TRECE
Mateo lleva casado con Rocío once años y tiene un hijo de siete, Joaquín, que heredó los ojos grandes de la madre y, por desgracia para él, la barba prematura del padre.
Viven en un bungalow pequeño pero bien concebido en la zona tranquila de North Miami, con un jardín trasero saturado de buganvillas y una parrilla de carbón que mi amigo defiende con el fervor de un monje tibetano ante sus plegarias matinales.
A ese fuego he acudido cientos de sábados durante los últimos tres años; primero con conquistas ocasionales, después en solitario y, desde hace nueve meses, en un aislamiento absoluto.
Mi vida romántica se congeló el día en que Diego firmó aquel proyecto en Barcelona a mis espaldas y yo dictaminé que el amor, por un tiempo, era una complicación que no pensaba sufragar.
Esta noche, el primer sábado de mayo, llego al refugio de Mateo con Lara Portela en el asiento del copiloto del Mercedes Clase G que ella misma conduce.
Hemos pasado el trayecto desde Brickell discutiendo sobre quién debía pilotar.
Yo argumentaba que el invitado debe presentarse en casa del anfitrión al volante de algo que no parezca un tanque blindado de ciento ochenta mil dólares.
Ella, con esa lógica implacable, contraatacaba diciendo que su Mercedes es el vehículo que tiene en el garaje y que, si pretendemos llegar con puntualidad, lo usamos.
Las mujeres Portela suelen ganar este tipo de debates por puro agotamiento del adversario.
Aparcamos en la calle silenciosa. Lara desciende con una cesta pequeña de mimbre que contiene dos botellas de vino argentino, un frasco de miel artesanal de los Everglades y una caja de galletas danesas para Joaquín.
Anoche me consultó qué se acostumbra a regalar a una familia que visitas por primera vez.
Le respondí que, en mi mundo, basta con una botella de vino y un detalle para el niño.
Ella ha transformado mi sugerencia en una cesta de mimbre adornada con una cinta verde.
—Lara.
—Dime.
—Relájate.
—Lo estoy.
—Llevas desde Hialeah estrujando la cinta verde con los cinco dedos. Te vas a dejar marca en la palma.
Ella observa su mano y afloja el agarre. Esboza una sonrisa a su pesar.
—No soporto entrar en hogares que no conozco.
—Te desenvuelves de maravilla en galas de quinientas personas.
—Las galas son trabajo, puro escenario. Las cenas domésticas representan una emboscada emocional para la que no dispongo de manual.
Le apoyo la mano en la zona lumbar un instante, a la altura de la cintura; lo justo para escoltarla con suavidad hacia la entrada.
No es un gesto íntimo, sino de guía profesional, el tipo de contacto que un arquitecto dedica a un cliente indeciso para que avance por un solar en obras.
Lara camina. Retiro la mano antes de que la puerta se abra.
Rocío nos recibe. Es un torbellino de entusiasmo venezolano contenido en un metro cincuenta y ocho de estatura; una mujer enérgica con el cabello recogido en un moño caótico, delantal y una copa de vino blanco en la mano izquierda.
—¡Vicuña! —Me estruja en un abrazo antes de que pueda reaccionar.
Luego se vuelve hacia mi acompañante con una sonrisa radiante—.
Y usted debe de ser Lara. Bienvenida. Le advierto que, en este hogar, quien llega con una cesta de mimbre se convierte de inmediato en la favorita.
Ya se ha ganado a Mateo sin haberle visto siquiera la cara.
Lara le entrega el obsequio con una expresión que no le conocía: una sonrisa amplia, algo torpe y desorganizada. La mirada de alguien que no acostumbra a ser acogida con tal naturalidad.
—Encantada, Rocío. Gracias por recibirme.
—Pasen, pasen. Joaquín está en el jardín martirizando a las hormigas y Mateo se halla ante la parrilla; según él es una ciencia exacta, según el resto, una excusa para beber cerveza sin amonestaciones.
Atravesamos el salón, un espacio cálido y atiborrado de libros amontonados y fotografías familiares en marcos dispares. Alcanzamos el jardín. Mateo, luciendo un delantal con la bandera argentina, me saluda con las pinzas de la carne en alto.
—Vicuña. Llegas tarde.
—Llego en el minuto exacto.
—Eso es tarde para nosotros. Rocío, sirve algo a estos señores.
Durante la siguiente media hora, Lara se despoja de su armadura.
No por mérito mío, sino gracias a Rocío, que la acomoda en un banco de madera junto al fuego, le pone una cerveza fría en la mano y comienza a relatarle, sin preámbulos, cómo Mateo aterrizó en Miami con una maleta y tres recomendaciones de arquitectos mediocres.
Joaquín aparece descalzo y se presenta ante Lara con una solemnidad cómica para un crío de siete años.
Le estrecha la mano, le informa de que su color favorito es el verde agua y regresa a su puesto de vigilancia de insectos.
Lara deja escapar dos risas; la segunda es una carcajada genuina.
Yo, desde el otro lado de las brasas, pretendo debatir con Mateo sobre cortes de carne mientras, por dentro, me quedo sin aire un par de segundos.
Cenamos bajo el palio de las buganvillas.
Mateo reparte el asado; Rocío, el vino. Joaquín se sitúa entre Lara y yo porque ha decidido que ella es un espécimen interesante.
La ametralla a preguntas: si tiene hijos, si ha estado en Argentina, si sabe que las hormigas alzan veinte veces su peso o si le gustan los dinosaurios.
Lara responde con una paciencia real, alejada de cualquier fingimiento.
Le confiesa que no tiene descendencia, que visitó Mendoza una vez, que lo de las hormigas es asombroso y que su dinosaurio preferido siempre fue el estegosaurio, por razones estéticas.
Joaquín sentencia, tras meditar la respuesta unos segundos, que Lara queda admitida como amiga permanente de la familia.
Rocío me lanza una mirada por encima del borde de su copa. Conozco esa expresión; es su forma de archivar un hallazgo para discutirlo con Mateo en cuanto nos marchemos. Intento ignorarla y me concentro en el plato.
Hacia las diez y media, cuando el asado es solo un recuerdo y Joaquín ha caído rendido en el sofá abrazado a un oso de peluche gigante, Mateo me arrastra al garaje con la excusa de mostrarme una moto vintage que lleva dos años restaurando.
Sé perfectamente hacia dónde apunta la conversación en cuanto cerramos la puerta.
Lo asumo como el peaje por haber traído a Lara aquí.
—Vicuña.
—Dispara.
Se apoya contra el metal de la moto y se cruza de brazos, observándome con la paciencia que otorgan once años de confidencias.
—Has traído a la clienta a casa.
—Así es.
—Te lo advertimos.
—Lo hicisteis. Me avisaste y no hice caso. Consta en acta.
—Vicuña —exhala con seriedad—. Esa mujer ha estado jugando con mi hijo al estegosaurio durante cuarenta minutos mientras yo intentaba que no se me carbonizara el vacío.
—¿Adónde quieres llegar, Mateo?
—A que, en más de una década, nunca te he visto mirar a una mujer como la miras a ella.
Y no lo digo por el romanticismo. Lo digo por el pavor.
Tú, cuando alguien te importa de verdad, vigilas como si estuvieran a punto de robártela.
Llevas toda la velada observando a Lara Portela como si, en cuanto parpadees, fuera a esfumarse en un camión.
Clavo la vista en la moto. Cromada, magnífica e incompleta.
—Lo sé, Mateo.
—¿Estáis juntos?
—Más o menos.
—¿Cómo que «más o menos»?
—Llevamos diez días. Dos noches. Un viaje a Londres de por medio. No hay etiquetas todavía. Nadie lo sabe en su entorno ni en el mío, y ella pretende que siga así hasta que cerremos Wynwood. Dieciocho meses.
Mateo deja escapar un silbido pausado.
—Vicuña, ¿te has visto la cara mientras decías eso?
—No suelo llevar un espejo encima.
—Da igual, te lo digo yo. Tienes la expresión de quien acaba de firmar una hipoteca a cuarenta años en una moneda que no controla. Esa no es la cara de alguien metido en un lío pasajero. Es la de un hombre enamorándose de una mujer con la que no debería, por motivos profesionales muy serios.
—Gracias por el diagnóstico.
—No es psicología, es evidencia. Solo tengo una pregunta para ti.
—Adelante.
—Si ella mañana tuviera que elegir entre el proyecto de su padre y tú, ¿querrías que te eligiera a ti?
Medito la respuesta tres segundos.
—No —replico al fin—. Querría que eligiera lo que la salvara a ella. Si eso me incluye a mí, perfecto. Si no, también.
Mateo me golpea el hombro con una mano manchada de grasa.
—Entonces vas por buen camino. Porque lo peor que te puede pasar con una Portela es que sientas que le perteneces. Si mantienes tu identidad, sobrevivirás.
Regresamos al jardín. Lara ayuda a Rocío a despejar la mesa con las mangas de la camisa remangadas y un delantal prestado sobre su vestido negro.
En algún momento se ha recogido el cabello con una goma que probablemente le ha facilitado Rocío.
Me busca con la mirada al entrar; no me dedica una sonrisa amplia, sino una cargada de complicidad a través de los ojos. Es suficiente. Es todo.
Al despedirnos, a las once y media, Rocío estrecha a Lara en un abrazo prolongado. Mateo hace lo propio conmigo. Joaquín nos despide con un gesto lánguido desde el sofá.
En el trayecto hacia Brickell, Lara conduce en silencio durante un buen rato.
—Carlos.
—Dime.
—Tu amigo me ha caído bien. Su mujer, todavía mejor. Y el niño me ha hecho sentir útil de una forma que no experimentaba desde la infancia.
—Lo sé. He visto cómo disfrutabas de la cena.
—Dame una dirección.
—¿Perdona?
—La dirección de su casa. Quiero enviarle un regalo al pequeño la semana que viene. Un estegosaurio en condiciones; no pienso dejarlo sin su dinosaurio.
Me río entre dientes. La observo de perfil, iluminada de forma intermitente por las luces de la autopista. Luce una sonrisa minúscula que no tiene nada que ver con sus gestos de negocios.
—Te la paso por mensaje esta noche.
—Perfecto.
Alcanzamos Brickell a las doce menos veinte. Detiene el vehículo frente a mi edificio, no ante el suyo.
—Lara.
—Dime.
—Tu casa está dos manzanas más allá.
—Lo sé. —Me observa de frente por primera vez desde que arrancamos—.
Sube conmigo, Carlos. Pero por las escaleras de emergencia, no por el ascensor.
El conserje del turno de noche ya me hizo una pregunta impertinente esta semana sobre mis visitas.
Si volvemos a encontrárnoslo, tendré que despedirlo.
—¿Escaleras de emergencia, Lara? ¿En serio?
—Treinta y cuatro pisos, Carlos. Lo tomas o duermes solo en tu loft.
Me lo pienso exactamente medio segundo.
—Treinta y cuatro pisos —acepto.
Y comenzamos el ascenso.