DIECISIETE
Son las diez y cuarenta y cinco del viernes cuando Lara entra en el despacho con la expresión que llevo aguardando desde las nueve.
La cara de quien ha rendido cuentas ante su madre.
La cara de quien ha sostenido una conversación espinosa a las diez y diez, o quizá a las diez y cuarto, por teléfono y desde su ático, mientras yo fingía revisar planos en esta silla, luchando contra la tentación de consultar el reloj cada minuto.
No ocupa su asiento. Cruza la estancia, se detiene frente al ventanal y observa el skyline de Brickell con los brazos cruzados y los hombros en tensión.
—Lara.
—Ahora no, Carlos.
Asiento en silencio. Cierro el portátil y permanezco inmóvil, esperando. A las once y diez, sin haberse movido un ápice ni dignarse a mirarme, rompe el mutismo.
—Mi madre me ha confesado que está al tanto de lo nuestro desde Londres.
Dice que no le ofende ni le sorprende, pero lo considera un error de calendario.
Sus palabras exactas han sido que, si hubiéramos aguardado a la inauguración para empezar esto, habría sido una historia preciosa.
Pero hacerlo ahora, con el proyecto en plena ejecución, con Valderrama financiando detectives y un consejo de administración escrutándonos, le parece una irresponsabilidad.
—Se detiene un segundo antes de proseguir—.
Me ha pedido que valore si somos capaces de sostener dieciocho meses de clandestinidad sin que el proyecto se resienta.
Y añade que, si la respuesta honesta es negativa, aparquemos esto hasta la inauguración y lo retomemos entonces.
Se hace el silencio.
—¿Y qué le has replicado?
Se gira al fin. Tiene los ojos enrojecidos, aunque el llanto no ha hecho acto de presencia.
—Que necesitaba pensarlo.
—¿Con quién?
—Contigo.
Me incorporo. Doy tres pasos y me detengo a una distancia prudencial, respetando esos dos metros que hoy parecen un abismo.
—Lara. ¿Tú qué opinas?
—Opino que mi madre tiene razón.
—Yo también —concedo despacio.
Se produce un silencio denso que se prolonga diez segundos.
—Carlos. No lo admitas con tanta rapidez.
—Lara, llevo dándole vueltas desde el miércoles.
Desde que advertí que, cuando respondes tres décimas de segundo más rápido a un inversor en Londres, se nota.
Desde Ferris, anoche. Desde que tu madre nos caló.
El proyecto no soportará dieciocho meses bajo esta presión, al menos no del modo en que lo estamos gestionando.
—¿Entonces qué camino tomamos?
—Hay dos opciones. Y ninguna resulta atractiva.
—Te escucho.
—La primera: aparcar lo nuestro hasta la inauguración, tal y como sugiere tu madre. Seguimos colaborando, mantenemos la distancia profesional y nos comportamos como si marzo jamás hubiera existido. Dieciocho meses fingiendo.
—Dudo que fuera capaz.
—La segunda: acudes a tu padre, le expones la situación y lo hacemos público.
Yo renuncio formalmente a mi consultoría con Portela International, firmo bajo una figura jurídica neutral y reestructuramos el organigrama para que nadie pueda acusarnos de conflicto de intereses.
Afrontamos los rumores, dejamos que Valderrama dispare y que la prensa económica husmee, pero dejamos de escondernos.
Ella me estudia durante un tiempo que se me antoja eterno.
—Eso supondría renunciar a tu bono de finalización.
—Trescientos mil dólares —admito con desdén—. Un problema menor en comparación.
—Carlos… ¿Cuál prefieres tú?
Inspiro hondo.
—Yo optaría por la segunda. Pero esa vía te expone a un coste reputacional que no me siento con derecho a exigirte. Por eso no voy a pedirla.
—¿Y la primera?
—La primera me destruye —confieso sin dramatismo, con esa voz baja y firme que reservo para las verdades que no admiten réplica.
Lara se apoya contra el marco del ventanal y baja la vista al suelo.
—Carlos, existe una tercera vía.
—¿Cuál?
—Aparcar esto, pero no dieciocho meses. Solo seis.
—¿Seis?
—Seis meses —repite—. Mientras se consolidan los acuerdos de Kaplan, Ferris y los kuwaitíes.
Mientras Valderrama se agota de pagar espías y enfoca su veneno hacia otro lado.
Mientras preparo el terreno con mi padre para que acepte que tú y yo podemos trabajar juntos en el futuro bajo otros términos.
Seis meses de distancia profesional absoluta.
Y después, cuando el ruido amaine, retomamos.
Escucho su propuesta hasta la última sílaba.
—¿Distancia total?
—Total. Dejamos de vernos fuera de estas paredes. Ni cenas, ni mensajes superfluos. Nos limitamos a trabajar y nos separamos al cruzar la puerta.
—Lara, seis meses es mucho tiempo.
—Lo sé.
—¿Y si en ese tiempo uno de los dos cambia de parecer?
—Si eso sucede, significará que esto no era lo que creíamos. Y es preferible descubrirlo en medio año que en dieciocho meses.
Clavo la vista en el ventanal. Observo el movimiento de las palmeras y mi propio reflejo, algo borroso sobre el cristal. Distingo a Lara, con los brazos cruzados, en la misma postura que exhibía la primera tarde que pisé este despacho hace dos meses.
—Lara. No voy a aceptar esos seis meses.
Alza la cabeza, sorprendida.
—¿No?
—No. Y te explicaré el motivo. Si accedo, estaría firmando un contrato idéntico al que me impuso Diego Moreau en Barcelona.
Un pacto donde acepto un recorte hoy a cambio de una promesa de futuro.
Y he aprendido que, cuando aceptas eso, a veces el futuro se desvanece y tú te quedas solo con el recorte.
—Carlos, yo no soy Diego.
—Lo sé. Por eso te presento una contraoferta.
—Prosigue.
—Dos meses. Exactamente sesenta días a partir de hoy.
Durante ese tiempo cumplimos tu plan al pie de la letra: distancia total, profesional y personal.
Sin excepciones ni debilidades. Y al concluir ese plazo, nos sentamos en este despacho y decidimos, con la cabeza fría, si deseamos continuar o si necesitamos más margen.
Si tú entonces requieres más tiempo, lo discutiremos.
Pero no firmaré por adelantado una espera de medio año.
Lara medita mi propuesta en silencio.
—¿Por qué dos meses?
—Porque es el tiempo que llevamos juntos. Me parece una cifra simétrica. Y porque es el periodo durante el cual puedo garantizarte, sin engañarme, que no quebrantaré la norma.
Esboza una sonrisa mínima, teñida de melancolía.
—Eres un negociador implacable, Vicuña.
—Lo soy.
—¿Y si al expirar el plazo uno de los dos solicita otra prórroga?
—Lo debatiremos. Pero juntos, cara a cara. Ni correos, ni mensajes, ni intermediarios. Aquí mismo. Tú y yo.
Ella asiente.
—Acepto.
—Hecho.
Nos quedamos observándonos un instante. Dos metros de distancia, un ventanal a sus espaldas y mi escritorio huérfano tras de mí. La mesa de cristal donde hemos compartido cada jornada.
—Comienza hoy —puntualizo.
—Comienza ahora mismo. Si aguardamos a la noche, terminaré llamándote para despedirme.
—De acuerdo.
Rodeo la mesa y me aproximo. Ella no retrocede. Alzo la mano y retiro ese mechón de cabello que se le ha escapado, como he hecho tantas veces. Con la misma delicadeza, con esos dos segundos exactos de contacto.
—Lara. Sesenta días. En este despacho, a las nueve de la mañana.
—De acuerdo.
Me aparto. Cruzo el despacho, recojo mi portátil y lo guardo en la maleta. Me enfundo el blazer. Dedico una última mirada a mi silla de cuero negro.
—Hablaré con tu padre esta tarde —anuncio antes de marchar—. Le solicitaré pasar al modo remoto. Videollamadas y reuniones presenciales solo cuando sea imperativo. Eso nos ahorrará seiscientos metros cuadrados de tentación diaria.
—Gracias, Carlos.
—No me las des. Soy yo quien paga el bono que esto me cuesta.
—Lo sé.
Abro la puerta. Antes de salir, me vuelvo una última vez. Ella sigue junto al cristal, con los brazos cruzados, observándome con la mirada de nuevo empañada.
—Lara. Dos meses no son tanto.
—Dos meses son una vida, Vicuña.
Esbozo una sonrisa fugaz.
—Entonces vamos a vivirla.
Cierro la puerta tras de mí. En el ascensor, mientras desciendo los cincuenta pisos, descubro que mis manos tiemblan.
Por primera vez en tres años. Pero esta vez el temblor nace de otro lugar.
Tiemblan porque acabo de pactar una tregua con la mujer que quiero, con la certeza de que ambos respetaremos el acuerdo.
Para un hombre como yo, eso representa un modelo de esperanza totalmente nuevo.