Un poke para dos Capítulo 29 · Noventa y dos días #2
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Capítulo 29 · Noventa y dos días #2

La cena es algo rápido comprado cerca y servido en dos platos distintos porque solo encuentro uno de cada tipo. Leo me cuenta por qué su planificación anterior fallaba. Yo le enseño las rutas del sistema visual y él detecta que una flecha puede confundirse desde el punto de entrada.

—Odio que tengas razón en mis prácticas —digo.

—Puedes incluirme en los créditos.

—«Consultoría de persona mareada en banco».

—Suena cara.

Nos besamos entre risas. La noche íntima queda en manos entrelazadas, respiraciones que se acompasan y la puerta cerrada; no necesitamos demostrar nada. Más tarde hablamos hasta que el cansancio nos gana.

A las seis y media suena el despertador.

—Ha sido una visita horrible —murmura Leo con la cara contra la almohada.

—La mitad de mi ruta sigue sin usar.

—Tu ducha me odia.

—Y te vas antes.

Levanta la cabeza.

—Pero he venido.

—Sí.

—Y quiero volver, si me dejas no visitar nada.

—Puedes pasar dos días mirando la planta.

En la estación, la despedida duele menos que la primera y más que las llamadas. No es bonita. Leo tiene sueño, yo llevo la camiseta al revés debajo de la chaqueta y casi perdemos el acceso correcto. Nos besamos rápido antes de que suba.

La visita no demuestra que la distancia sea fácil. Demuestra que podemos estar cansados, decepcionados y enamorados dentro de la misma escena.

El día cincuenta y ocho, mi tutora me pide que presente el sistema al equipo completo.

Antes habría llenado cada espacio del panel para justificar mi trabajo.

Ahora dejo aire. Explico decisiones, no adornos.

Cuando una persona cuestiona el tamaño de las señales, no me encojo ni convierto la observación en rechazo.

Muestro las pruebas de uso, escucho y cambio lo que mejora el recorrido.

Aprendo que defender una idea no significa defenderla de todo cambio.

Leo, mientras tanto, coordina por primera vez una simulación de servicio en la formación. Su equipo termina tarde porque él intenta revisar cada movimiento. En el audio de esa noche no se excusa.

He confundido responsabilidad con hacerlo todo yo. Mañana repito.

Al día siguiente manda otro:

He delegado. Nadie ha muerto. Mara estaría decepcionada por la falta de drama.

El día sesenta marcamos otra casilla en el cuaderno.

—¿Otro mes? —pregunta Leo.

—Nos quedan treinta y dos días de prácticas.

—No te he preguntado por las prácticas.

Sonrío.

—Otro mes.

En el tercer tramo dejamos de registrar cada día.

Hay jornadas en las que solo intercambiamos un saludo.

Otras terminan en llamadas largas. Una noche discutimos porque yo respondo a un problema suyo con soluciones cuando solo quería que lo escuchara.

Otra, él pregunta tres veces si estoy seguro de estar bien y yo le digo que confiar también es aceptar la primera respuesta.

Ninguna discusión se convierte en una profecía.

Nora visita el local y me envía fotografías del equipo.

Leila empieza el curso de nutrición que quería, compaginándolo con turnos.

Dani participa en la producción de sonido de una actuación pequeña y obliga a todos a escuchar una grabación de cuarenta segundos.

Mara adopta la nueva receta como temporal y registra cada resultado.

Iris y Joel pasan a probarla y dejan una nota ofensivamente elogiosa.

Yo termino el proyecto del comedor. Mi tutora me ofrece colaborar a distancia en una adaptación futura mientras continúo los estudios. No es un puesto para siempre ni una puerta brillante que resuelva el resto de mi vida. Es trabajo real y una recomendación que he ganado.

Leo supera la evaluación adelantada y entra en el siguiente módulo de formación. No abandona el local. Tampoco se queda igual.

El día noventa y uno cierro la maleta. Los calcetines vuelven a proteger las carpetas.

La planta torcida se queda con mi compañera, que promete girarla hacia la luz.

Doblo la hoja del primer mes dentro del cuaderno.

Debajo hay dos síes más y varias páginas de medidas, chistes y discusiones resumidas sin héroes.

El día noventa y dos, el tren entra en la estación a media tarde.

No espero que Leo esté en el andén. Tiene turno. Eso forma parte del plan y, por primera vez, un plan sin él en la llegada no me parece una falta de amor.

Mi madre me abraza en la salida. Nora fotografía el peor ángulo posible. Dejo la maleta en casa, me cambio la camiseta del viaje y camino al local.

Desde fuera, todo parece más pequeño. El cristal refleja el cielo de invierno y mi figura superpuesta. Durante un segundo vuelvo a ser el chico que entró creyendo que cincuenta y ocho días podían contener una vida sin dejar restos.

Abro la puerta.

El aviso suena. Dani levanta la cabeza desde las comandas. Leila deja una caja. Mara me mira, mira el reloj y dice:

—Llegas tres minutos tarde a tu visita no programada.

Leo se vuelve desde la línea.

No corre. Hay un pedido abierto, guantes puestos y un equipo trabajando. Sus ojos se quedan en los míos durante un latido y después señala la mesa de la esquina.

—Cinco minutos —dice.

—Cuando puedas.

Me siento. Nora entra detrás y el equipo protesta porque no había avisado de la fotografía. Observo el ritmo sin mí y con todo lo que ha cambiado. Leo termina, se retira los guantes según el procedimiento, se lava las manos y pide a Mara su descanso.

Entonces cruza la sala.

Me pongo de pie.

—Hola —dice.

—Hola.

—Noventa y dos días.

—Los he contado todos.

—Muy profesional.

—Tengo una recomendación y un posible encargo.

—Yo he pasado la evaluación.

—Ya lo sé.

—Esta vez sí resuelve algo que lo sepas.

Sonríe. Le toco la muñeca, justo debajo de la línea tatuada.

—¿Puedo besarte?

—Llevo noventa y dos días esperando que lo preguntes aquí.

Lo beso entre una mesa ocupada, una maleta que ya no está conmigo y el sonido de Dani fingiendo que no aplaude. No es el mismo beso de la despedida. Nosotros tampoco somos los mismos.

Cuando nos separamos, saco el cuaderno.

—Queda una página en blanco —digo.

Leo la abre.

—Podemos comprar otro.

Miro el espacio vacío. Antes el blanco me parecía el lugar exacto donde equivocarme. Ahora parece sitio.

—Sí —respondo—. Podemos.