Un poke para dos Capítulo 29 · Noventa y dos días
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Capítulo 29 · Noventa y dos días

Nico

El día uno cabe entero en la pantalla del móvil.

Fotografío la ventana de la habitación, el escritorio plegable, la llave con una etiqueta sin nombre y la planta torcida que alguien ha dejado en la cocina compartida. Envío cada imagen a Leo como si documentar el espacio pudiera traerlo conmigo.

Él responde con el local al abrir, el cuaderno ausente de la mesa y un café que dice haber preparado sin supervisión adulta.

Parece agua con miedo , escribo.

Dirección de Cocina fomenta la experimentación , contesta.

La euforia de los primeros días convierte la distancia en una novedad.

Todo merece un mensaje. Mi acreditación de prácticas.

Su primer ejercicio de planificación. El ruido de las tuberías de mi piso.

Una tapa donde Dani ha escrito no olvides declarar los márgenes .

Una foto de Leila estudiando en el descanso. Otra de Mara señalando el reloj.

La primera llamada dura dos horas y trece minutos.

—Nuestro acuerdo decía una llamada semanal —dice Leo desde la cama.

—No fijaba duración máxima.

—Fallo de normativa.

Le enseño la habitación. Él me enseña la pequeña quemadura que se ha hecho en el dorso de la mano durante una práctica y explica que está atendida, limpia y cubierta. Yo le presento a la planta torcida. Ninguno quiere colgar. A la mañana siguiente, ambos llegamos cansados.

La segunda llamada dura cuarenta minutos. La tercera, diecisiete.

No significa que vaya peor. Significa que el estudio donde hago las prácticas me asigna un proyecto real: reorganizar el sistema visual de un comedor comunitario que comparte espacio con talleres y actividades.

No puedo limitarme a hacer carteles bonitos.

Tengo que observar recorridos, contrastes, tamaños de letra y la manera en que distintas personas entienden una instrucción con prisa.

Mi tutora devuelve mi primera propuesta llena de anotaciones.

—Has diseñado una imagen —dice—. Necesitamos un sistema.

La frase me recuerda a Mara y me molesta por las mismas razones.

Leo continúa en septiembre con ejercicios preparatorios y, cuando llega octubre, empieza a rotar por cocinas de formación.

Aprende a calcular producción para equipos distintos, a delegar sin repetir cada tarea y a aceptar que otra persona puede conseguir el mismo resultado con movimientos diferentes.

Me manda audios al salir. A veces duran nueve minutos. A veces solo dice:

Hoy ha ido bien. Estoy agotado. Mañana te cuento.

Yo respondo:

Sigo aquí.

Durante las dos primeras semanas, el plan parece infalible.

El día diecinueve deja de parecerlo.

Tenemos una llamada fijada a las diez. A las siete, mi tutora nos anuncia que al día siguiente hay una revisión con el equipo responsable del comedor.

A las nueve y media sigo cambiando jerarquías, imprimiendo pruebas y comprobando que el recorrido funcione.

Veo el aviso de Leo. Pienso que terminaré en cinco minutos.

A las diez y veintisiete, él escribe:

¿Vienes?

Leo nunca pregunta si voy a una llamada. Pregunta si llego, si puedo, si necesito tiempo. La elección del verbo me pincha.

No puedo hoy. Revisión mañana , respondo.

Aparecen los tres puntos y desaparecen.

Vale. Suerte.

Podría llamarlo durante el trayecto a casa. Estoy cansado, enfadado conmigo y molesto con ese vale que parece no valer nada. Decido que es mejor esperar. No aviso de que he llegado. Él tampoco escribe.

El día veinte transcurre bajo luces blancas y correcciones. La revisión sale mejor de lo previsto. Cuando miro el móvil, hay una felicitación de Leo enviada por la mañana y ninguna otra cosa.

Lo llamo a las nueve.

—Hola —dice.

—Hola.

El silencio no se debe a la conexión.

—La revisión ha salido bien.

—Me alegro.

—No lo parece.

—¿Qué quieres que diga, Nico?

—Lo que te pasa.

Leo suelta aire.

—Me senté a las diez. Había cambiado un turno para llegar. A las diez y veintisiete me dijiste que no venías, como si fuera una cita administrativa que se cancela cuando ya no cabe.

—Estaba trabajando.

—No me molesta que trabajaras. Me molesta que lo supieras desde las siete y no enviaras dos palabras.

La defensa me sube tan rápido que casi llega a mi boca entera.

—No puedo pasar las prácticas demostrando cada hora que no he desaparecido.

—No te he pedido cada hora.

—Pero esto es justo lo que temía. Falla una llamada y se convierte en una medida de cuánto me importas.

—No. Fallar una llamada puede pasar. Dejarme esperando cuando nuestro acuerdo decía avisar es lo que estamos discutiendo.

Tiene razón y aun así me siento acusado. Dos verdades chocan sin que una elimine la otra.

—Tu mensaje también ha sonado a prueba —digo—. «¿Vienes?». Como si ya estuvieras comprobando que me marcho.

Leo tarda en responder.

—Sí. Estaba asustado y escribí desde ahí.

Me siento en el borde de la cama. La planta torcida proyecta una sombra enorme en la pared.

—Siento no haberte avisado —digo—. Lo pensé y luego decidí que llegaría. Después me dio vergüenza reconocer que no. Y cuando contestaste así, preferí convertirlo en un problema tuyo.

—Siento haber hecho que una llamada fallida pareciera el comienzo del fin. Y siento el mensaje pasivo.

—Fue bastante pasivo.

—Gracias por valorar mi técnica.

No nos reímos todavía.

—Necesito poder tener días caóticos —digo—. Sin sentir que cada cambio exige una reparación enorme.

—Y yo necesito que no uses el caos para dejarme fuera. Un aviso no es una reparación enorme.

—De acuerdo.

Revisamos el plan. Mantenemos una cita semanal, pero fijamos una franja, no una hora exacta, y confirmamos ese mismo día. Si algo cambia, enviamos el mensaje en cuanto lo sabemos, aunque nos parezca que aún podemos llegar. No usamos el silencio para castigar ni para evitar una respuesta imperfecta.

—¿Estamos bien? —pregunta Leo.

—Estamos enfadados y seguimos juntos.

—Eso suena raro.

—Suena bastante adulto.

—Qué decepción.

Ahora sí nos reímos, poco. No cerramos la discusión con una frase perfecta.

Hablamos diez minutos más, nos deseamos buenas noches y colgamos.

Duermo mal. Al día siguiente, sigo queriéndolo.

La relación no se ha roto ni ha quedado mágicamente fortalecida.

Simplemente ha soportado una conversación que antes yo habría evitado.

Esa tarde encuentro la postal blanca del mercado dentro de la libreta de páginas de colores. Leo la compró para que escribiera cuando estuviera fuera y yo la guardé como si conservarla vacía fuese una manera de no fallar.

No la convierto en una disculpa que sustituya la llamada. Escribo una cosa corriente: que el sistema del comedor empieza a funcionar, que la planta sigue inclinada y que quiero enseñárselo todo cuando podamos. Al final añado: Sigo aquí, aunque ayer llegara tarde.

La envío.

Tarda cuatro días. Leo me manda una fotografía de la postal apoyada contra el cuaderno, no un discurso. Debajo escribe: Yo también.

En el día treinta, abrimos el cuaderno por videollamada.

Leo conserva fotos de las páginas. Yo lo tengo sobre el escritorio de muñecas. Marcamos la cuarta casilla del primer mes.

—¿Elegimos otro? —pregunto.

—Sí.

—Respuesta demasiado rápida. ¿Has revisado las condiciones?

—He revisado tus últimos siete audios. Hay riesgos, pero el proyecto tiene potencial.

—Entonces otro mes.

Escribo sí debajo del signo de interrogación. No sentimos fuegos artificiales. Sentimos algo más útil: continuidad construida.

La visita ocurre el día cuarenta y seis y sale mal durante las primeras cinco horas.

Leo llega con cuarenta minutos de retraso porque el transporte se detiene en mitad del trayecto.

Yo lo espero junto a la estación con una ruta diseñada, dos sitios que quiero enseñarle y el resentimiento absurdo de quien ha imaginado demasiado una escena.

Cuando aparece, está pálido de cansancio y lleva una mochila más grande que su entusiasmo.

Nos abrazamos. El cuerpo reconoce antes que la cabeza. Durante unos segundos todo encaja.

Después dice:

—Necesito sentarme.

El primer sitio de mi ruta está cerrado por una avería. En el segundo no hay mesa. Compramos algo sencillo y comemos en un banco mientras un grupo ensaya una actividad ruidosa a pocos metros. Leo apenas prueba la comida.

—¿No te gusta? —pregunto.

—Me gusta. Estoy mareado del viaje.

—Podías haberme dicho que preferías ir al piso.

—Tú llevas semanas queriendo enseñarme esto.

—No tienes que fingir que te apetece.

—No estoy fingiendo.

Estamos a un paso de discutir por un bocadillo que ninguno recordará. Lo vemos al mismo tiempo.

—Piso —decimos.

Mi compañera tiene una entrega al día siguiente y ha ocupado la mesa común con materiales.

La habitación es aún más pequeña con dos personas y una mochila.

El escritorio plegable cede bajo el peso del ordenador portátil de Leo durante la videollamada de prueba.

La ducha tarda en calentarse. La planta torcida se ha inclinado más.

—Es preciosa —dice Leo.

—No insultes mi habitación.

—Hablo de la planta.

Nos tumbamos sobre la cama sin quitarnos los zapatos y nos dormimos cuarenta minutos.

Al despertar, tengo un mensaje de mi tutora: necesita que confirme una corrección antes de la tarde. Leo recibe otro de la formación: han adelantado una evaluación y debe regresar en el primer transporte de la mañana, no al mediodía como pensábamos.

—Genial —digo.

—Puedo decir que no he visto el mensaje.

—No.

—Tú puedes dejar la corrección para el lunes.

—Tampoco.

Nos miramos en la habitación que debía contener una visita perfecta y ahora apenas contiene dos oportunidades profesionales.

—Una hora de trabajo —propongo—. Luego cenamos aquí. Mañana te acompaño temprano.

—Puedo revisar mi material mientras corriges.

La hora se convierte en una hora y veinte. Leo se prepara una bebida caliente y coloca mi cuaderno lejos de la taza. Yo cambio una jerarquía, justifico el contraste y envío la versión. Él repasa un plan de producción en voz baja. De vez en cuando nuestras piernas se tocan bajo el escritorio.