Capítulo 28 · Mañana
Leo
Nuestro nombre tarda un segundo en llegar desde el altavoz hasta mi cuerpo.
Después todo ocurre a la vez.
Dani grita. Leila le abraza sin soltarle la mano. Mara se cubre la boca y enseguida finge que solo se estaba colocando el pelo. Nico aprieta mis dedos con tanta fuerza que casi me corta la circulación. El público se levanta. Iris y Joel aplauden antes de que nosotros consigamos movernos.
—Hemos ganado —dice Nico.
No parece una celebración. Parece una pregunta.
—Hemos ganado —repito.
Entonces me besa.
Es breve, limpio y completamente visible. La sala responde con un ruido que me hace reír contra su boca. Nico se aparta rojo hasta las orejas.
—Eso no estaba en el plan de producción —dice Mara.
—Contingencia autorizada —responde Dani.
Subimos a recibir el reconocimiento como equipo.
La organización menciona la capacidad de adaptación, la consistencia del servicio y una presentación que mejora la experiencia sin ralentizarla.
Nico baja la cabeza cuando hablan del sistema visual.
Yo lo empujo un poco hacia delante. Él me devuelve el gesto cuando nombran el equilibrio de la receta.
La gratificación se distribuye entre todo el equipo según las condiciones anunciadas desde el principio.
No hay un cheque mágico que resuelva una vida.
Hay una cantidad concreta que repondrá parte de los ahorros que Nico destinó al depósito, permitirá a Leila pagar parte de su formación, ayudará a Dani con su equipo de sonido y dejará a cada uno un margen ganado trabajando.
La formación profesional incluida en el premio se asignará en turnos, no solo a mí. Mara ya está preguntando fechas antes de bajar del escenario.
Cuando el resto se dispersa para la foto, Mara me retiene un segundo.
—Buen trabajo —dice.
—De todos.
—Por eso es bueno. Hace un mes habrías intentado responder tú solo cada pregunta del jurado.
Miro a Nico, que discute con Nora sobre el encuadre.
—Hace un mes pensaba que, si dejaba un hueco, alguien podía ocuparlo.
—Siempre va a haber alguien capaz de ocupar tu puesto durante un turno, Ríos. Tu valor no depende de que los demás fallen sin ti.
—Hoy todo el mundo ha decidido enseñarme algo.
—Es el premio secreto. No figura en las bases porque nadie lo querría.
Después me empuja hacia la fotografía antes de que podamos volver sentimentales sus cinco segundos de elogio.
—¿Puedes esperar cinco minutos antes de organizar el trimestre? —pregunta Leila.
—No.
Iris y Joel se acercan a felicitarnos. Joel me hace prometer que les enviaremos la ficha pública de la variante cuando la organización la apruebe. Iris pide una foto con ambos equipos. Nora nos coloca bajo una luz que no nos deje amarillos y obliga a Dani a bajar los brazos.
—Pareces una antena —dice.
—Estoy recibiendo la señal de la victoria.
Mi sonrisa empieza a dolerme. No quiero que pare.
Después llega la recogida. Incluso ganar produce contenedores que limpiar, sobrantes que registrar y material que devolver. El público se marcha. Los jueces guardan carpetas. El sonido de la sala baja por capas hasta quedar en ruedas, agua y voces cansadas.
Nico y yo trabajamos uno al lado del otro.
—Mañana —digo.
La palabra cae entre nosotros sin romper nada.
—Mañana —responde.
—¿A qué hora sale el tren?
—A las siete y diez. Tengo que estar allí con margen.
—Te acompaño.
—Leo, acabamos de estar diez horas de pie.
—No era una consulta.
—Eso ha sonado a Mara.
—La formación ya está haciendo efecto.
No discutimos más. Acordamos que iré a su casa a las seis, no antes, y que ambos dormiremos al menos unas horas. Es un plan pequeño. Los planes pequeños son lo nuestro ahora.
Regresamos al local para una celebración de cierre. Mara permite comida en la mesa grande cuando todo está limpio y fuera de servicio. Dani pone una lista de canciones bailables y asegura que todas tienen frecuencias de triunfo. Leila reparte vasos. Nora deja la cámara por primera vez.
El cuaderno pasa de mano en mano.
Dani dibuja una onda alrededor del título. Leila anota el tiempo exacto de la última comanda. Mara escribe: La preparación también cuenta cuando nadie la ve. Nora pega una pequeña copia de la foto de los dos equipos.
Cuando me llega, busco la página de la pausa. Debajo de Irse no es abandonar y Quedarse no es renunciar , añado la fecha del día y una palabra: Elegimos.
Se lo paso a Nico.
Él no escribe. Arranca con cuidado una hoja pequeña de su libreta, la dobla y me la entrega.
—¿Qué es? —pregunto.
—Ábrelo cuando haya subido.
—¿Al tren?
—Sí.
—Eso es dentro de unas horas.
—Practica la paciencia.
—Estoy en Dirección de Cocina, no en meditación.
La celebración termina antes de medianoche.
Nadie propone alargarla hasta el amanecer porque todos estamos agotados y Mara amenaza con llamar a nuestras familias.
Nos abrazamos en la puerta. Dani llora y niega que esté llorando.
Leila le ofrece una servilleta sin comentar nada.
Nora se lleva a la madre de Nico en un coche compartido con varias bolsas. Mara cierra la persiana.
Nico y yo nos quedamos en la acera.
—Tengo que terminar la maleta —dice.
—Lo sé.
—Y tú tienes que dormir.
—Lo sé.
—Deja de decir que lo sabes como si eso resolviera algo.
—No lo resuelve.
El cansancio vuelve todo más honesto. Caminamos hasta su casa sin intentar convertir cada farola en un momento memorable.
Hablamos de la final, de la pinza de Joel, de la cara de Mara cuando anunciaron el premio.
A mitad de camino, Nico apoya la cabeza en mi hombro durante tres pasos. Luego seguimos.
En su habitación hay una maleta abierta, montones de ropa y una caja con materiales de diseño que ocupa la mitad de la cama.
—Esto no es una maleta —digo—. Es una exposición sobre el desorden.
—Tengo un sistema.
—Hay calcetines dentro de una carpeta.
—Protegen las esquinas.
Le ayudo sin reorganizarlo todo a mi manera.
Pesamos la maleta. Sacamos dos libros. Volvemos a meter uno porque Nico lo mira como si le hubiéramos pedido abandonar a un familiar.
Guardamos el cuaderno en su mochila de mano; durante las prácticas lo tendrá él y yo recibiré fotos de las páginas nuevas.
Su madre se asoma una vez, nos da las buenas noches y cierra la puerta.
Cuando la cremallera por fin encaja, Nico se sienta en el suelo.
—Somos pareja —dice.
Me siento enfrente.
—Sí.
—A distancia durante un mes.
—Y después elegimos.
—No estamos prometiendo que nunca va a doler.
—No.
—Ni que nunca vamos a fallar una llamada.
—No.
—Entonces, ¿por qué me siento como si acabara de firmar algo enorme?
—Porque has utilizado cuatro frases seguidas sin hacer un chiste.
Me lanza un calcetín.
Lo atrapo. Después se acerca de rodillas y me besa. El beso no intenta detener la mañana. Nos permite llegar a ella juntos.
Pasamos las últimas horas con la puerta cerrada, hablando bajo y quedándonos dormidos a intervalos.
No necesitamos convertir la despedida en una prueba física ni en una escena perfecta.
Hay besos, manos enlazadas y un silencio cómodo cuando se terminan las frases.
En algún momento, Nico apoya el pie frío contra mi pierna y yo le digo que esto sí podría acabar con la relación.
El despertador suena a las cinco y cuarenta.
Durante un segundo no sé dónde estoy. Luego veo la maleta, la luz azul detrás de la cortina y los ojos abiertos de Nico.
—Mañana —murmura.
—Ya es hoy.
Nos levantamos.
Su madre prepara una bebida caliente que ninguno termina. Bajamos la maleta sin hacer ruido. La ciudad aún parece desmontada: persianas cerradas, calles vacías, un vehículo de limpieza al fondo. Caminamos hacia la estación con las ruedas golpeando cada junta de la acera.
No le pido otra promesa.
Tampoco le digo que, si cambia de opinión, debe avisarme antes de subir. La frase aparece y la dejo pasar. Nuestro acuerdo no necesita ser renovado en cada puerta para seguir existiendo.
Nico busca algo en la mochila y saca la camiseta que dejó en su casa. La lleva doblada entre dos carpetas.
—Pensé en devolvértela —dice.
—¿Y?
—La he metido en la maleta. Quiero algo tuyo allí y he decidido no fingir que es por accidente.
La sinceridad me calienta los ojos.
—Puedes quedártela.
—No te la estoy robando. La custodia será revisada al final del primer mes.
—Añádelo al acta.
—Ya ocupa media página.
No le entrego otra cosa que convierta la mochila en un altar de despedida. Una camiseta basta. El resto tendrá que viajar en llamadas, errores y días corrientes.
En la entrada, Nico comprueba el billete y yo compruebo la hora aunque ambos sabemos que sobra margen.
—Te escribo al subir —dice.
—Y al llegar.
—Eso está en el plan.
—No lo decía como prueba.
—Ya lo sé.
Esta vez la frase no es una defensa.
Nos abrazamos. Siento el peso de su mochila y la esquina del cuaderno contra mi pecho. Quiero memorizar el olor de su pelo, pero también quiero dejar de tratar cada instante como si fuera el último.
—Que te vaya muy bien —digo.
—A ti también.
—Voy a echarte de menos.
Nico aprieta el asa de la mochila.
—Yo también. Mucho.
No intenta suavizarlo con una broma. Dejo que la tristeza sea una parte de la despedida, no una señal de que nos hemos equivocado.
—Puedes pasarlo bien y echarme de menos —añado.
—Tú también.
—Y puedes tener días en los que no me eches de menos.
—No abuses de la madurez, Leo. Te va a dar fiebre.
Ahora sí sonrío.
—Muchísimo mejorable.
—Diseñaré el diploma.
Nico cruza el control, se vuelve una vez y levanta la mano. Yo hago lo mismo. Después desaparece por el pasillo porque los pasillos tienen esquinas, no porque me haya abandonado.
Mi teléfono vibra antes de que salga de la estación.
Estoy sentado. Sigo vivo, guapo.
Saco la hoja doblada que guardé en el bolsillo y la abro. Nico ha escrito:
Primer día. Luego elegimos el siguiente.
Me río solo y contesto:
Hecho.