Un sueño en Coral CATORCE
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CATORCE

La gala anual del Museo Vizcaya es, en el calendario social de Miami, lo que la temporada de huracanes en el meteorológico: un acontecimiento inevitable para el que una se prepara con antelación, asumiendo que algo se torcerá y que el único mérito consistirá en minimizar los daños.

Esta noche, quinientas personas de la élite de Florida pagarán cinco mil dólares por cubierto para cenar langosta bajo los candelabros renacentistas del palacete de James Deering, contemplar lienzos de dudosa atribución y escuchar a un comité que agradecerá, durante diecisiete minutos exactos, la generosidad de patrocinadores representados por vicepresidentes con esmoquin de alquiler.

Yo no alquilo etiqueta. Los Portela poseemos un asiento permanente en el comité directivo del museo desde antes de mi nacimiento, y acudimos en vestido largo hecho a medida.

Esta noche visto de verde esmeralda. Es el tono que mi madre ha vetado sistemáticamente durante un lustro porque, según su ley no escrita, el esmeralda sobre una Portela presagia tormenta.

Me lo he puesto precisamente por eso: anuncio problemas.

Julián Valderrama asistirá a la gala. Según las confidencias de mi primo Andrés, pretende presentar un proyecto competidor al nuestro de Wynwood, con la intención de arrastrar a los inversores indecisos a un aperitivo privado en una sala reservada tras la cena.

Carlos y yo no hemos llegado juntos al Vizcaya.

Lo pactamos la noche anterior con la frialdad de dos agentes de inteligencia planificando una incursión.

Él ha aparecido a las ocho en punto en un taxi, luciendo un esmoquin azul medianoche que seleccionó ayer conmigo en Bal Harbour, a pesar de las quejas de su presupuesto.

Yo he hecho acto de presencia quince minutos después en el Bentley familiar, flanqueada por mis padres como una heredera del siglo XIX.

Beatriz escruta mi escote nada más descender del vehículo.

—Verde esmeralda, Lara.

—Mamá.

—Ese color significa que persigues un objetivo concreto esta noche.

—Así es.

—¿Y es de naturaleza profesional o personal?

—Profesional. El personal me lo prohíben mis propias reglas.

Cierra su abanico con un clac discreto, casi aprobatorio. Mi madre está aprendiendo a no formular preguntas de las que ya intuye la respuesta.

El gran salón del Vizcaya, a las ocho y media de una noche de mayo, exhala aromas a jazmín, perfumes costosos, cera y ese rastro sutil de salitre que se filtra desde la Bahía de Biscayne por los ventanales abiertos.

Los camareros circulan con bandejas de Dom Pérignon mientras un cuarteto de cuerda interpreta una pieza insípida de Vivaldi.

Diviso a Carlos conversando con mi tía Carmen junto a una de las columnas del ala este.

Verlo a treinta metros, con ese azul medianoche, provoca que durante medio segundo olvide el propósito de mi visita.

Mi madre se aleja para cumplimentar a la esposa del alcalde y mi padre se esfuma hacia la barra. Me quedo sola en el centro del salón, con la copa en la mano, rastreando la figura de Julián Valderrama.

Lo localizo en el ala oeste, cerca del jardín interior.

Lo rodea un círculo de cuatro hombres que lo escuchan con devoción.

Identifico a dos: un magnate de la construcción de Tampa y el director financiero de un fondo de Palm Beach.

El tercero me resulta ajeno, pero el cuarto dispara todas mis alarmas.

Es Khoury. Nuestro Khoury. El inversor al que convencí hace tres semanas con la cláusula de exclusividad.

El mismo hombre al que Valderrama acaba de servir, personalmente, una copa de champán.

Inspiro hondo. Deposito mi copa en la bandeja de un camarero y cruzo el salón con paso firme y la espalda erguida.

—Caballeros —saludo al integrarme en el grupo—. Señor Khoury, qué agradable sorpresa.

Los cinco se giran al unísono. Valderrama me obsequia con esa sonrisa heredada de tres generaciones de tiburones. Khoury, por el contrario, compone una mueca de incomodidad que confirma mis sospechas: Valderrama lo ha convocado aquí para que yo los viera juntos.

—Señorita Portela. —Julián se inclina levemente. Viste un esmoquin negro de corte impecable—. Comentaba con el señor Khoury cuánto me alegra haberle persuadido para asistir. Sin el patrocinio de estirpes como la suya y la mía, este museo perdería su brillo.

—Qué generoso de su parte, Julián, financiar una institución que comparte la ciudad con usted. Señor Khoury, no esperaba encontrarlo en Miami esta semana.

—Ha sido un viaje repentino —responde Khoury con un tono más grave de lo habitual—. Asuntos que requerían mi presencia física.

—Me satisface que el señor Valderrama le proporcione compañía.

Suelto la frase sin énfasis, con la naturalidad de quien comenta el tiempo. Los otros tres hombres se concentran en sus copas. Valderrama mantiene su máscara de cordialidad.

—Señorita Portela, debatíamos precisamente sobre un nuevo desarrollo residencial que mi firma planea lanzar en el sur de Wynwood. Un concepto que complementa a la perfección el proyecto en el que ustedes trabajan. ¿No cree que la ciudad admite ambas visiones?

—La ciudad quizá, Julián. Los inversores, en cambio, suelen manejar una sola cartera. Por eso me asombra encontrar al señor Khoury, que comprometió cuarenta millones con nosotros, departiendo con usted un sábado noche. A menos, claro, que su vínculo sea estrictamente cultural.

Valderrama no parpadea. Khoury, en cambio, traga saliva con dificultad.

—Nuestra charla —interviene Julián— es de naturaleza mixta. El señor Khoury posee criterio propio; yo le presento opciones y él decide.

—Está en su derecho. —Me encaro directamente con Khoury, ignorando al resto—. Señor Khoury, le recuerdo que el lunes a las diez firmaremos la transferencia inicial en nuestras oficinas de Brickell. Mi asistente le remitirá la documentación mañana. Confío en que nuestra cita siga en pie.

Khoury vacila. Tres segundos de duda que me golpean en el esternón.

En ese breve lapso comprendo que Valderrama ha logrado desestabilizarlo; Khoury aún no ha firmado nada con él, pero lo está sopesando.

Esta noche se decidirá el destino de esos millones.

Me quedan cuarenta minutos para salvar la operación.

—Señor Khoury —bajo la voz, obligando a los presentes a inclinarse si quieren escucharme—, antes de que tome una resolución definitiva, concédame un minuto de conversación privada.

No para presionarlo, sino para aportarle un dato que el señor Valderrama ha omitido y que resulta vital para su inversión. ¿Me permite?

Khoury alterna la mirada entre Julián y yo. Valderrama mantiene la sonrisa, aunque la tensión en su mandíbula lo delata.

—Permitido —acepta Khoury.

Nos alejamos hacia el ventanal del jardín interior, donde el rumor de la gala se atenúa. Por el rabillo del ojo detecto que Carlos abandona a mi tía Carmen y se desplaza hacia el ala oeste para cubrirnos las espaldas.

—Señor Khoury —comienzo, apoyándome en el marco de piedra—.

Seré directa. Nuestra cláusula de exclusividad regional no tiene parangón en el mercado, pero solo se activa si usted hace efectivo el ingreso el lunes.

Lo que Julián ha olvidado mencionarle es que su desarrollo en el sur de Wynwood depende de un consorcio bancario que realizará un análisis de riesgo en seis semanas.

Y ese análisis revelará un escollo insalvable: su solar está clasificado como zona verde de reserva hasta 2027.

Khoury frunce el entrecejo, sorprendido.

—¿Cómo tiene esa información?

—Mi consultor arquitectónico lo detectó analizando los planos municipales la semana pasada.

Son registros públicos, señor Khoury. Si lo desea, mañana le envío el enlace para que su equipo lo verifique.

El proyecto de Valderrama no arrancará antes de mediados del año próximo.

El nuestro, sin embargo, tiene licencias aprobadas, acero contratado y fecha para la primera piedra en julio.

Khoury permanece en silencio. Observa a Valderrama, que ríe a lo lejos, y luego vuelve a fijarse en mí.

—Señorita Portela, admiro su nivel de preparación.

—Se lo agradezco.

—El lunes a las diez, según lo previsto.

—Excelente.

—Y una última cosa —añade él antes de marchar—. No vuelva a situarme en la tesitura de elegir entre dos Portela en el mismo salón. Resulta agotador a mi edad.

Sonrío y le estrecho la mano. Khoury se retira, cruza unas palabras con Valderrama y abandona el recinto. Julián me lanza una mirada cargada de frustración contenida, la de un hombre que acaba de ver cómo se le escapa una jugada maestra.

Me encamino al jardín interior. Carlos aparece a mi lado con una naturalidad absoluta.

—¿Cerrado? —murmura.

—Cerrado. Firma el lunes.

—Buen trabajo.

—Carlos, necesito aire. Cinco minutos.

—Sigue caminando. Salgo por la otra puerta en noventa segundos.

Atravieso el umbral. El jardín del Vizcaya es un laberinto de setos y esculturas bañadas por focos dorados que alivian el bochorno de la gala.

Me detengo ante la fuente central y presiono mi mano contra el pecho.

Respiro hondo. Carlos aparece al poco tiempo; no acorta la distancia, se queda a dos metros con las manos en los bolsillos.

—Estoy bien —anuncio sin volverme.

—No lo estás.

—Lo estoy profesionalmente. Personalmente me siento… descolocada.

—Es comprensible.

Guardamos silencio. Dos figuras estáticas junto a una fuente, envueltas en la música distante de una sonata que nadie escucha.

—Carlos.

—Dime.

—Llévame a casa a las once y media. Mis padres se quedarán hasta tarde. Si salimos juntos, el único testigo será mi primo Andrés, y él me debe demasiados favores.

—A las once y media, entonces.

—En tu Vespa.

Él arquea las cejas, sorprendido.

—¿En la Vespa, Lara? ¿Con ese vestido?

—En la Vespa, Carlos. Con este vestido. Esta seda acaba de ganar cuarenta millones de dólares; se merece un paseo por Miami.

Regreso al salón y él me sigue a la distancia reglamentaria.

A la hora convenida, abandonamos el museo por separado.

Lo encuentro frente a la puerta de servicio; ha retirado la lona de su motocicleta.

Me recojo el bajo del vestido hasta las rodillas, me acomodo en el asiento trasero y lo rodeo por la cintura. Me ajusto el casco que me ofrece.

Arranca. Cruzamos la bahía por la MacArthur Causeway, el mismo escenario donde, hace semanas, este hombre me roció con mango. El viento nocturno me golpea el rostro, la humedad me encrespa el cabello y la ciudad desfila a nuestro alrededor como una postal vibrante.

Me río contra su espalda. Es una carcajada liberadora. Él reduce la velocidad al llegar a un semáforo y ladea la cabeza.

—¿Qué ocurre, Lara?

—Que acabo de darme cuenta de algo. Esto es exactamente lo opuesto a lo que he hecho toda mi vida.

—Lo sé.

—Y me gusta.

Él acelera. En el espejo retrovisor, mientras el skyline de Brickell se agiganta entre las palmeras, lo veo sonreír.