en Girona, viviendas en Sitges, un hotel boutique en el Poblenou. Nada extraordinario, pero suficiente para sufragar gastos y mantener dos sueldos dignos.
Tomo un sorbo de vino.
—El quinto año nos presentamos a un concurso internacional: un centro cultural en Lyon, financiado por una fundación privada con capital belga.
De ciento veinte propuestas, seleccionaron seis finalistas.
Nosotros estábamos entre ellos. Trabajamos once meses en el diseño definitivo.
Diego y yo pernoctábamos en el estudio tres noches por semana.
Proyectamos cada detalle: planos, maquetas, memoria económica.
En enero nos notificaron que el encargo era nuestro.
—¿Vencisteis?
—Vencimos. Nueve millones de euros en honorarios. El mayor hito del estudio.
Se me seca la garganta al recordarlo. Lara no me interrumpe; me observa con una atención física que posee la cualidad de la escucha profesional.
—Semanas después, Diego planteó reestructurar la sociedad.
Argumentó que, por la magnitud del proyecto, convenía crear una sociedad vehículo específica para Lyon.
Yo estaba agotado, extenuado tras casi un año sin dormir.
Confié. Firmé los documentos sin analizarlos en profundidad.
Habíamos suscrito cuarenta contratos en un lustro y jamás me había traicionado.
—Pero lo hizo.
—Lo hizo. Aquellos papeles me convertían en un colaborador externo con un honorario fijo del quince por ciento, no en un socio igualitario.
Diego se blindó con el ochenta y cinco restante y la titularidad intelectual ante la fundación.
Cuando me percaté, meses después, al recibir una transferencia ridícula, le pedí explicaciones.
Me soltó, con una frialdad pasmosa, que si no aceptaba la nueva estructura presentaría una versión del historial donde mi aportación era secundaria.
Y la fundación le creería a él; se había encargado de cultivar la relación personal mientras yo me hundía entre planos.
Me lo soltó en una terraza de la Ribera, con un vermut en la mano, como quien comenta el clima.
Se produce un silencio denso. Lara sostiene la copa entre ambas manos, apoyada en su rodilla, fija en mí.
—¿Cómo reaccionaste?
—Consulté con varios bufetes. El diagnóstico fue unánime: tenía razón, pero recuperarla me costaría dos años de litigio, una fortuna en costas y, con suerte, el porcentaje que ya me pertenecía. No estaba dispuesto a regalarle dos años de mi vida a un pleito para rescatar lo evidente.
—No peleaste.
—No en los juzgados. Acepté lo que figuraba en el contrato, liquidé mi parte por una cifra insultante, abandoné Barcelona y, meses después, aterricé en Miami.
Sin socio, sin proyecto y con la reputación por construir.
Solo con lo necesario para alquilar este loft y empezar de cero con un estudio unipersonal.
—Y lo lograste.
—Lo logré. Pero lo hice solo. No volví a asociarme, ni a firmar contratos compartidos, ni a ceder el control de nada.
Todo lo que he levantado aquí ha sido como consultor externo.
Cuando tu madre me llamó, acepté porque era un encargo acotado en el tiempo con una firma junto a la tuya, no una sociedad.
Fue la condición que me impuse para protegerme.
—Carlos.
—Dime.
—Entonces lo del otro día, cuando aseguré ante Kaplan que seguirías con nosotros hasta el final, te sonó a emboscada.
Niego suavemente.
—No. Me sonó a generosidad. Y me costó procesarlo precisamente por eso.
Lara deposita la copa en la mesa y acorta la distancia entre nosotros en el sofá. Se sienta pegada a mi costado, apoyando la sien contra mi hombro. No me mira.
—Carlos. Te voy a hacer una promesa que quizá no tenga derecho a formular todavía, pero la hago igualmente.
—Te escucho.
—Yo no voy a ser tu Diego. —Su voz es firme—. No firmaré nada a tus espaldas ni reestructuraré acuerdos sin consultarte. No voy a reducir tu participación a nada. Si en el futuro debo tomar una decisión profesional que te afecte, la conocerás antes que nadie. ¿De acuerdo?
Apoyo la barbilla sobre su coronilla.
—De acuerdo, Lara.
—¿Me crees?
—Te creo.
—¿Del todo?
—Del todo.
Permanecemos así media hora larga. Inmóviles.
El rumor de Miami se atenúa tras el cristal en la penumbra del domingo.
En algún momento, el cansancio la vence y se queda dormida contra mi hombro.
No la muevo. El peso de su cabeza contra mi clavícula es una carga que jamás había sostenido y que, sin embargo, encaja como si ese hueco la hubiera esperado durante treinta y cinco años.
Cerca de las ocho, la despierto con un beso sutil en el cabello.
—Lara.
—Mmm.
—Te has quedado dormida media hora.
—¿De verdad?
—Sí.
—Acabas de arruinar la última pizca de reputación que me quedaba, Vicuña.
—Te la compensaré con la cena de mañana.
—Trato hecho.
Se incorpora y se despereza. Me observa con la mirada aún empañada por el sueño. Me besa con una suavidad inédita, un contacto que se siente como el despojo de una carga antigua. No mediamos palabra. Recogemos los restos de la cena y se marcha pasadas las nueve.
Al cerrar la puerta, me apoyo contra la madera. Por primera vez desde que abandoné Barcelona, he relatado la historia completa sin omitir cicatrices. Y por primera vez, la respuesta no ha sido condescendencia ni asesoría legal.
Ha sido una promesa. Y empiezo a sospechar que esa es la divisa con la que se cimentan las estructuras destinadas a perdurar.